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lunes, 3 de febrero de 2014

¿Aún vive Drácula?


Cuando escribí la Hija del Profeso, un editor me preguntó si consideraba mi novela como histórica o fantástica. Le contesté que sin lugar a dudas se trataba de una novela histórica. Por esto intentaré desvelar el enigma de Drácula utilizando razonamientos lógicos.

A. EN TRANSILVANIA
A pesar de lo que tanto Bram Stoker como yo os he contado, tengo graves razones para dudar de que el Conde Drácula hubiese sido alguna vez efectivamente aniquilado. Por lo tanto decidí ir a Transilvania para investigar la verdad por mí mismo. Mis propósitos eran: (1) averiguar si el Conde Drácula vivía aún; (2) en el caso de que hubiera sido aniquilado deseaba ver sus verdaderos restos; (3) en el caso de que viviese aún, deseaba tener un encuentro con él. En la época en que estuve en Transilvania aproximadamente la mitad de sus habitantes eran humanos y la mitad eran vampiros. Los humanos y los vampiros son indistinguibles en su apariencia externa, pero los humanos (al menos en Transilvania) dicen siempre la verdad, mientras que los vampiros mienten siempre. Lo que complica enormemente la situación es que la mitad de los habitantes de Transilvania están totalmente locos y completamente engañados por lo que respecta a sus creencias ----creen que todas las proposiciones verdaderas son falsas y que todas las proposiciones falsas son verdaderas. La otra mitad está completamente cuerda y sabe qué proposiciones son verdaderas y qué proposiciones son falsas. Así pues, los habitantes de Transilvania son de cuatro tipos: (1) humanos cuerdos; (2) humanos locos; (3) vampiros cuerdos, y (4) vampiros locos. Todo lo que un humano cuerdo dice es verdadero; todo lo que un humano loco dice es falso; todo lo que un vampiro cuerdo dice es falso, y todo lo que un vampiro loco dice es verdadero. Por ejemplo, un humano cuerdo dirá que dos más dos es igual a cuatro; un humano loco dirá que no es igual a cuatro (puesto que él cree realmente que no lo es); un vampiro cuerdo dirá también que no es igual a cuatro (puesto que él sabe que es igual a cuatro y por tanto miente), y un vampiro loco dirá que es igual a cuatro (puesto que él cree que no es igual a cuatro y, por lo tanto, miente sobre lo que él cree).

1. Me encontré un día con un transilvano que dijo: «Soy humano o estoy cuerdo.» ¿De qué tipo era exactamente?

2. Otro habitante dijo: «No soy un humano cuerdo.» ¿De qué tipo era?

3. Otro habitante dijo: «Soy un humano loco.» ¿Es éste del mismo tipo que el anterior habitante?

4. Me encontré una vez un habitante y le pregunté: « ¿Eres un vampiro loco?» Él respondió: «Sí» o «No», y supe de qué tipo era. ¿De qué tipo era?

5. Me encontré una vez un transilvano que dijo: «Soy un vampiro.» ¿Puede inferirse si es humano o vampiro? ¿Puede inferirse si está cuerdo?

6. Supóngase que un transilvano dice: «Estoy loco.»
(a) ¿Puede inferirse si está cuerdo?
(b) ¿Puede inferirse si es humano o vampiro?

7. La inversa de un enunciado: «Si P entonces Q» es el enunciado «Si Q entonces P». Ahora bien, existen dos enunciados X e Y que son inversos mutuamente y tales que:

(1) Ninguno de los dos enunciados es deducible del otro. 
(2) Si un transilvano hace cualquiera de los dos enunciados 
se sigue que el otro debe ser verdadero.

¿Puedes proporcionar estos dos enunciados?

8. Dado un enunciado X, supóngase que un transilvano cree que él cree X. ¿Se sigue que X ha de ser verdadero?  Supóngase que él no cree que cree X. ¿Se sigue que X  ha de ser falso?

9. Supóngase que un transilvano dice: «Yo creo x.» Si es humano, ¿se sigue que X tiene que ser verdadero? Si es vampiro, ¿se sigue que X tiene que ser falso? ¡La respuesta a este problema constituye un principio general importante!

10. Me encontré una vez con dos transilvanos, A y B. Pregunté a A: « ¿Es B humano?» A replicó: «Eso creo.» Entonces pregunté a B: « ¿Crees que A es humano?» ¿Qué respuesta dio B (suponiendo que respondió «Sí» o «No»)?

11. Definamos a un transilvano como formal si es humano cuerdo o un vampiro loco y como informal si es un humano loco o un vampiro cuerdo. La gente formal es aquella que hace enunciados verdaderos; la gente informal es aquella que hace enunciados falsos (ya sea sin malicia o por engaño). Supongamos que preguntas a un transilvano: « ¿Eres formal?» y él te da un «Sí» o un «No» como respuesta. ¿Puedes determinar a partir de esta respuesta si él es o no un vampiro? ¿Puedes determinar si él está cuerdo?

12. Supongamos, en lugar de eso, que le preguntas: « ¿Crees que eres formal?» Él te da un «Sí» o un «No» como respuesta. ¿Puedes determinar ahora si él es un vampiro? ¿Puedes determinar si él está cuerdo?


B. ¿VIVE AÚN EL CONDE DRÁCULA?

13. Recordemos que la primera cuestión importante que deseaba resolver era la de si el Conde Drácula vivía aún. Bien, pregunté a un transilvano sobre el asunto y dijo: «Si yo soy humano, entonces el Conde Drácula vive aún.» ¿Puede determinarse si Drácula vive aún?

14. Otro transilvano dijo: «Si estoy cuerdo, entonces el Conde Drácula vive aún.» ¿Puede determinarse si Drácula vive aún?

15. Otro dijo: «Si soy un humano cuerdo, ¿entonces el Conde Drácula vive aún»? ¿Puede determinarse si Drácula vive?

16. Supóngase que un transilvano ha dicho: «Si yo soy un humano cuerdo o un vampiro loco, entonces el Conde Drácula vive aún» ¿Podría determinarse entonces si Drácula vive aún?

