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miércoles, 6 de noviembre de 2013

El conocimiento silencioso

Los naguales descritos en el Códice Borgia, criaturas metamórficas capaces de cambiar su forma física a cualquier otra forma animal o incluso en formas humanas a voluntad.

Después de ayudarle todo el día a don Juan con sus pesados quehaceres, en la ciudad de Oaxaca, quedamos en encontrarnos en la plaza. Al caer la tarde, don Juan se reunió conmigo. Le dije que me hallaba completamente exhausto, que debíamos cancelar el resto de nuestra estadía en la ciudad y volver a su casa, pero él sostuvo que debíamos emplear hasta el último minuto disponible para repasar las historias de brujería o bien para hacer mover mi punto de encaje cuantas veces me fuera posible.
Mi cansancio sólo me permitía quejarme. Le dije que, al experimentar una fatiga tan profunda como la mía, sólo se llegaba a la incertidumbre y a la falta de convicción.
Tu incertidumbre es de esperar —dijo don Juan, muy calmadamente—. Después de todo, estás lidiando con un nuevo tipo de continuidad. Toma tiempo acostumbrarse a ella. Los brujos pasan años en el limbo, donde no son ni hombres comunes y corrientes ni brujos.
—¿Y qué les pasa al final? —pregunté—. ¿Optan por lo uno o lo otro?
—No, no pueden optar. Al final, todo ellos se dan cabal cuenta de lo que son; brujos. La dificultad consiste en que el espejo de la imagen de sí es sumamente poderoso y sólo suelta a sus víctimas después de una lucha feroz.

Me dijo que comprendía a la perfección que por mucho que tratara, mi imagen de sí aún no me dejaba comportarme como le correspondía a un brujo. Me aseguro que mi desventaja, en el mundo de los brujos, era mi falta de continuidad. En ese mundo debía relacionarme con todo y con todos de una nueva manera.
Describió el problema de los brujos en general como una doble imposibilidad. Una es la imposibilidad de restaurar la destrozada continuidad cotidiana; y la otra, la imposibilidad de utilizar la continuidad dictada por la nueva posición del punto de encaje. Esa nueva continuidad, dijo él, es siempre demasiado tenue, demasiado inestable, y no ofrece a los brujos la seguridad que necesitan para actuar como si estuvieran en el mundo de todos los días.
—¿Cómo resuelven los brujos ese problema? —pregunté.
—Ninguno resuelve nada —replicó él—. O bien el espíritu lo resuelve o no lo hace. Si lo hace, el brujo se descubre manejando el intento, sin saber cómo. Esta es la razón por la cual he insistido, desde el día en que te conocí, que la impecabilidad es lo único que cuenta. El brujo lleva una vida impecable, y eso parece atraer la solución. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Don Juan permaneció en silencio por un momento. Luego, otra vez, él comentó acerca de un
pensamiento que pasaba por mi mente. Yo estaba pensando en que la impecabilidad siempre me hacía pensar en moralidad religiosa.
—La impecabilidad, como tantas veces te lo he dicho, no es moralidad —me dijo—. Sólo parece ser
moralidad. La impecabilidad es, simplemente, el mejor uso de nuestro nivel de energía. Naturalmente, requiere frugalidad, previsión, simplicidad, inocencia y, por sobre todas las cosas, requiere la ausencia de la imagen de sí. Todo esto se parece al manual de vida monástica, pero no es vida monástica.
"Los brujos dicen que, a fin de tener dominio sobre el movimiento del punto de encaje, se necesita
energía. Y lo único que acumula energía es nuestra impecabilidad.
Don Juan observó que no hacía falta ser estudiante de brujería para mover el punto de encaje. A veces, debido a circunstancias dramáticas, si bien naturales, tales como las privaciones, la tensión nerviosa, la fatiga, el dolor, el punto de encaje sufre profundos movimientos. Si los hombres que se encuentran en tales circunstancias lograran adoptar la impecabilidad como norma y llenar los requisitos del intento, podrían, sin ninguna dificultad, aprovechar al máximo ese movimiento natural. De ese modo, buscarían y hallarían cosas extraordinarias, en vez de hacer lo que hacen en tales circunstancias: ansiar el retorno a la normalidad.
—Cuando se lleva al máximo el movimiento del punto de encaje —prosiguió—, tanto el hombre común y corriente como el aprendiz de brujería se convierten en brujos, porque, llevando al máximo ese movimiento, la continuidad de la vida diaria se rompe sin remedio.
—¿Cómo se lleva al máximo ese movimiento? —pregunté.
—Con la impecabilidad —respondió—. La verdadera dificultad no está en mover el punto de encaje ni en romper la continuidad. La verdadera dificultad está en tener energía. Si se tiene energía, una vez que el punto de encaje se mueve, cosas inconcebibles están al alcance de la mano.
Don Juan explicó que el aprieto del hombre moderno es que intuye sus recursos ocultos, pero no se atreve a usarlos. Por eso dicen los brujos que el mal del hombre es el contrapunto entre su estupidez y su ignorancia. Dijo que el hombre necesita ahora, más que nunca, aprender nuevas ideas, que se relacionen exclusivamente con su mundo interior; ideas de brujo, no ideas sociales; ideas relativas al hombre frente a lo desconocido, frente a su muerte personal. Ahora, más que nunca, necesita el hombre aprender acerca de la impecabilidad y los secretos del punto de encaje.

Dejó de hablar y pareció sumirse en sus pensamientos. Su cuerpo entró en un estado de rigidez que yo había visto cada vez que se involucraba en lo que yo caracterizaba como estados de contemplación, pero que él describía como momentos en los que su punto de encaje se movía, permitiéndole acordarse.
—Voy a contarte ahora la historia del boleto para ir a la impecabilidad —dijo de pronto, tras unos treinta minutos de silencio total—. Voy a contarte la historia de mi muerte.
"Huyendo de ese espantoso monstruo —prosiguió don Juan—, me refugié en la casa del nagual Julián por casi tres años. Incontables cosas me pasaron durante ese tiempo, pero yo no las tomaba en cuenta.
Estaba convencido de que, en esos tres años, no había hecho nada más que esconderme, temblar de
miedo y trabajar como un burro.
Don Juan dijo que estaba cargado con tres años de increíbles acontecimientos, de los cuales, al igual que yo, ni siquiera se acordaba.
Por eso le parecía muy natural jurar que en esa casa no aprendió nada ni siquiera remotamente
relacionado con la brujería. En lo que a él le concernía, nadie en esa casa conocía ni practicaba la brujería.
Un día, sin embargo, se sorprendió a sí mismo caminando, sin ninguna premeditación, hacia la línea invisible que mantenía a raya al monstruo. El hombre monstruoso estaba vigilando la casa, como de costumbre; pero aquel día, en vez de volverse atrás y correr en busca de refugio dentro de la casa, don Juan siguió caminando. Una inusitada oleada de energía lo hacía avanzar sin preocuparse por su seguridad.

Una sensación de abandono y frialdad totales le permitió enfrentarse con el enemigo que lo había aterrorizado por tantos años. Don Juan esperaba que se abalanzara sobre él y lo aferrara por el cuello. Lo extraño era que esa idea ya no le provocaba terror. Desde una distancia de pocos centímetros, miró fijamente a su monstruoso enemigo y luego lleno de audacia traspasó la línea. El monstruo no lo atacó, como él siempre había temido, sino que se tornó en algo borroso. Perdió su contorno y se convirtió en una bruma blanquecina, un jirón de niebla apenas perceptible.
Don Juan avanzó hacia la niebla y ésta retrocedió, como con miedo. La persiguió por los campos hasta que se esfumó por completo. Comprendió entonces que el monstruo nunca había existido. Sin embargo no podía explicar a qué le había tenido tanto miedo. Tenía la vaga sensación de que sabía exactamente qué,era el monstruo, pero algo le impedía pensar en ello. De inmediato se le vino la idea de que ese pícaro del,nagual Julián sabía la verdad. A don Juan no le extrañaba que el nagual Julián le jugara ese tipo de treta.
Antes de enfrentarse a él, don Juan se dio el placer de caminar sin escolta por toda la hacienda. Hasta
entonces nunca había podido hacerlo. Cada vez que necesitaba aventurarse más allá de esa línea invisible, lo había escoltado alguien de la casa, lo cual restringía mucho su movilidad. En las dos o tres veces que trató de salir sin escolta descubrió que corría riesgo de ser aniquilado por el extraño monstruo.
Repleto de un extraño vigor, don Juan entró en la casa, pero en vez de celebrar su libertad y su poder, reunió a todos los miembros de la casa y les exigió, furioso, que explicaran sus mentiras. Los acusó de haberlo hecho trabajar como un esclavo aprovechándose de su terror a un monstruo inexistente.
Las mujeres rieron como si les estuviera contando el chiste más divertido del mundo. Sólo el nagual Julián parecía arrepentido, sobre todo cuando don Juan, con la voz entrecortada por el resentimiento, describió sus tres años de miedo constante. El nagual Julián se deshizo en lágrimas cuando don Juan exigió una disculpa por el modo vergonzoso en que había sido explotado.
—Pero, nosotros te dijimos que el monstruo no existía —observó una de las mujeres.
Don Juan fulminó al nagual Julián con la mirada y él inclinó la cabeza dócilmente.
—El sabía que el monstruo existía —gritó don Juan, señalando al nagual con un dedo acusador.
Pero al mismo tiempo comprendió que estaba diciendo tonterías, pues en principio su queja era que el
monstruo no existía.
—El monstruo no existe —se corrigió, y temblando de ira acusó al nagual—. Fue uno de sus pinches
trucos.
El nagual Julián, llorando sin poder dominarse, se disculpó ante don Juan, mientras las mujeres se reían como locas. Don Juan nunca las había visto divertirse tanto.
—Te he mentido, por cierto —murmuró—. Nunca hubo monstruo alguno. Lo que veías como un monstruo era, simplemente, una oleada de energía. Tu miedo lo convirtió en una monstruosidad.
—Usted dijo que ese monstruo iba a devorarme. ¿Cómo pudo usted mentirme así? —le gritó don Juan.
—El ser devorado por el monstruo era algo simbólico —replicó el nagual Julián, en voz baja—. El
verdadero monstruo es tu estupidez. Ahora mismo estás en peligro mortal de ser devorado por ese
monstruo.
Don Juan gritó que no tenía por que soportar las idioteces de nadie. E insistió que le dijeran claramente que estaba en perfecta libertad de partir.
—Puedes irte cuando quieras —dijo secamente el nagual.
—¿Eso quiere decir que me puedo ir ahora mismo? —preguntó don Juan.
—¿Quieres irte? —le preguntó el nagual.
—Por supuesto que quiero irme de este pinche lugar y del montón de pinches mentirosos que viven aquí
—gritó don Juan.
El nagual Julián ordenó que entregaran a don Juan la totalidad de sus ahorros y, con ojos brillantes, le
deseó felicidad, prosperidad y sabiduría. Las mujeres no quisieron decirle adiós. Lo miraron fijamente hasta hacerle bajar la cabeza para huir del fulgor de sus ojos ardientes.
Don Juan guardó el dinero en el bolsillo, y sin echar una mirada atrás, salió de la casa, feliz de saber que su tormento había terminado. El mundo era un enigma para él. Lo deseaba fervorosamente. Dentro de esa casa había estado aislado de todo. Era joven y fuerte. Tenía dinero en el bolsillo y sed de vivir. Se marchó sin dar las gracias. Su ira, embotellada por su miedo por tanto tiempo, al fin pudo salir a la superficie. Hasta había aprendido a querer a esa gente. Y ahora se sentía traicionado. Quería huir de ese lugar tan lejos como pudiera.

En la ciudad, tuvo su primer contratiempo. Viajar era muy difícil y muy caro. Descubrió que, si deseaba
abandonar la ciudad de inmediato no podría elegir su destino, sino que tendría que esperar a que algún arriero quisiera llevarlo. Algunos días después partió hacia el puerto de Mazatlán, con un arriero de buena reputación.
—Aunque entonces yo sólo tenía veintitrés años —dijo don Juan—, había llevado una vida plena. Lo único que me quedaba por experimentar era el sexo. El nagual Julián me había dicho que era el hecho de no haber estado con ninguna mujer lo que me daba mi fuerza y mi resistencia, y que él disponía de poco tiempo para arreglar las cosas antes de que el mundo me alcanzara.
—¿Qué quería decir con eso, don Juan? —pregunté.
—Quería decir que yo no tenía idea del infierno que me esperaba —contestó don Juan— y que él tenía muy poco tiempo para levantar mis barricadas, mis protectores silenciosos.
—¿Qué es un protector silencioso, don Juan? —pregunté.
—Un salvavidas —dijo—. Un protector silencioso es una inexplicable oleada de energía que le llega al
guerrero cuando todo lo demás falta.
"El nagual Julián sabía qué dirección tomaría mi vida una vez que ya no estuviera bajo su influencia. Por eso luchó para darme opciones de brujo; tantas como fuera posible. Esas opciones de brujo eran mis protecciones silenciosas.
—¿Qué son las opciones de brujo? —pregunté.
—Posiciones del punto de encaje —replicó él—, el infinito número de posiciones que el punto de encaje puede alcanzar. En todos y cada uno de esos movimientos, profundos o superficiales, el brujo puede fortalecer su nueva continuidad.
Reiteró que cuanto él había experimentado, bajo la tutela del nagual Julián, era el resultado de un
movimiento de su punto de encaje, profundo o superficial. El nagual lo hizo experimentar incontables opciones de brujo, más de las que normalmente eran necesarias, sabiendo que el destino de don Juan era ser el nagual y tener que explicar qué son y qué hacen los brujos.
—El efecto de los movimientos del punto de encaje es acumulativo —continuó—. Y es el peso de esa
acumulación lo que causa el efecto final.
"Muy poco después de entrar en contacto con el nagual, mi punto de encaje se movió tan profundamente que pude ver. Vi a una oleada de energía en la forma de un monstruo tal como era: una oleada de energía sin forma. Había logrado ver y no lo sabía. Creía que no había hecho nada, que no había aprendido nada; mi estupidez no tenía medida.
—Era usted demasiado joven, don Juan —dije—. No podía ser de otro modo.
Se echó a reír. Estaba a punto de contestar, pero pareció cambiar de idea. Se encogió de hombros y
siguió con su relato.
Dijo que, al llegar a Mazatlán, era prácticamente un arriero, al punto que le ofrecieron un empleo
permanente a cargo de un tiro de mulas. Quedó muy satisfecho con la oferta. La idea de hacer el viaje entre Durango y Mazatlán lo complacía infinitamente. Pero había dos cosas que lo preocupaban: primero, que aún no se había acostado con una mujer; segundo, que sentía una tremenda pero inexplicable urgencia de seguir viaje hacia el norte. No sabía por qué, sólo que en algún lugar hacia el norte algo lo estaba esperando. La sensación se hizo tan fuerte que al fin se vio obligado a rechazar la estabilidad del empleo permanente para poder continuar su viaje.
Su gran fuerza física y una extraña e inexplicable astucia, recientemente adquirida le permitieron hallar trabajo aun donde no lo había, mientras iba en camino hacia el norte. Llegó así al estado de Sinaloa. Y allí terminó su viaje. Conoció a una viuda joven, yaqui como él, que había estado casada con un hombre con quien don Juan estaba en deuda.
Trató de pagar su deuda ayudando a la viuda y a sus hijos; y sin darse cuenta, fue asumiendo el papel de padre y esposo. Esas nuevas responsabilidades representaron una gran carga para él. Perdió su libertad de movimiento e incluso su necesidad de viajar más al norte. Se sintió compensado por esa pérdida, sin embargo, con el profundo afecto que sentía por la mujer y por sus hijos.
—Experimenté momentos de sublime felicidad como esposo y como padre dijo don Juan—. Pero fue en esos momentos cuando noté que algo andaba muy mal. Comprendí que estaba perdiendo la sensación de abandono, de frialdad, de audacia que adquirí en la casa del nagual Julián. Ahora me hallaba identificado con la gente que me rodeaba.
Don Juan dijo que comenzó sintiendo un profundo, aunque reservado, afecto por la mujer y sus hijos. Ese desapegado afecto le permitía desempeñar el papel de padre y esposo con abandono y placer. Con el correr del tiempo, su desapegado afecto se convirtió en una pasión desesperada que lo hizo gastar toda su energía. En cuestión de un año perdió todo vestigio de su nueva personalidad, adquirida en la casa del nagual.