17. ¿Hay algún enunciado, que un transilvano pudiera hacer, y que te convenciese de que Drácula vive aún y también de que el enunciado es falso?

18. ¿Hay algún enunciado, que un transilvano pudiera hacer, tal que te convenciese de que Drácula vive aún y del cual no pudieses decir si el enunciado es verdadero o falso?

19. Supóngase que un transilvano hace los dos enunciados siguientes:

(1) Estoy cuerdo.
(2) Creo que el Conde Drácula está muerto.
¿Podría inferirse si Drácula vive?

20. Supóngase que un transilvano hace los dos enunciados siguientes:
(1) Soy humano.
(2) Si soy humano entonces el Conde Drácula vive aún.
¿Podría determinarse si Drácula vive aún?

C. ¿QUÉ PREGUNTA DEBE HACERSE?

21. ¿Puedes con una pregunta obtener información de un transilvano sobre si él es o no un vampiro?

22. ¿Puedes con una pregunta obtener información de un transilvano sobre si él está o no cuerdo?

23. ¿Qué pregunta podrías hacerle a un transilvano que le forzase a responder «Sí», independientemente de a cuál de los cuatro tipos pertenezca?

24. ¿Puedes con una pregunta obtener información de un transilvano sobre si el Conde Drácula vive aún?

D. EN EL CASTILLO DE DRÁCULA

Si hubiera tenido ojo y me hubiera dado cuenta de la respuesta al último problema me hubiera evitado un sinfín de desgracias. Pero estaba entonces tan aturullado, tan aturdido por esta clasificación entrecruzada de cuerdos y locos sobrepuesta a la de los que mienten y dicen verdad, que no podía pensar correctamente. Además, estaba un poco nervioso al estar en compañía de transilvanos, algunos de los cuales eran vampiros. ¡Y, con todo, me esperaba aún una situación más desconcertante! Aún no sabía si el Conde Drácula estaba vivo. Me parecía que solamente podría encontrar la respuesta si podía llegar al Castillo de Drácula. Por aquel entonces bien poco me daba cuenta de que esto, por razones que más adelante descubrirás, solamente complicaría el asunto. Sabía perfectamente dónde está el Castillo de Drácula y sabía que allí había mucha actividad. Sabía también que el castillo tenía un anfitrión, pero no sabía si este anfitrión era el Conde Drácula (dejando de lado la cuestión de si Drácula estaba aún vivo). Ahora bien, la admisión en el Castillo de Drácula era solamente mediante invitación, y las invitaciones se daban solamente a la flor y nata de la sociedad transilvana. Por lo tanto tuve que invertir varios meses de ardua escalada social antes de que me encontrase en una posición lo suficientemente elevada para ser invitado. El día llegó finalmente y recibí una invitación para asistir a una fiesta de varios días y noches de duración en el Castillo de Drácula.
Fui con grandes esperanzas y en seguida recibí mi primer chasco. Poco tiempo después de entrar en el castillo, me di cuenta de que había olvidado coger, en medio de mi apresuramiento, mi cepillo de dientes, un ajedrez de bolsillo y algún material de lectura. Así pues, me dispuse a dirigirme hacia la puerta para volver a mi hotel, pero fui interceptado por un transilvano fortachón y de aspecto brutal que me dijo educadamente, pero con gran firmeza, que una vez que una persona entra en el Castillo de Drácula, no puede en ningún caso abandonarlo sin permiso del anfitrión. «Entonces», dije yo, «me gustaría hablar con el anfitrión». «Por ahora esto es, absolutamente imposible», me informó, «pero yo puedo recoger un mensaje para él, si usted quiere». Bien, envié al anfitrión un mensaje preguntándole si podía abandonar el castillo durante un momento. La respuesta llegó rápidamente; era breve y además nada tranquilizadora. Decía: «Naturalmente, No.»

En consecuencia, estaba prisionero en el Castillo del Conde Drácula. Bien, ¿qué podría hacer yo? Obviamente, por el momento nada; así, a la manera realmente propia del Zen, decidí disfrutar de la noche en aquello que merecía la pena y entrar en acción en cuanto la primera oportunidad se presentase. El baile de aquella noche fue lo más magnífico que haya visto o leído alguna vez. Hacia las dos de la mañana decidí retirarme y se me mostró mi habitación. Asombrosamente, a pesar del infinito peligro en el que estaba, dormí profundamente. Me desperté hacia el mediodía del día siguiente y, después de una buena comida, me mezclé con los huéspedes, esperando obtener más información. Entonces recibí mi segunda sorpresa. Toda la gente (excepto yo mismo) pertenecía a un pequeño subgrupo de transilvanos de élite que en lugar de usar las palabras «Sí» y «No», usaban las palabras «Bal» y «Da» -¡precisamente del mismo modo que en la isla de los zombis! Así pues, me encontraba metido en una situación rodeado de los denominados «transilvanos de élite», cada uno de los cuales era o humano o vampiro, estaba loco o estaba cuerdo y, para remachar todo esto, no sabía lo que significaban las palabras «Bal» y «Da». De este modo las complejidades de los primeros transilvanos no pertenecientes a la «élite» a los que había interrogado fuera del castillo se combinaban con las complejidades de la isla de los zombis. Parecía que con mi llegada al castillo había pasado de Guatemala a Guatapeor.

Bien, al darme cuenta de esto, temo que perdí toda mi compostura propia del Zen y estuve absolutamente deprimido durante el resto del día. Me retiré temprano, sin preocuparme tan siquiera por ver la segunda noche de fiestas. Me encontraba rendido, incapaz de dormir o de pensar. Entonces, de repente, me sobresalté. Me di cuenta de que las nuevas complicaciones Bal-Da eran en realidad fácilmente manejables. Emocionadamente, tomé mi pluma y mi cuaderno de notas y comencé de inmediato a resolver los problemas siguientes:

25. Con una pregunta (susceptible de ser respondida por «Bal» o «Da») podía averiguar de alguien del castillo si era o no vampiro.

26. Con una pregunta podía averiguar SI estaba cuerdo.

27. Con una pregunta podía averiguar lo que significaba «Bal».

28. Si lo desease podría plantear a cualquiera del castillo una pregunta tal que le forzase a responder «Bal».

29. ¡Con una pregunta podía averiguar si Drácula vive! ¿Cuáles son esas preguntas?

E. EL ENIGMA DE DRÁCULA

¡Llegamos ahora al punto culminante! Al día siguiente obtuve toda la información que deseaba. Drácula estaba realmente vivo y era, de hecho, mi anfitrión. Ante mi sorpresa, averigüé también que Drácula era un vampiro loco y, por lo tanto, todo enunciado que él hacía era verdadero. Pero, ¿de qué me servía saber esto, ahora que estaba a merced del destino y corría el riesgo de ser convertido en un vampiro y perder mi alma para siempre? Después de algunos días concluyeron los festejos y se permitió marchar a todos los huéspedes excepto a mí. De modo que, virtualmente solo en lo que ahora era un lúgubre y macabro castillo, era prisionero de un anfitrión con el que hasta ahora no había tenido ningún contacto.No tuve que esperar mucho tiempo. Poco antes de medianoche se me sacó groseramente de un sueño profundo y fui escoltado, de manera educada pero firme, a las habitaciones privadas del Conde Drácula que, evidentemente, había solicitado tener una entrevista conmigo. Mi guía marchó y he aquí que me encontré frente al mismísimo Conde Drácula. Después de lo que me pareció una eternidad de silencio, Drácula dijo:

«¿Sabe usted que yo siempre doy a mis víctimas alguna posibilidad de escapar?»

«No», respondí sinceramente, «no sabía esto».

«Oh», replicó Drácula, «realmente no podría pensar en privarme de este gran placer».

Por alguna razón, no acabó de gustarme el tono de voz con el que dijo esto: tenía un cierto sabor a arrogancia.

«Usted verá», continuó Drácula, «yo le planteo a mi víctima un enigma. Si en un cuarto de hora adivina correctamente la respuesta, lo dejo en libertad. Si no logra adivinarla, o si la adivina mal, le ataco y se convierte en un vampiro para siempre.

«¿En un vampiro cuerdo o en uno loco?», pregunté yo inocentemente.

Drácula se volvió lívido de rabia. «Sus chistes no tienen ninguna gracia», gritó. « ¿Se da usted cuenta completamente de la gravedad de la situación? No suelo estar de humor para bromas frívolas. Alguna cosa más de este tipo y no le daré ni siquiera la oportunidad usual.»

Asustado a medida que iba diciendo todo esto, mi reacción inmediata fue ante todo de curiosidad respecto al hecho de por qué Drácula estaría dispuesto a arriesgarse a perder una víctima. « ¿Qué es lo que le mueve a esta generosidad deportiva?», le pregunté.

«¿Generosidad?», dijo Drácula con un aire desdeñoso. «No tengo ni un solo átomo de generosidad en mi cuerpo. Se trata solamente de que el enorme placer sádico que obtengo al observar a mi víctima retorcerse, escribir, convulsionarse bajo esta angustiosa gimnasia mental, compense con creces la posibilidad infinitesimal de que la pierda.

Esta palabra «infinitesimal» no era demasiado consoladora, que digamos.

«Oh sí», continuó Drácula, «jamás hasta ahora he perdido una víctima; como usted verá, no estoy corriendo demasiado riesgo».

«Muy bien», dije, dándome a mí mismo ánimos de la mejor manera que pude, « ¿en qué consiste el enigma?».

30. Dracula me miró examinándome durante algún tiempo. «Sus preguntas a mis huéspedes eran muy inteligentes -sí, sí, lo sé todo sobre ellas. Realmente eran muy inteligentes, pero no tan inteligentes como usted podría pensar. Usted tenía que haber diseñado una pregunta separada para cada fragmento de información que deseaba obtener; usted no dio nunca con un principio simple y unificador que le hubiera evitado a usted mucho trabajo mental. Existe una oración O que tiene la propiedad casi mágica de que, dada cualquier información que usted desee saber, dada cualquier oración X cuya verdad usted desee averiguar, todo lo que usted tiene que hacer es preguntar a cualquiera que esté en este castillo: "¿Es O equivalente a X?". Si usted obtiene como respuesta "Bal", X tiene que ser verdadera; si usted obtiene "Da" como respuesta, X tiene que ser falsa. Así, por ejemplo, si usted desease averiguar si el hablante es un vampiro, tendría que preguntar: "¿Es O verdadera si y sólo si usted es un vampiro?" Si usted desease averiguar si está cuerdo, no tendría que preguntar más que: "¿Es O verdadera si y sólo si usted está cuerdo?" Para haber averiguado lo que significa "Bal", usted sólo habrá tenido que preguntar: "¿Es O verdadera si y sólo si 'Bal' significa sí?" Para averiguar si yo vivía aún, usted podría haber preguntado: "¿Es O verdadera si y sólo si Drácula vive aún?", etc.»
« ¿Cuál es esa oración O?», pregunté yo con enorme curiosidad. «Ah», replicó Drácula, «es asunto suyo el averiguarlo. ¡Este es su enigma!».

Al decir esto Drácula se puso en pie para abandonar la habitación. «Tiene usted quince minutos. Haría bien en discurrir con ahínco. Los riesgos son muy elevados.»
¡Verdaderamente eran muy elevados! Aquellos fueron los quince minutos más penosos de mi vida. Estaba tan paralizado por el miedo que tenía la mente en blanco.  Estaba seguro de que Drácula me estaba observando secretamente desde algún lugar oculto. Cuando habían transcurrido los quince minutos Drácula volvió triunfantemente y comenzó a revolotear a mí alrededor con los colmillos hechos agua. Se me fue 
acercando más y más, hasta que le tuve prácticamente encima. Entonces de repente levanté la mano y grité:

«Naturalmente, la oración O es... » ¿Cuál es la oración O que me salvó?

Epílogo

El shock recibido por el pobre Drácula ante el hecho de que yo hubiese resuelto su enigma fue tan grande que pereció en el acto, y pocos minutos después se desintegró convertido en ceniza. Ahora cuando alguien me pregunta, « ¿Vive aún el Conde Drácula?», puedo responder veraz y adecuadamente: «Bal.»