Una vez que hubo desaparecido el desapego, que era lo que le daba el poder de amar, sólo le quedaron las necesidades mundanas: la miseria y la desesperación, rasgos distintivos del mundo cotidiano. Para hacer las cosas aún peores, también desapareció su espíritu de empresa. En los años que pasó en la casa del nagual había adquirido un dinamismo que le fue muy útil cuando anduvo solo.
Pero la pérdida más aguda fue su energía física. Sin estar enfermo, un día quedó completamente paralizado. No sintió dolor alguno ni tampoco sintió pánico. Mientras yacía desvalido en cama, no hizo sino pensar y llegó a comprender que había fracasado porque no tenía un propósito abstracto. Se dio cuenta, por primera vez, que la gente de la casa del nagual era extraordinaria porque perseguía la libertad como propósito abstracto. No comprendía qué era la libertad, pero sí sabía que era lo contrario de sus necesidades concretas.

Su falta de un propósito abstracto lo había vuelto tan débil e ineficaz que no podía rescatar a su familia adoptiva de su abismal pobreza. Por el contrario, ellos lo arrastraron otra vez a la misma miseria y desesperación que había conocido antes de encontrarse con el nagual.
Al repasar su vida, cobró conciencia de que la única vez que no fue ni pobre ni tuvo necesidades concretas fue durante los años pasados con el nagual. Y supo entonces que la pobreza es un estado de ser y que lo había reclamado cuando sus necesidades concretas lo abrumaron.
Por primera vez don Juan comprendió plenamente que el nagual Julián era, en verdad, el nagual, el líder, y su benefactor. Comprendió lo que había querido decir su benefactor al expresarle que no había libertad sin la intervención del nagual. No había ya dudas en la mente de don Juan de que el nagual Julián y todos los miembros del grupo eran brujos. Pero lo que comprendió con la más dolorosa claridad fue que él había desperdiciado la oportunidad de estar con ellos.
Cuando la presión de su impotencia física se le hizo insoportable, su parálisis terminó tan misteriosamente como se había iniciado. Un día, simplemente, se levantó de la cama y fue a buscar trabajo. Pero su suerte no mejoró. Apenas le alcanzaba para vivir.

Pasó un año más. No prosperó, pero en una cosa, al menos, tuvo más éxito de lo que esperaba: hizo una recapitulación total de su vida. Comprendió entonces por qué amaba y no podía dejar a esos niños, y también por qué no podía seguir con ellos, y por qué no podía actuar ni de un modo ni del otro.
Don Juan se dio cuenta de que había entrado en un callejón sin salida, y de que morir como guerrero era el único acto congruente con lo que había aprendido en la casa de su benefactor. Cada noche, tras una frustrante jornada de trabajo agotador y sin sentido, aguardaba pacientemente la llegada de la muerte.
Estaba a tal grado convencido de su fin, que la esposa y los niños esperaban con él; en un gesto de solidaridad, también ellos deseaban morir. Y los cuatro se pasaban las noches sentados, en total inmovilidad, recapitulando sus vidas, mientras esperaban a la muerte.
Don Juan le había hecho la misma advertencia que su benefactor le hizo a él.
—No la desees, ni pienses en ella —su benefactor le había dicho—. Simplemente, espera hasta que venga. No trates de imaginar cómo es la muerte. Quédate quieto hasta que llegue a ti y te atrape en su flujo irresistible.

El tiempo pasado en silencio los fortaleció mentalmente, pero no en lo físico; sus cuerpos enflaquecidos hablaban de una batalla casi perdida. Sin embargo, un día don Juan pensó que su suerte comenzaba a cambiar. Halló un empleo transitorio, pero con buena paga, con un grupo de trabajadores en época de la cosecha. El espíritu, empero, tenía otros designios para él. Un par de días después de comenzar a trabajar, alguien le robó el sombrero. A él le era imposible comprar uno nuevo, pero necesitaba tener uno para trabajar bajo el sol abrasador. Se protegió de algún modo, cubriéndose la cabeza con trapos y puñados de paja. Sus compañeros de trabajo comenzaron a reír y a burlarse de él. Don Juan no les prestó atención. Comparado con la vida de las tres personas que dependían de su trabajo, su aspecto tenía poca importancia. Pero los hombres no pararon. Se rieron y le hicieron tanta burla, que el capataz, temiendo un motín, despidió a don Juan.
Una rabia salvaje acabó con la serenidad y la cautela de don Juan. Lo que le estaban haciendo era una injusticia. El derecho moral estaba de su parte. Soltó un grito escalofriante y agarrando a uno de los peones lo levantó por sobre sus hombros, con intención de quebrarle la espalda. Pero pensó en esos niños hambrientos, acompañándolo noche tras noche, a esperar a la muerte. Puso, al hombre de pie en el suelo y se marchó.
Don Juan dijo que se sentó al borde del campo donde los hombres trabajaban, y dejó que estallara toda la desesperación que se había acumulado en él.
Era una ira silenciosa, pero no contra la gente, sino contra sí mismo.
—Allí sentado, a la vista de toda esa gente, me eché a llorar —continuó don Juan—. Me miraban como si estuviera loco. Y así era, estaba loco, pero eso ya no me importaba nada. Había sobrepasado toda preocupación.
"El capataz se compadeció de mí y se acercó a darme consejos, creyendo que lloraba por mí mismo. No podía saber que yo lloraba por el espíritu.
Don Juan dijo que un protector silencioso llegó a él cuando su ira se desvaneció. Una inexplicable oleada de energía lo dejó con la nítida sensación de que su muerte era inminente. Supo que no tendría tiempo de ver otra vez a su familia adoptiva. Les pidió disculpas, nombrándolos en voz alta, por no haber tenido la fortaleza y la sabiduría necesarias para salvarlos de su infierno terrenal.
Los peones continuaban riendo y burlándose de él. Don Juan apenas los oía. Las lágrimas se le agolparon en el pecho, al dirigirse al espíritu para darle gracias por haberlo puesto en el camino del nagual, otorgándole esa inmerecida posibilidad de ser libre. Oía las risotadas de los hombres, que nada comprendían. Oía sus insultos y sus alaridos como desde dentro de sí mismo. Tenían derecho a
ridiculizarlo: él había estado en los portales de la libertad, y no se había dado cuenta.
—Entendí entonces cuánta razón había tenido mi benefactor —dijo don Juan—. Mi estupidez era un
monstruo y ya me había devorado. En cuanto tuve ese pensamiento comprendí que cuanto pudiera decir o hacer era inútil. Había perdido mi oportunidad. Había perdido todo. Ahora era sólo el payaso de esa gente.
El espíritu no podía interesarse en mi desesperación. Somos tantos los que sufrimos, los que tenemos
nuestro infierno privado y particular, nacido de nuestra estupidez, que el espíritu no puede prestarnos
atención.
"Me arrodillé de cara al sudeste. Di gracias otra vez a mi benefactor y le dije al espíritu que estaba tan
avergonzado... tan avergonzado. Y con mi último aliento me despedí de un mundo que hubiera podido ser maravilloso si yo hubiese tenido sabiduría. Una ola inmensa vino hacia mí entonces. Primero, la sentí. Después, la oí. Por fin la vi acercarse a mí desde el sudeste, por sobre los campos, Llegó a mí y su negrura me cubrió. Y la luz de mi vida se apagó. Mi infierno había terminado. ¡Por fin estaba muerto! ¡Por fin era libre!

La historia de don Juan me dejó devastado. Guardamos silencio por un largo rato.
—Los brujos luchan por tener continuidad —dijo, de pronto— y esa es la lucha más dramática del mundo. Es dolorosa y cara. Muchas, pero muchas veces, le ha costado la vida a los brujos.
Explicó que, para que un brujo tuviera completa certeza acerca de sus acciones, o acerca de su posición en el mundo de los brujos, o acerca de su capacidad de utilizar inteligentemente su nueva continuidad, debe invalidar la continuidad de su vida cotidiana.
—Los brujos videntes de los tiempos modernos —prosiguió don Juan— llaman a ese proceso de invalidar la vida cotidiana "el boleto para ir a la impecabilidad" o la muerte simbólica, pero muy definitiva, del brujo.
Yo, personalmente, conseguí mi boleto para ir a la impecabilidad en aquel campo de Sinaloa. Lo tenue de mi nueva continuidad me costó la vida.
—Pero ¿murió, usted don Juan, o sólo se desmayó? —pregunté, tratando de no mostrarme cínico.
—Me morí en ese campo —dijo don Juan—. Sentí que mi conciencia salía flotando de mí y se encaminaba hacia el Águila  y como había recapitulado mi vida, el Águila no se tragó mi conciencia; me escupió como una pepa de ciruela. Puesto que mi cuerpo estaba muerto en el campo, y un brujo no puede dejar el cuerpo atrás, al Águila no me dejó pasar a la libertad. Fue como si me indicara regresar y tratar otra vez.

"Ascendí a las cumbres de la negrura y descendí otra vez a la luz de la tierra. Y me encontré en una tumba superficial en el borde del sembrado. Estaba yo cubierto de piedras y tierra.
Don Juan dijo que supo de inmediato lo que debía hacer. Después de salirse de entre las piedras, re-acomodó la tumba como si su cuerpo aún estuviera allí y se marchó. Se sentía fuerte y decidido. Sabía que tenía que volver a casa de su benefactor. Pero antes de iniciar el viaje de retorno, deseaba ver a su familia y explicarles que era brujo y, por ese motivo, no podía quedarse con ellos. Quería explicarles que su perdición había sido no saber que los brujos jamás pueden tener un puente para reunirse con la gente del mundo. Pero, si la gente desea hacerlo, pueden tender un puente para reunirse con los brujos.
—Fui a la casa —continuó don Juan—, estaba vacía. Los espantados vecinos me contaron que unos
peones habían llegado con la noticia de que yo había caído muerto mientras trabajaba; mi mujer y los niños se habían marchado.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted muerto, don Juan? —pregunté.
—Al parecer, todo un día —dijo.
A don Juan le jugaba una sonrisa en los labios. Sus ojos parecían hechos de obsidiana brillante. Observaba mis reacciones, a la espera de mis comentarios.
—¿Y qué fue de su familia, don Juan? —pregunté.
—Ah, la pregunta de un hombre sensato —comentó—. Por un momento pensé que me ibas a preguntar acerca de mi muerte.
Confesé que había estado a punto de hacerlo, pero como sabía que él estaba viendo mi pregunta al tiempo que la formulaba en mi mente, le pregunté otra cosa, sólo para llevarle la contraria. No lo dije como broma, pero él se echó a reír.
—Mi familia desapareció ese día —dijo—. Mi mujer estaba hecha para sobrevivir. Era forzoso, dadas las condiciones en que vivíamos. Puesto que yo había estado esperando la muerte, seguramente creyó que había conseguido al fin lo que deseaba. Y como no le quedaba nada que hacer allí, se fue.
"Eché de menos a los niños y me consolé pensando que no era mi destino estar con ellos. Los brujos tienen una inclinación peculiar. Viven exclusivamente a la sombra de un sentimiento cuya mejor descripción serían las palabras "y sin embargo..." Cuando todo se les viene abajo, los brujos aceptan la situación. "Es algo terrible, dicen, pero inmediatamente escapan a la sombra del, y sin embargo..."
"Eso hice con mis sentimientos por aquellos chicos y la mujer. Con gran disciplina, especialmente en el caso del niño mayor, habían recapitulado sus vidas junto conmigo. Sólo el espíritu podía decidir el resultado de ese afecto.

Me recordó que me había enseñado cómo actúan los guerreros en tales situaciones. Dan lo mejor de sí y después, sin remordimientos ni lamentos, se quedan tranquilos y dejan que el espíritu decida el imposible resultado.
—¿Cuál fue la decisión del espíritu en su caso, don Juan? —pregunté.
Me estudió sin responder. Yo sabía que él estaba completamente consciente de los motivos detrás de mi pregunta, pues yo había experimentado un afecto similar y una perdida parecida.
—La decisión del espíritu es otro centro abstracto —dijo—. Historias de brujería se tejen a su  alrededor.
Hablaremos de esa decisión cuando lleguemos a ese centro básico.
"Ahora bien, ¿no querías preguntarme algo sobre mi muerte?
—Si lo creyeron muerto, ¿por qué lo pusieron en una tumba superficial? —pregunté—. ¿Por qué no
cavaron una verdadera tumba para enterrarlo?
—Esto es ya tu estilo —observó, riendo—. Yo también me hice la misma pregunta y llegué a la conclusión de que aquellos peones eran gente muy religiosa. Yo era cristiano y a los cristianos no se los entierra así nomás; tampoco se los deja a que se pudran como los perros. Creo que esperaban a que mi familia fuera a reclamar el cuerpo para darle un entierro apropiado. Pero mi familia nunca apareció.
—¿Usted los buscó, don Juan? pregunté.
—No. Los brujos nunca buscan a nadie —respondió—. Y yo era brujo. Había pagado con la vida el error de no darme cuenta de que los brujos jamás se acercan a nadie.
"Desde ese día sólo he aceptado la compañía o los cuidados de gente o de guerreros que están muertos, como yo.
Don Juan dijo que volvió a la casa de su benefactor, donde todos lo o trataron como si nunca se hubiera ido y comprendieron instantáneamente lo que él había descubierto.
El nagual Julián comentó que, debido a su peculiar temperamento, don Juan había tardado mucho en
morir.
—Mi benefactor me dijo entonces que el boleto de un brujo para ir a la impecabilidad es su muerte — prosiguió—. Que él mismo había pagado con la vida ese boleto, como todos los demás en su casa. Y que ahora éramos iguales en nuestra condición de ser candidatos a ser libres.
"Y también dijo que el gran truco de los brujos es estar totalmente conscientes de que están muertos. Su boleto para ir a la impecabilidad debe estar envuelto en puro entendimiento. En esa envoltura, dicen los brujos que el boleto se mantiene flamante.
"Hace sesenta años que compré mi boleto y todavía está flamante.