31. Existen cuatro inconsistencias menores en esta historia. ¿Podrías detectarlas?


SOLUCIONES

1. Su enunciado es o verdadero o falso. Supongamos que es falso. Entonces no es ni humano ni está cuerdo; por lo tanto tiene que ser un vampiro loco. Pero los vampiros locos hacen solamente enunciados verdaderos, y tenemos una contradicción. Por lo tanto, su enunciado es verdadero. Los únicos que hacen enunciados verdaderos son los humanos cuerdos o los vampiros locos. Si él fuese un vampiro loco, entonces tendría que ser o humano o cuerdo, y su enunciado sería falso. Pero sabemos que el enunciado es verdadero. Por lo tanto tiene que ser un humano cuerdo.
2. Tiene que ser un vampiro loco.
3. No, esta vez es un vampiro cuerdo.
4. Un humano cuerdo respondería «No» a esta pregunta, y cualquiera de los otros tres tipos respondería «Sí». Si hubiese obtenido como respuesta «Sí», no sabría de qué tipo era. Pero he dicho que lo supe, por lo tanto no respondió «Sí». De este modo él respondió «No», de donde se sigue que tiene que ser un humano sano.
5. No puede inferirse si es humano o vampiro, pero se sigue que está loco. Un humano cuerdo no diría que es un vampiro y un vampiro cuerdo sabría que es un vampiro y entonces mentiría y diría que es humano. Por otra parte, un humano loco creería, y por lo tanto diría, que es un vampiro, y un vampiro loco creería que era humano y entonces diría que es un vampiro.
6. Esta vez todo lo que se sigue es que él es un vampiro. Un humano cuerdo no podría decir que está loco, y un humano loco creería que está cuerdo y, al ser humano, no podría decir que está loco.
7. Estoy seguro de que pueden encontrarse muchos pares de enunciados de este tipo; el par que tengo presente es éste:
X: Si estoy cuerdo, entonces soy humano. 
Y: Si soy humano, entonces estoy cuerdo.
Supongamos que el hablante asevera X. Demostraremos que Y tiene que ser verdadero, esto es, que si es humano, entonces está cuerdo. Bien, supongamos que es humano. Entonces es verdad que si está cuerdo entonces es humano (puesto que es humano, punto). Esto significa que X es verdadero. Entonces el hablante ha de estar cuerdo, puesto que los humanos locos no hacen enunciados verdaderos. Por lo tanto, si es humano, está cuerdo; de donde Y es verdadero. Inversamente, supongamos que el hablante asevera Y. Hemos de mostrar que X es verdadero. Bien, supongamos que está cuerdo. Entonces Y ha de ser verdadero. De aquí se sigue que el hablante es humano (puesto que los vampiros cuerdos no hacen enunciados verdaderos). De este modo, es humano (bajo la suposición de que está cuerdo). Por lo tanto si está cuerdo entonces es humano y así el enunciado X es verdadero.
8. La respuesta a ambas preguntas es «Sí». Supongamos que un transilvano cree un cierto enunciado X. Entonces, desde luego, no se sigue que X tenga que ser verdadero, puesto que puede estar loco. Pero si cree que cree X, entonces X tiene que ser verdadero. Pues supongamos por un lado que está cuerdo. Puesto que cree el enunciado de que cree que X, entonces el enunciado de que cree que X tiene que ser verdadero. Por lo tanto cree de hecho que X; y, puesto que está cuerdo, X tiene que ser verdadero. Supongamos por otro lado que él está loco. Puesto que él cree el enunciado de que él cree que X, entonces el enunciado de que él cree que X tiene que ser falso. Por lo tanto no cree realmente que X (solamente piense que lo cree). Puesto que no cree que X, y está loco, entonces de nuevo X tiene que ser verdadero. Así pues, hemos mostrado que si un transilvano cree que cree X, entonces X tiene que ser verdadero independientemente de si está cuerdo o loco. Similarmente puede mostrarse que si no cree que él cree que X, entonces X tiene que ser falso. Dejamos esto para el lector.
9. De nuevo ambas respuestas son «Sí» --esto es un corolario de la solución al problema precedente. Supongamos que A asevera que cree que X. Supongamos que A es humano. Entonces cree lo que asevera, de modo que cree que X. Entonces, como hemos visto en la solución al problema 174, X tiene que ser verdadero, esté A cuerdo o loco. Similarmente, supongamos que A es un vampiro. Entonces no cree lo que asevera, de modo que no cree que cree que X. Así, X tiene que ser falso, esté A cuerdo o loco.
10. A asevera que cree que B es humano. B asevera o que cree que A es humano, o asevera que cree que A no es humano. Si lo último fuera el caso, obtendríamos la contradicción siguiente. Tenemos:
(1) A dice que cree que B es humano. 
(2) B dice que cree que A no es humano.
Supongamos que A es humano.  Por lo tanto es una contradicción el que A es humano. Supongamos que A es un vampiro. Entonces a partir de (1), B no es humano (por el mismo principio), de modo que B es un vampiro. Entonces a partir de (2) se sigue (por el mismo principio) que A es humano. Esto es de nuevo una contradicción. Por lo tanto, si B hubiese respondido «No» tendríamos una contra- dicción. Por lo tanto B respondió «Sí».
11. No puede inferirse nada en absoluto, puesto que todos los transilvanos responderán «Sí» a esta pregunta. El lector puede comprobar esto por sí mismo.
12. Este es un caso diferente; a partir de la respuesta no puede inferirse si el hablante es humano o vampiro, pero puede inferirse si está cuerdo. Si está cuerdo, entonces responderá «Sí»; si está loco entonces responderá «No». Dejamos la demostración al lector.
13. No, no puede determinarse. Podría suceder que él fuese un humano cuerdo y que Drácula viviese, o podría suceder que fuese un vampiro loco y Drácula estuviese muerto. (De hecho, si es un vampiro loco, entonces Drácula podría estar vivo o muerto.)
14. De nuevo la respuesta es «No».
15. La respuesta es todavía «No». Él podría ser, por ejemplo, un vampiro loco, en cuyo caso Drácula podría estar o no vivo.
16. Sí, esta vez se seguiría que Drácula está vivo. Usemos la terminología del problema 177 y reformulemos el enunciado del nativo de la siguiente manera: «Si soy formal entonces Drácula vive.» Hemos demostrado en el capítulo 8 (véanse las soluciones a los problemas 109-112) que si un nativo de una isla de caballeros y escuderos dice: «Si yo soy un caballero entonces tal y tal», entonces el hablante tiene que ser un caballero y el tal y tal tiene que ser verdadero. Similarmente, si un habitante de Transilvania dice, «Si yo soy formal entonces tal y tal», entonces tiene que ser formal y el tal y tal tiene que ser verdadero. La demostración es realmente la misma -solamente hay que sustituir la expresión «un caballero» por «formal».
17. Un enunciado que funcionaria es: «Yo soy informal y Drácula está muerto.» Dejamos la demostración al lector. (Consejo: poner primero de manifiesto que el hablante no es formal.)
18. Una oración que hace esto es la siguiente: «Yo soy formal si y sólo si Drácula vive aún.» En la solución al problema 122 del capítulo 8 demostramos que si un habitante de una isla de caballeros y escuderos dice: «Yo soy un caballero si y sólo si tal-y-tal», entonces el tal-y-tal tiene que ser verdadero (pero no es posible decir si el hablante es caballero o escudero). Similarmente, si un transilvano dice: «Yo soy formal si y sólo si tal-y-tal», entonces el tal-y-tal tiene que ser verdadero independientemente de si el hablante es formal o no. La demostración es realmente la misma -solamente hay que sustituir «caballero» por «formal». Existen varios enunciados distintos que también funcionarían. Por ejemplo: «Creo que el enunciado de que Drácula vive es equivalente al enunciado de que yo soy humano.» Otro ejemplo, más bien divertido sería: «Creo que si alguien me preguntase si Drácula vive aún, entonces respondería "Si".»
19. Sí, se seguiría que Drácula tiene que estar muerto. A partir de (1) podemos inferir que el hablante es humano, puesto que un vampiro cuerdo sabría que está cuerdo y por 10 tanto dice que está loco, y un vampiro loco creería que está cuerdo y entonces diría que está loco. Por lo tanto el hablante es humano. Recordemos el principio establecido en el problema 175: cuando un humano dice que él cree algo, entonces ese algo tiene que ser verdadero (independientemente de si está cuerdo o está loco). Bien, nosotros sabemos que el hablante es humano y que dice que cree que Drácula está muerto. Por 10 tanto el Conde Drácula tiene que estar muerto.
20. A partir de su primer enunciado «Yo soy humano», se sigue, no que él sea humano, sino que tiene que estar cuerdo. (Un humano loco no sabría que él era humano, y un vampiro loco pensaría que es humano y, por lo tanto, diría que es un vampiro.) Ahora que sabemos que está cuerdo, vamos a demostrar que es humano. Supongamos que él fuese un vampiro. Entonces es falso que es un humano, y puesto que un enunciado falso implica cualquier enunciado, entonces su segundo enunciado -«Si soy humano entonces Drácula vive aún»- tendrá que ser verdadero. Pero un vampiro cuerdo no puede hacer enunciados verdaderos, de modo que tenemos una contradicción. Por lo tanto no puede ser un vampiro; tiene que ser un humano. Ahora sabemos que él es, a la vez, humano y cuerdo, de modo que hace enunciados verdaderos. Por lo tanto, su segundo enunciado, a saber: que si él es humano entonces el Conde Drácula vive aún, tiene que ser verdadero. Pero él es humano. Por lo tanto Drácula vive aún.
21. Pregúntale solamente si está cuerdo. Un humano (esté cuerdo o no) responderá «Sí» y un vampiro responderá «No».
22. Pregúntale solamente si es humano. Un transilvano sano (sea humano o vampiro) dirá «Sí» y un transilvano loco dirá «No». Para el puñado de problemas siguientes diré sólo cuáles son las preguntas. En este momento debes tener la suficiente experiencia para ser capaz de demostrar por ti mismo que esas preguntas valen para tus propósitos.
23. Una pregunta que vale es: « ¿Cree usted que es humano»? Todos los transilvanos tienen que responder «SÍ)) a esta pregunta. No se trata de que todos ellos crean que son humanos (sólo los humanos cuerdos y los vampiros locos creen esto), sino que todos los nativos dirán que lo creen. Otra pregunta que valdría es: « ¿Es usted formal?» Todos los transilvanos afirmarían que son formales.
24. Cualquiera de estas dos preguntas valdría:
(1) « ¿El enunciado de que usted es formal es equivalente al enunciado de que Drácula está vivo?»
(2) « ¿Cree usted que el enunciado de que usted es humano es equivalente al enunciado de que Drácula está vivo?»
25. Pregúntale: « ¿La respuesta correcta a la pregunta de si usted está cuerdo es "Bal"?» Si contesta «Bal» entonces es humano; si responde «Da», entonces es vampiro.
26. Pregúntale: « ¿La respuesta correcta a la pregunta sobre si usted es humano es "Bal"?» Si él responde «Bal», entonces' está cuerdo; si responde «Da», entonces está loco.
27. Pregúntale: « ¿Cree usted que es humano?» Sea cual sea la palabra que él responda tiene que significar sí. Alternativamente, pregúntale: « ¿Es usted formal?»
28. Una pregunta que funcionaría es: « ¿Es "Bal" la respuesta correcta a la pregunta de si usted es formal?» (Recuerdo que ser formal significa ser o un humano sano o un vampiro loco.) Otra pregunta que funciona: « ¿Es usted formal si y sólo si "Bal" significa si?» Cualquiera de estas preguntas forzará a responder con un «Bal», como puede demostrarse esencialmente de la misma manera que en el problema 161 del capítulo 11 (excepto en que ser formal juega ahora el papel jugado por ser humano).
29. Cualquiera de las siguientes preguntas realizará la tarea.
(1) ¿Cree usted que «Bal» es la respuesta correcta a la pregunta de si el enunciado de que usted es humano es equivalente al enunciado de que Drácula está vivo?
(2) ¿, Es «Bal» la respuesta correcta a la pregunta de si el enunciado de que usted es formal es equivalente al enunciado de que Drácula está vivo?
Una solución mucho más simple y más elegante es la proporcionada por el principio unificador que se explica en el número 30.
30. EL PRINCIPIO UNIFICADOR