Nos quedamos de pie junto a la banca, contemplando a los transeúntes nocturnos que paseaban por la plaza. La historia de su muerte me había dejado con una inmensa sensación de nostalgia, de tristeza. Don Juan me sugirió que volviera a casa; el largo viaje hasta Los Ángeles, dijo, daría a mi punto de encaje un descanso, después de todo el movimiento que había tenido en los últimos días.
—La compañía de un nagual es muy fatigosa —prosiguió—. Produce un cansancio extraño y hasta puede hacer mal.
Le aseguré que no estaba cansado en absoluto, que su compañía distaba mucho de hacerme mal y que, de hecho, me afectaba como un narcótico: no me podía pasar sin ella. Aquello sonó como adulación, pero yo lo decía en serio.
Recorrimos tres o cuatro veces la plaza, en completo silencio.


—Anda a tu casa y piensa en los centros abstractos de las historias de brujería —dijo don Juan, con un tono de finalidad en la voz—. Mejor dicho: no pienses en ellos, sino que deja que el espíritu descienda y mueva tu punto de encaje al lugar del conocimiento silencioso. El descenso del espíritu lo es todo, pero no significa nada si no se llenan los requisitos del intento. Por lo tanto, cultiva el abandono, la frialdad y la audacia. En otras palabras, sé impecable.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El guardián

EL GUARDIÁN


-Me he perdido -le dijo a los árboles.

La fría brisa del atardecer acariciaba sus mejillas, mientras se preguntaba como demonios podía haberse perdido a pesar de llevar un plano de ese gigantesco bosque, y una brújula en la mano.

Pateó el suelo con rabia, y gritó:

-¡Nunca debí haber venido! ¡Mierda! -y se sentó en el tocón de un árbol, intentando tranquilizarse.

En un principio, la idea de pasar la noche en el bosque no le había parecido mala, todo lo contrario: dos días y una noche de tranquila soledad para leer o para escuchar las aves, simplemente. Y allí estaba ahora: con la mochila y la tienda de campaña a la espalda, en algún lugar de aquel bosque. Un lugar desconocido, por cierto.

Se levantó y echó a andar, resignado. Tenía que encontrar un claro para acampar, de lo contrario tendría que dormir a la intemperie. Al menos tengo el saco, pensó.

Entonces fue cuando llegó al sendero: vio el Cielo abierto, y echó a correr por él: al poco tiempo comenzó a divisar una gran mole gris entre los troncos de los árboles; el camino dio un par de revueltas más y llegó a un gran claro en medio del cual se erguía un gran caserón -casi un castillo, a juzgar por su aire regio-. Parecía habitado, y sin más se acercó, subió unos escalones hasta llegar a la puerta y la golpeó un par de veces con la aldaba. Pudo oír los ecos de los golpes en el interior de la casa a pesar del grosor de la puerta, y antes de que aquéllos se hubiesen apagado, ésta se abrió.

-¿Quién es usted? -preguntó un mayordomo, con cierto tono despectivo.

-Soy un excursionista. Me he perdido y quería preguntar si... -vaciló un instante- si podría pasar la noche en esta casa. -El Sol había desaparecido bajo la línea del horizonte, y el cielo se oscurecía por momentos.

-Un momento -cerró la puerta.

Cinco minutos después, la puerta continuaba cerrada. Sentado en los escalones, mantenía la mirada fija en aquel claro. ¿Y si montase la tienda ahí?, se estaba preguntando, cuando algo chirrió tras él. Se volvió, y vio que la puerta -por fin- se abría.

-Pase -le dijo-. Mi señor le permite la estancia, por esta noche.

Entró en la casa. Por dentro era aún más majestuosa que por fuera. Gruesos tapices donde se recogían, dibujadas, antiguas y legendarias batallas, cubrían las paredes; del techo colgaban grandes lámparas de araña.

-Sígame. -Y subieron al piso superior que sugerían una antigüedad incognoscible. Incluso el mayordomo la sugería, pensó, a pesar de que su rostro no mostraba más rasgos de vejez que los de un hombre de cuarenta, cincuenta años a lo sumo.

Le siguió por un laberinto de pasillos.

Su habitación era grande, con un pequeño y anticuado cuarto de baño. Aquí no había tapices, sino cuadros de extraños dioses, que le hicieron pensar en alguna mitología antigua.

El mayordomo salió, y el invitado se sentó en la cama, tan antigua como todo lo demás.

-Bonita noche al aire libre -murmuraba, mientras se quitaba las botas-. Esta es la última vez. ¡La última!

Toc, toc. La puerta se abrió y el mayordomo entró, sosteniendo una bandeja con comida.

-Su cena -dijo, mientras el otro miraba sorprendido.

-No hacía falta, yo llevaba... -el mayordomo se marchó, sin dejarle terminar y sin despedirse siquiera.

Se quitó la otra bota, y, descalzo, se aproximó a la mesa.

Bon apettit, pensó. Sonrió y empezó a comer.

Cuando hubo terminado, se acercó a la puerta para salir, pero no pudo abrirla.

Frunció el ceño. ¿Por qué no se abre?

Probó dos veces más, hasta que le fue evidente que el mayordomo le había encerrado.

-¡Eh! ¿¡Qué pasa aquí!? -gritó, y golpeó la puerta- ¡eh!

Quizá no quieran que ronde por la casa.

Se encogió de hombros; se desvistió y se metió en la cama.

Mañana será otro día, pensó cuando cerró los ojos.

****************

Se despertó sobresaltado. Aún era de noche. Le había parecido escuchar algo en la puerta.

Esperó, pero no oyó nada más.

-Lo habré soñado -murmuró, para tranquilizarse, mientras cerraba los ojos

¡otra vez ese sonido!

Se sentó en la cama; sus pies rozando el suelo y su corazón a punto de estallar.

Parece como si arañaran la puerta, pensó. ¿Será el mayordomo, que intenta gastarme una broma? Seguro de ésto último, dijo en voz alta:

-¿Oiga? ¿Qué sucede?

Entonces oyó un gañido y el trote de un animal que se alejaba. Tragó saliva y, cubierto de sudor frío, se volvió a meter entre las sábanas.

Agradeció a Dios que la puerta estuviese cerrada con llave.

A pesar de ello, apenas pudo conciliar el sueño el resto noche.

****************

El resplandor del Sol se colaba por entre las cortinas.

Miró su reloj. Eran las siete de la mañana.

Se levantó, se vistió y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo comprobó que éste deformaba el reflejo cómicamente.

Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. El Sol naciente entró en todo su esplendor. Miró hacia el bosque y se percató de que aquella era la zona de la cual él había salido, aunque ahora tuvo ese sentimiento de antigüedad que la noche anterior tuvo al subir las escaleras. Se preguntó cuál sería la edad de aquellos árboles. ¿Cientos, miles de años, quizá? Le pareció que estaban ahí desde épocas inmemoriales.

La puerta principal se abrió de un portazo, y el chico miró hacia abajo: de la casa salía un lobo del tamaño de un caballo con una persona entre sus fauces.

Se separó de la ventana, aterrorizado. Recordó la noche anterior, y se lanzó a la puerta: para su alivio, seguía cerrada con llave. Aquella monstruosidad no podría alcanzarle.

Escuchó un alarido y el chasquido de huesos rompiéndose.

Se acercó a la ventana y volvió a mirar.

Abajo, el lobo se relamía las fauces. Debajo de él sólo quedaban unos despojos.

¿A quién se habrá comido? El miedo le había aturdido. No podía dejar de mirar por la ventana. ¿A quién?

Entonces vio unos jirones de ropa entre los restos.

La ropa del mayordomo.

Cayó desmayado.

****************

Se despertó, notando la cama bajo él. Se sentía completamente en calma, y durante aquel momento de lasitud no movió un sólo músculo.

Entonces recordó, y se levantó de un salto: la puerta estaba destrozada. Asustado, se asomó por la ventana.

Allí estaba el lobo, devorando otra presa.

-¡No ha sido un sueño! ¡¡NO HA SIDO UN SUEÑO!! -gritaba, aterrorizado, lo que en el fondo de su corazón ya sabía. Se dio la vuelta para huir, pero se quedó clavado en el suelo

porque el mayordomo estaba de pie en la puerta.

-¡USTED! -gritó con todas sus fuerzas- ¡¡USTED ESTÁ MUERTO!! -retrocedió un paso.

-No intente escapar.

-¿QUÉÉÉ?

-No intente escapar -repitió-. Aun si tuviera un cuerpo le resultaría difícil. Sin él no lo intente. No podrá.

-¡Usted está muerto! ¡Yo le vi morir! -retrocedió y miró por la ventana. El gigantesco lobo se adentraba en la espesura. De pronto todo le pareció irreal, y temió haberse vuelto loco.

-Sí -dijo el mayordomo, ante la sorpresa del otro-. Morí en mil novecientos ochenta, de una pulmonía. En el ochenta y cinco, un cáncer me mató; y volví a morir ocho años más tarde asesinado por una de las gárgolas del tejado, que cobran vida a media noche.

-¿Quééé?

-La última vez que morí fue esta mañana, devorado por el lobo.

-¡Usted está loco! -gritó, exasperado, convencido de haber sido objeto de una broma pesada.- Todo ésto tiene que ser un montaje.

El mayordomo entró en la habitación.

-Vendí hace años mi alma al dios Hom'Sthotath, el Soberano de lo Muerto. ¿Sabe algo sobre Él? ¿No? No importa. Ahora sirvo al Guardián de la Puerta hasta el glorioso día en el que Él pase a nuestro plano de existencia y reine sobre la Tierra.

-Todo esto es un montaje -repitió, esperando un "sí" que no llegó.

-En cuanto al lobo... -continuó-, él es el Guardián. Ayer no me permitió que le diera cobijo a usted, pero le desobedecí, y él, al ver esta puerta cerrada y percibir el olor a ser humano, advirtió esta desobediencia y me mató; no obstante mi cuerpo inmortal resucitó de nuevo.

-¿Por qué lo hizo?

-Necesitaba compañía.

-¡No me quedaré! Dios mío... ésto no puede ser real.

-Si mira al suelo, verá sangre.

Obedeció; a sus pies había un charco de sangre.

-Si me acompaña, sabrá de quién es -el mayordomo salió de la habitación, y el chico fue tras él.

Bajaron las escaleras. El mayordomo abrió la puerta principal y dijo

-Dígame, ¿qué es lo que ve? -el aludido miró al exterior.

-Oh Dios... restos humanos.

-Fíjese bien.

Obedeció, y vio entre el fango unas botas y ropa de abrigo, hecha jirones.

-Ahora eres un alma en pena; permanecerás atado a esta casa hasta el final de los tiempos.

El chico le miró.

-¿Qué?

-Has sido devorado por el Guardián.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Cinco trucos para escribir cuentos

No por tener menos palabras expresa menos. Y no por ser más corto es más fácil de crear. En mis relatos he experimentado como el cuento ha pasado de ser el arte de explicar historias orales -cuando aún no existía la escritura- a convertirse, como bien apuntaba Italo Calvino en una de sus obras, en el rey de una época.
Así lo reflejan las cada vez más numerosas historias de otros autores así como las de los grandes escritores contemporáneos en español –Borges, Benedetti, Mutis, Rulfo o Cortázar-, quienes se han dedicado al cultivo del relato breve con técnicas literarias cada vez más desarrolladas. Y como no sólo se han dedicado a escribir sino también a teorizar sobre la brevedad de sus creaciones literarias, estoy en disposición de ofrecer a autores que quieran auto-publicar sus obras en mis blogs algunos de estos valiosos consejos.
1. No más de dos horas, Allan Poe


Para saber cuanto debería ocupar un cuento, nos fiamos a pies juntillas de uno de los maestros universales del relato corto, Edgar Allan Poe, quien califica de cuento “aquella lectura que necesita de media hora a dos horas”. Traducido en palabras para su aplicación práctica, esto significa que el cuento no tendría que sobrepasar las 7.500 palabras.
No obstante, como las leyes de la literatura son un tanto arbitrarias y el puritanismo es difícil cuando el genio creativo está en juego, se estima que la extensión de un cuento puede oscilar entre las 1.000 y las 20.000 palabras.
2. Inicios truncados y exabruptos, Carver



“Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono”. Así empezó una de sus historias Raymond Carver, uno de los mejores contadores de historias breves de finales de los 80 en América. ¿Quién es él? ¿Quién llamaba? ¿Por qué? ¿Pudo oír el teléfono? Este principio nos conduce inevitablemente a una serie de interrogaciones que incitan a seguir leyendo.
Independientemente de si se trata un libro publicado en español o en inglés, esta es una de las reglas de oro del cuento: inicios no sólo bruscos sino además truncados. Importa el conflicto, no hay tiempo que perder en las presentaciones de personajes ni en las descripciones de ambientes.
3. Una trama de dos historias, Piglia


El lector cree que está leyendo una historia pero en realidad son dos. Tendrá que descubrir cual es cada una y donde se centra la importancia de la acción. Pese a que no todos los cuentos recogen esta conocida tesis del escritor argentino Ricardo Piglia, su uso es muy útil para despertar la intriga en el lector y lograr el efecto sorpresa que caracteriza las narraciones cortas.
El truco consiste en narrar la supuesta historia principal en el primer plano de la narración e ir descubriendo la historia secundaria en los intersticios de la primera. Al final, aunque las dos tramas estarán siempre relacionadas, la segunda desbancará a la primera como nudo narrativo. El resultado: lector conmocionado.

4. La precisión léxica, Quiroga


Si podemos expresar una circunstancia en 5 palabras, ¿por qué hacerlo en 10? El arte del cuento es el arte del despojo de lo superfluo, de la concisión, de la represión –o precisión- léxica.
Lo anunciaba Horacio Quiroga en su Decálogo del perfecto cuentista, donde aconsejaba no adjetivar sin necesidad so pena de debilitar las palabras importantes y en mis blogs creemos que es casi un imperativo si se dedican a esta tarea. Junto a la adjetivación contenida, sugerimos también el uso de frases breves y diálogos –mejor que hablen los personajes, no el narrador-. El objetivo es que el cuento pueda crecer si así lo requiere la imaginación del lector, nunca decrecer.
5. Final de jaque, Cortázar


Se trate de novela o cuento, los finales son siempre importantes porque constituyen el sabor último que dejamos en la boca del lector. Esto no significa que el autor tenga que optar por las clásicas frases hechas, rimas o moralejas propias de la tradición oral pero sí es necesario culminar con la tensión que ha ido cocinando a lo largo de la narración.
En palabras de un cuentista, Julio Cortázar, “el final debe ser una cachetada al lector, o un jaque mate. La novela gana la contienda por puntos, el cuento por knock-out”. A ello puede ayudar la técnica de Piglia de desvelar una trama escondida.
En el fondo no se trata tanto de encontrar la idea 10 para un cuento sino de mimarla con el tratamiento literario preciso. Después de estos básicos, ¿quién no se atreve a publicar su cuento conmigo?

lunes, 15 de julio de 2013

GENTE MENUDA


En casa de Julia había ratones. No había podido evitar que llegaran y se instalaran allí; ni siquiera sabía de dónde habían venido, pero su llegada había coincidido con el asesinato de Joao, el novio de Julia, mientras trabajaba en el museo.