Definamos un transilvano de élite de tal modo que sea del tipo 1 si responde «Bal» a la pregunta: « ¿Es 2 más 2 igual a 4?» Esto significa, naturalmente, que dada cualquier otra pregunta cuya respuesta correcta sea «Sí», un transilvano del tipo 1 responderá «Bal» a esta pregunta. Definiremos un transilvano de élite de tal modo que sea del tipo 2 si no es del tipo 1. Esto significa que dado cualquier enunciado verdadero X (como 2 más 2 igual a cuatro), si se le pregunta a un transilvano del tipo 2 si X es verdadero, éste responderá «Da». Observemos inmediatamente que si «Bal» significa sí, entonces las personas del tipo 1 son aquellas que son formales, y las personas del tipo 2 son aquellas que son informales. Si «Bal» significa no, entonces tenemos lo contrario (tipo 1 = informal y tipo 2 = formal). Ahora bien, el principio unificador es éste: para averiguar respecto de un enunciado X dado si X es verdadero, sólo tienes que preguntar a un transilvano de élite si X es equivalente al enunciado de que él (el transilvano al que le preguntas) es del tipo 1. Puedes parafrasear tu pregunta de la siguiente manera: « ¿Es X verdadero si y sólo si usted es del tipo l?» Demostraremos que si él responde «Bal», entonces X tiene que ser verdadero, y que si él responde «Da», entonces X tiene que ser falso. Así la oración «mágica» O es: «Usted es del tipo 1» (O «Usted responde "Bal" a la pregunta de si 2+2=4»).
Demostración: O es la oración: «Usted es del tipo 1»; X es la oración cuya verdad tú deseas averiguar. La pregunta que tú planteas es si O es equivalente a X. Supongamos que tú obtienes la respuesta «Bal». Hemos de demostrar que entonces X tiene que ser verdadera.
Caso uno: «Bal» significa sí. En este caso sabemos dos cosas: (i) tipo 1 = formal; (ii) el hablante, al decir «Bal», está aseverando que O es equivalente a X.
Sub-caso la: El hablante es del tipo l. Entonces el hablante es formal y hace enunciados verdaderos. Entonces O es realmente equivalente a X y O es también ver- 
dadera (puesto que el hablante es del tipo 1). Por lo tanto X es verdadera.
Sub-caso lb: El hablante es del tipo 2. Entonces es informal y hace enunciados falsos. Puesto que asevera que O es equivalente a X, entonces O no es equivalente a X. Pero O es falsa (puesto que el hablante no es del tipo 1), y X no es equivalente a O, de modo que X es verdadera.
Caso dos: «Bal» significa no. En este caso sabemos dos cosas: (i) tipo 1 = informal; (ii) el hablante está aseverando que O no es equivalente a X.
Sub-caso 2a: El hablante es del tipo l. Entonces es informal y hace enunciados falsos. Asevera falsamente que O no es equivalente a X; por lo tanto O es realmente equivalente a X puesto que O es verdadera. Por consiguiente X es verdadera.
Sub-caso 2b: El hablante es del tipo 2. Entonces es formal y hace enunciados verdaderos. Por lo tanto O no es equivalente a X (puesto que el hablante asevera que no lo es), sino que O es falsa; por consiguiente X tiene que ser de nuevo verdadera.
Hemos mostrado que una respuesta «Bab significa que X es verdadera. Podríamos llevar a cabo una ronda similar de razonamiento para demostrar que una res- puesta «Da» significa que X es falsa. Sin embargo, podemos tomar el atajo siguiente:
Supóngase que el transilvano en cuestión responde «Da». Ahora bien, responder «Da» a esta pregunta es realmente lo mismo que responder «Bal» a la pregunta: « ¿Es usted del tipo 1 si y sólo si X es falsa?» (Puesto que para cualesquiera dos enunciados Y y Z, el enunciado de qué Y es equivalente a Z es precisamente lo contrario del enunciado de qué Y es equivalente a no Z). Así él habría respondido «Bal» si le hubieses preguntado: « ¿Es usted del tipo 1 si y sólo si X es falsa?» Puesto que él habría respondido «Bal» a esto, entonces se sigue (por la demostración anterior) que X es realmente falsa.
31.RESPUESTA A LAS PREGUNTAS SOBRE INCONSISTENCIAS
(l) y (2) En dos ocasiones Drácula dijo: «Oh, sí.» Un transilvano de élite no usa nunca la palabra «Sí».
(3) Cuando el transilvano fortachón y de aspecto brutal me dijo que no podía abandonar el castillo sin permiso del anfitrión, ¿por qué tenía que haberlo creído?
(4) Cuando el anfitrión me envió el mensaje «Naturalmente, no», ¿por qué tenía que haberlo creído? No sabía aún que el anfitrión era un vampiro loco y que hacía enunciados correctos.

miércoles, 29 de enero de 2014

Carta a mis lectores

Queridos lectores de mis cinco blogs y de mis dos páginas web, ¡ya habéis superado con creces los 24.000! Este blog en concreto tiene más de 670 entradas. En Facebook hay bastante más de un millar, en Twitter, más de 730, también hay muchas entradas en Google+ y Linkedin. Nunca pensé que podía encontrar tantas personas interesadas en lo que escribo o publico. Gracias a todos por vuestra constancia y vuestro interés. Espero que sigáis leyendo mis opiniones y mis artículos muy variados, porque estoy preparando grandes novedades, escogidas entre los temas que más os interesan en base al número de lectores.