Harta de encontrar bolsas roídas, tarros volcadas y libros con las páginas mordisqueadas, se decidió a poner trampas por toda la casa. Sobre todo, cuando encontró aquellas inmundas heces dentro del paquete de harina.

Al día siguiente de ponerlas, las revisó todas: cuando se acercó a la que colocó bajo el mueble del salón, llegó hasta ella un débil gemido. Contenta ante el resultado obtenido (y pensando que por fin vería a uno de esos malditos invasores), cogió la cajita de madera y cuál sería su sorpresa al ver asomar dos pequeñas piernecitas por el agujero de la trampa: ¡aquello no era un ratón! Con sumo cuidado, cogió las temblorosas extremidades y liberó a aquello que había caído en la trampa.

No, ciertamente aquello no era un ratón. Era una especie de ser humano en miniatura -no sobrepasaba los diez centímetros de estatura-, con rasgos muy simiescos. Estaba desnudo, tenía mucho pelo y despedía un auténtico mal olor.

Julia aferraba aquel ser, sin saber qué hacer. ¿Lo liberaba? ¿Lo encerraba en una jaula? Demonios, ¿qué era aquello? El diminuto ser golpeaba los dedos de Julia con sus pequeños puños, mientras multitud de sonido guturales salían de su boca. ¿Era aquel el ratón que la había molestado tanto? Sin pensarlo lo metió en una jaula que había quedado vacía después de la muerte de Peti Rojo, y lo observó atentamente.

El ser se agarró a los barrotes, los mordió y los pateó con una furia incontenible mientras no paraba de hacer sonidos con su aguda voz. Julia introdujo un trozo de pan entre lo barrotes, y el enanito comenzó a roerlo con fruición.

"¡Dios mío, un duende!", pensó. Era lo último que esperaba poder cazar con una ratonera, pero allí estaba, vivo y sin dejar de moverse y gritar. Parecía puro nervio.

Durante un instante se había planteado llevarlo a un centro de investigación, ¡aquello revolucionaría la Ciencia! Pero no, luego cambió de idea. Lo guardaría para sí. Después de todo, lo había cazado ella.

Mientras tanto, el duende se había comido el trozo de pan.

-¿Quieres más? -preguntó Julia, y cuando el ser la escuchó, pareció asustarse. Se retiró al fondo de la jaula y se acurrucó, temblando.

-¿Qué te ocurre? -acercó la cara a los barrotes, cada vez más, y cuando su nariz los tocó, el enano, con una inusitada rapidez, se lanzó hacia ella. Julia se apartó rápidamente, pero no lo suficiente, y el duende le arañó la nariz. "¡Maldito bicho!" pensó ella "¡ha estado a punto de sacarme un ojo!"

-Maldito seas -dijo, enfadada-. Dejaré que te pudras en tu jaula.

Fue al cuarto de baño, y se miró el arañazo en el espejo. No parecía feo. Se lo limpió, y luego se acercó de nuevo a la jaula. El enano se rió convulsivamente cuando la vio. Julia agitó la jaula, enfadada, mientras gritaba:

-¿De qué te ríes?

El ser demostró ser muy resistente. A pesar de que no le echaba de comer, parecía más fuerte cada día. Ella, al contrario, empeoraba sin razón aparente cada vez más: cada día se levantaba más cansada y decaída; cada vez se enfadaba más cuando el bicho reía, y lo hacía cada vez que lo miraba. Reía enérgica y convulsivamente, y ella se preguntaba por qué lo hacía, hasta que un día notó un mareo estando en la ducha. Goteando y descalza, salió del cuarto de baño y se acercó a la jaula. El ser comenzó a reírse.

-Es por el arañazo, ¿verdad? -le parecía que la habitación giraba en torno a ella- es por el arañazo, ¿verdad? -repitió, esta vez más fuerte y con más convicción.

De repente tuvo un vahído, y cayó al suelo. Intentó gritar al darse cuenta de que sólo podía mover la cabeza, pero ni un sonido salió de su garganta. Giró aquella en dirección a la jaula, y, horrorizada, pudo ver cómo el duende separaba dos barrotes, salía fuera y se acercaba a ella con la boca abierta, babeando y riendo a su grotesca manera...

SUBIR ESCALERAS

Dos días hacía desde que Raquel observó por vez primera rastros de sangre reseca en el tramo de escaleras que iba a dar al rellano de su puerta. Era un quinto piso de un bloque de nueve, pero en ningún otro sector de los que había inspeccionado aparecían esas manchas, impresas como por una huella o una zarpa, muy profundo, fluidos negruzcos medio infiltrados en la misma piedra, describiendo los contornos de un caminar furtivo y luctuoso; alguien inculpó del hecho a la más que segura intrusión de un animal, no obstante, era improbable que un animal desangrado y moribundo no hubiera perecido a su propia hemorragia y merodease por allí todas las noches, menos aún cuando ningún vecino había escuchado ruidos ni golpes ni sonidos de angustia gutural. Junto a la vecina de la puerta contigua, bajaron cubos de agua y lejía y se afanaron en limpiarlas, frotando al límite de las manos y las rodillas, desgastando fregonas y bayetas, incansables. Casi lo consiguieron, borraron las huellas en su mayoría excepto un pequeño cerco difuminado que era, por lo visto, inaccesible a la lejía ni al resto de abrasadores que dispusieron sobre la superficie. "Un trabajo inútil", se decía Raquel resignada, pues al día siguiente volvían a irrumpir en la misma posición en la que se hallaban el día anterior. Vuelta a bajar los cubos, vuelta a realizar complicadas mezclas de productos químicos y limpiadores industriales, pero las manchas no perecían a ningún intento. De mutuo acuerdo en la junta de vecinos, resolvieron ponerlo en conocimiento de las autoridades sanitarias para que una comisión de expertos investigara el asunto y dictaminara si se trataba de los rudimentos primarios de una nueva enfermedad o si por el contrario, eran producto de un transeúnte de las noches, de un algo que ascendía y descendía las escaleras con los pies ensangrentados. No de cara a los vecinos, ya que no se atrevía a exponerla, pero si en la intimidad, Raquel había insistido en un tercera hipótesis, una opción que su propio marido, sentado en el sofá sin prestarle demasiada atención, calificó de ridícula y pueril: "Creo que es un muerto el responsable de todo este caso. Lo siento, lo noto, pero no sabría explicarlo porque no es de aquí, sabes, no es de un suceso próximo, es como que está lejos y cada noche se acerca, vaga por donde desea y arrastra consigo y su cuerpo derretido, vestigios de la sangre que derramó la herida que, tiempo atrás, acabó con su vida". Él, en tono rotundamente sarcástico, asintió riendo a carcajadas un momento, para luego tomarla de los hombros y explicarle, como a una niña temerosa de los monstruos que se esconden en su armario, que los muertos no caminan y mucho menos maltrechos y esparciendo a su paso, gotas de sangre de heridas pasadas. "Eres absurda", agregó con un bostezo y se marchó a la cama. Pese a que la idea de su mujer era descabellada, el cuarto en penumbras le provocó cierto recelo, una sensación de peso en los pies y un agarrotamiento en el cuello: sería miedo aquello, miedo a una suposición estúpida de una mujer asustada que no encuentra respuestas y por ello las crea, miedo a una representación de un espíritu alterado y nervioso, miedo del armario del fondo y de los habitantes de su interior,....Petrificado en el umbral del cuarto, la mano izquierda apoyada firmemente en el quicio, no disponía de lucidez bastante para discernir si era miedo lo que lo atrapaba y le fijaba la postura, pero no fue capaz de pasar al interior. Temeroso e impávido, retornó a la sala donde Raquel, recostada cómodamente en el sillón, reconocía, en las tapas de un libro sobre la obra Harold Lloyd, un antiguo y tímido intento de lectura. La presencia callada y errante de él la asustó levemente: "¿Dónde vas?", le preguntó sin mover la vista de la portada del libro. "Voy a por un vaso de agua. Tengo la boca seca. ¿Vienes a la cama?, preguntó con la esperanza de que le fuera a acompañar. Raquel se dio vuelta en el sillón, posó el libro sobre la mesa, lo miró con picardía por encima del respaldo, como adivinado las raíces de un temor nuevo, y dijo simplemente: "!Vamos!".