Este número tan elevado de personas interesadas en mis artículos, así como en mis libros, me anima a escribir con ahínco, haciendo hincapié tanto en la saga de novelas históricas relativas a fray Gian Galeazzo Ruspoli y los demás libros de historia o de antropología,  como en aquellas entradas que más os gustan y que por ello son las más populares. Ya redacté, por encargo de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, un artículo que se publicará en el libro conmemorativo del 25 aniversario de la creación, que se celebrará en este año 2014. El argumento se centra en la extraordinaria figura del primer príncipe de Poggio Suasa, don Emanuele Ruspoli, mi bisabuelo, que se alineó con los Saboya, enfrentándose a la familia históricamente vinculada a la nobleza negra. A través de su biografía describiré la historia de la creación del Reino de Italia. 

Gracias nuevamente por vuestro cariño, vuestros comentarios y vuestro apoyo moral que siempre he recibido desde el principio de esta nueva aventura literaria. Por medio de vosotros lograré seguramente culminar mi esfuerzo como escritor. Os confirmo que terminé de escribir El Profeso y los Borgia, la décima de la saga El Profeso. Esta vez mi protagonista Fray Gian Galeazzo Ruspoli y su hermosa hija Ginebra actuarán por primera vez en la interesante época del Renacimiento, entre Roma, Nápoles, Florencia y Ferrara, el Mediterráneo y Valencia. En paralelo relato la historia de los Borgia desde el cardenal Rodrigo de Borja, futuro papa Alejandro VI, hasta sus hijos Cesar, Juan, Lucrecia y Godofredo. Y dado que el ilustre linaje Borja entronca con el de mi mujer, he añadido también algunas anécdotas y unos secretos que nos han llegado por tradición oral. 

Además, acabo de terminar otra novela histórica, la undécima de la saga, esta vez ambientada en el siglo XIX, donde mi protagonista inicia un viaje esotérico a la búsqueda del perfeccionamiento del conocimiento de su energía interior para curar a los enfermos, titulada el Profeso y el chamán. Curiosamente, el argumento surgió durante la investigación que realicé acerca de los Borgia, al encontrarme con un Código antiguo que lleva el nombre de la familia. Encontraréis una sinopsis de esta historia fascinante que desmitificará la práctica del chamanismo en este blog y en el blog de la saga.

Codex Borgia


A continuación, ya estoy escribiendo la siguiente novela se  centra en la guerra del opio entre Inglaterra y China, en el siglo XIX... Fray Gian Galeazzo creará esta vez, con la ayuda de su mujer Ileana, su hija Ginebra y su mayordomo Gordon, una dinastía escocesa - clan Douglas - con el monopolio del comercio en aquel gran país. Se titula El Profeso y el opio, y la estoy escribiendo con tanto ritmo que pienso terminarla pronto. Una de las primeras citas de la novela es de Confucio: «Cuando vean a un hombre sabio, piensen en igualar sus virtudes. Cuando vean un hombre desprovisto de virtud, examínense ustedes mismos.»



Con todo afecto,






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miércoles, 18 de diciembre de 2013

¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2014!




Froehliche Weihnachten und ein gluckliches Neues Jahr
Alemán



Feliz ñavida y provechosu añu nuevu 

Bable



Shuvo Baro Din 

Bengalí



Nedeleg laouen na bloav ezh mat 
Breetón

Vesela Koleda I chestita Nova Godina
Bulgaro

Seng Dan Fai Lok, Sang Nian Fai Lok 
Cantonés

Bon nadal i feliç any nou! 
Catalán

Geseende Kerfees en 'n gelukkige nuwe jaar 
Afrikaner

I'D Mubarak ous Sana Saida 
Arabe

Shenoraavor Nor Dari yev Pari Gaghand 
Armenio

Felices navidaes y prósperu añu nuevu 
Asturiano

Prejeme Vam Vesele Vanoce a stastny Novy Rok 
Checo

Sung Tan Chuk Ha 
Coreano

Pace e salute 
Corso

Glaedelig Jul 
Danés

Colo sana wintom tiebeen 
Egipcio

Jutdlime pivdluarit ukiortame pivdluaritlo 
Esquimal

Vesele Vianoce. A stastlivy Novy Rok 
Eslovaco

Vesele bozicne praznike in srecno novo leto 
Esloveno

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 
Castellano

Gajan Kristnaskon 
Esperanto

Rõõmsaid Jõulupühi 
Estoniano

Zorionak eta Urte Berri On 
Euskera

Cristmas-e-shoma mobarak bashad 
Farsi

Hyvää Joulua or Hauskaa Joulua 
Finlandés

Zalig Kerstfeest en Gelukkig nieuw jaar 
Flamenco

Joyeux Noël et Bonne Année 
Francés

Nollaig chridheil agus Bliadhna mhath ur 
Gaélico

Nadolig LLawen a Blwyddyn Newydd Dda 
Galés

Bo Nadal e feliz aninovo
Gallego

Kala Christougenna Kieftihismenos O Kenourios Chronos 
Griego

Mele Kalikimaka 
hawaiano

Mo'adim Lesimkha. Shana Tova 
Hebreo

Vrolijk Kerstfeest en een Gelukkig Nieuwjaar 
Holandés

Kellemes Karacsonyiunnepeket & Boldog Új Évet 
Húngaro

Selamat Hari Natal 
Indonesio

Merry Christmas and Happy New Year 
Inglés

Idah Saidan Wa Sanah Jadidah 
Iraquí

Nollaig Shona Dhuit 
Irlandes

Gledileg Jol og Farsaelt Komandi ar 
Islandés



Buon Natale e Felice Anno Nuovo 
Italiano

Shinnen omedeto. Kurisumasu Omedeto 
Japonés

Natale hilare et Annum Nuovo! 
Latín

Prieci'gus Ziemsve'tkus un Laimi'gu Jauno Gadu 
Letón

Linksmu Kaledu 
Lituano

Streken Bozhik 
Macedonio

Selamat Hari Natal 
Malayo

Nixtieklek Milied tajjeb u is-sena t-tabja 
Maltés

Kung His Hsin Nien bing Chu Shen Tan 
Mandarín

Meri Kirihimete 
Maorí

Zul saryn bolon shine ony mend devshuulye 
Mongolés

God Jul og Godt Nyttår 
Noruego

Polit nadal e bona annada 
Occitano

Bikpela hamamas blong dispela Krismas na Nupela yia i go long yu 
Tok Pisin (hablado en Papúa Nueva Guinea)