Los investigadores del ministerio de sanidad, luego de efectuar minuciosos estudios sobre el terreno durante dos días, y ponderando todos los factores y posibilidades, concluyeron que lo que ocurría en esa escalera, se reducía a que, cada noche, aparecían huellas ensangrentadas que el día anterior no existían. Por supuesto, esta respuesta absurda, pues les reiteraba lo que ya conocían, no llevó la satisfacción a los vecinos, que protestaron y se agolparon con pancartas entorno a la sede ministerial, ya que consideraban que se habían reído de ellos, y que el estudio tan sólo había sido una farsa, un sutil juego de ficción que pretendía minimizarlos. Al regresar de la pequeña y no especialmente beligerante concentración – los efectos de un enfado se miden en la insistencia y la intensidad de las protestas - uno de ellos, posiblemente el abogado del tercero B, propuso al resto una reunión espontánea en un restaurante de la zona, donde comerían y beberían hasta reventar (forma bastante habitual de mitigar las irritaciones), para después ir a bailar y a putear, y a no ejercer esa noche misión ni encargo distintos del placer y la lujuria desatada. Esa proposición fue recibida con ansiedad, por lo que todos se adhirieron y de inmediato marcharon bajo la tutela del abogado, que les prometía un método seguro de evasión y pacificación de sus espíritus alterados. Fueron todos, todos cogieron sus coches y siguieron al abogado (que gracias al desempeño de su trabajo, conocía a la perfección la inmensa mayoría de los restaurantes de la ciudad, además de los bares, los pubs, las cantinas, e incluso la intrincada ubicación de las tascas indecentes y podridas de los barrios altos de la periferia), todos excepto Raquel, que no entendía la actitud sumisa a los instintos de sus vecinos, y menos aún, la de su propio marido que, feliz como pocas veces lo había visto, no dudó en darle un acelerado beso de despedida, introducirse en al auto negro del abogado, y decirle a través de la ventanilla mientras marchaban: "Volveré tarde. No olvides que no me llevo llave, así que debes estar atenta a cuando llegue para abrirme la puerta". Quedó en la acera, observando el auto alejarse, furiosa e indignada, del mismo modo a como habría de penetrar en el portón del edificio, ascender lentamente las escaleras experimentando la sensación de que la ira cedía paso al resquemor y éste a un miedo inmundo y suave que se deslizaba enervante desde la punta de los cabellos hasta la gruesa circunferencia de los tobillos. Fue en ese preciso momento, en el que recordó que aquel día, poco antes de partir hacia la plaza donde se situaba el ministerio, no había necesitado ponerse zapatos, e incluso, como una imagen sobrevenida a su propio estado de conciencia, vislumbró los tacones aún bajo la cama y no recubriendo sus pies. Al momento, una vez que se hubo desprendido de esta figuración, un dolor intenso y agudo hasta el crujir de arterias, le recorrió las piernas como látigos incandescentes; tendida en el rellano previo al tramo de escaleras que, irremisiblemente, desembocaban en su puerta, se incorporó dolorida, y gimiendo de terror, observó sus tobillos, dos muñones sangrientos, mortificados en la profusión de capilares rotos y ligamentos descosidos, que se consumía como en una particular hoguera de alcoholes y lejías, como expuestos a una infernal ventisca de arena y alfileres. Procuró por todos los medios no mirar el estropicio y apoyarse en la baranda para lograr subir el tramo que le restaba. Varias veces resbaló y gritó, varias veces manchó de sangre las barras de metal. Finalmente, logró alcanzar el rellano, dejando atrás una hilera de rastros idénticos a los que aparecían de noche en noche, pero ante la feroz persistencia del dolor que arreciaba infranqueable y los nublos paulatinos que cubrían sus retinas, renunció a llegar a la cerradura de la puerta, renunció a entrar en su apartamento pues nada tenía ya que hacer y, situándose con la espalda sobre la pared y con la respiración exasperada y jadeante a consecuencia del esfuerzo, resolvió esperar pacientemente a que la hemorragia acabara con su vida, y así poder convertirse en el muerto insólito que daría respuesta al enigma de las huellas, el muerto que merodearía y vagaría todas las noches a lo largo de esas escaleras, sangrando por una inexplicable herida del pasado.

Empezaba a clarear en los ventanucos de ventilación del edificio. Su marido, visiblemente borracho y con la juerga aún prensada en la inercia de sus gestos, se sitúa frente a la puerta medio tambaleándose y pulsa el timbre con desgana. Una sonrisa estúpida surca su cara mientras aguarda tranquilo. Ante la inexistencia de respuesta, repite la operación dos, tres veces, pulsa compulsivamente alterando la paz del rellano sereno tras una batalla de la que apenas quedan rastros, excepto los habituales de cada noche. Se da la vuelta enfadado y enciende un cigarrillo. En ese justo instante, la puerta se abre sigilosamente a sus espaldas. "Ya era hora", comenta él con la entonación feliz de las fiestas. Entra y cierra; su mujer no está, la busca entre la penumbra, cruza el pasillo, llega hasta el dormitorio y de un solo movimiento de cuerpo, se rinde sobre el colchón sin importarle si estaba o no allí su mujer, intenta quedarse dormido, pero no puede a pesar de la carga que el alcohol ejerce en su cabeza. Enfadado y molesto, sintiendo cercano el vómito liberador de la nausea, alarga el brazo y enciende la luz de la mesa de noche. Ha escuchado un ruido cuya procedencia sitúa, irracionalmente, en el armario, un ruido de pies sobre pastos resbaladizos, la secreta concreción de una incapacidad. Se levanta, con voz firme pregunta que quién está ahí. No hay respuesta a su requerimiento, se aproxima y agarra la manivela, pero la suelta al instante, como aguijoneado por una sospecha horrible; antes de abrir, escucha un grito árido, unos pasos apurando la longitud del pasillo con una rara suerte de vehemencia atribulada; ya sin respiración, aterrado, observa, a través de una de las lunas del armario, que su mujer lo espera desencajada, sentada al borde de la cama, afligida pero sin llanto, muerta ya, desangrada y vacía con los pies en la mano.