Wesolych Swiat Bozego Narodzenia i Szczesliwego Nowego Roku 
Polaco

Boas Festas e um feliz Ano Novo 
Portugués

Mata-Ki-Te-Rangi. Te-Pito-O-Te-Henua 
Rapa-nui

Sarbatori vesele 
Rumano

Pozdrevlyayu s prazdnikom Rozhdestva is Novim Godom 
Ruso

ciid wanaagsan iyo sanad cusub oo fiican 
Somalí

Wilujeng Natal Sareng Warsa Enggal 
Sudanés

God Jul och Gott Nytt År 
Sueco

ºKrismas Njema Na Heri Za Mwaka Mpyaº 
Swahili

Suksan Wan Christmas lae Sawadee Pee Mai 
Tailandés

Nathar Puthu Varuda Valthukkal 
Tamil

Noeliniz Ve Yeni Yiliniz Kutlu Olsun 
Turco

Veseloho Vam Rizdva i Shchastlyvoho Novoho Roku! 
Ucraniano

Chuc Mung Giang Sinh 
Vietnamita

Sinifesela Ukhisimusi Omuhle Nonyaka Omusha Onempumelelo 

Zulú

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El conocimiento silencioso

Los naguales descritos en el Códice Borgia, criaturas metamórficas capaces de cambiar su forma física a cualquier otra forma animal o incluso en formas humanas a voluntad.

Después de ayudarle todo el día a don Juan con sus pesados quehaceres, en la ciudad de Oaxaca, quedamos en encontrarnos en la plaza. Al caer la tarde, don Juan se reunió conmigo. Le dije que me hallaba completamente exhausto, que debíamos cancelar el resto de nuestra estadía en la ciudad y volver a su casa, pero él sostuvo que debíamos emplear hasta el último minuto disponible para repasar las historias de brujería o bien para hacer mover mi punto de encaje cuantas veces me fuera posible.
Mi cansancio sólo me permitía quejarme. Le dije que, al experimentar una fatiga tan profunda como la mía, sólo se llegaba a la incertidumbre y a la falta de convicción.
Tu incertidumbre es de esperar —dijo don Juan, muy calmadamente—. Después de todo, estás lidiando con un nuevo tipo de continuidad. Toma tiempo acostumbrarse a ella. Los brujos pasan años en el limbo, donde no son ni hombres comunes y corrientes ni brujos.
—¿Y qué les pasa al final? —pregunté—. ¿Optan por lo uno o lo otro?
—No, no pueden optar. Al final, todo ellos se dan cabal cuenta de lo que son; brujos. La dificultad consiste en que el espejo de la imagen de sí es sumamente poderoso y sólo suelta a sus víctimas después de una lucha feroz.

Me dijo que comprendía a la perfección que por mucho que tratara, mi imagen de sí aún no me dejaba comportarme como le correspondía a un brujo. Me aseguro que mi desventaja, en el mundo de los brujos, era mi falta de continuidad. En ese mundo debía relacionarme con todo y con todos de una nueva manera.
Describió el problema de los brujos en general como una doble imposibilidad. Una es la imposibilidad de restaurar la destrozada continuidad cotidiana; y la otra, la imposibilidad de utilizar la continuidad dictada por la nueva posición del punto de encaje. Esa nueva continuidad, dijo él, es siempre demasiado tenue, demasiado inestable, y no ofrece a los brujos la seguridad que necesitan para actuar como si estuvieran en el mundo de todos los días.
—¿Cómo resuelven los brujos ese problema? —pregunté.
—Ninguno resuelve nada —replicó él—. O bien el espíritu lo resuelve o no lo hace. Si lo hace, el brujo se descubre manejando el intento, sin saber cómo. Esta es la razón por la cual he insistido, desde el día en que te conocí, que la impecabilidad es lo único que cuenta. El brujo lleva una vida impecable, y eso parece atraer la solución. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Don Juan permaneció en silencio por un momento. Luego, otra vez, él comentó acerca de un
pensamiento que pasaba por mi mente. Yo estaba pensando en que la impecabilidad siempre me hacía pensar en moralidad religiosa.
—La impecabilidad, como tantas veces te lo he dicho, no es moralidad —me dijo—. Sólo parece ser
moralidad. La impecabilidad es, simplemente, el mejor uso de nuestro nivel de energía. Naturalmente, requiere frugalidad, previsión, simplicidad, inocencia y, por sobre todas las cosas, requiere la ausencia de la imagen de sí. Todo esto se parece al manual de vida monástica, pero no es vida monástica.
"Los brujos dicen que, a fin de tener dominio sobre el movimiento del punto de encaje, se necesita
energía. Y lo único que acumula energía es nuestra impecabilidad.
Don Juan observó que no hacía falta ser estudiante de brujería para mover el punto de encaje. A veces, debido a circunstancias dramáticas, si bien naturales, tales como las privaciones, la tensión nerviosa, la fatiga, el dolor, el punto de encaje sufre profundos movimientos. Si los hombres que se encuentran en tales circunstancias lograran adoptar la impecabilidad como norma y llenar los requisitos del intento, podrían, sin ninguna dificultad, aprovechar al máximo ese movimiento natural. De ese modo, buscarían y hallarían cosas extraordinarias, en vez de hacer lo que hacen en tales circunstancias: ansiar el retorno a la normalidad.
—Cuando se lleva al máximo el movimiento del punto de encaje —prosiguió—, tanto el hombre común y corriente como el aprendiz de brujería se convierten en brujos, porque, llevando al máximo ese movimiento, la continuidad de la vida diaria se rompe sin remedio.
—¿Cómo se lleva al máximo ese movimiento? —pregunté.
—Con la impecabilidad —respondió—. La verdadera dificultad no está en mover el punto de encaje ni en romper la continuidad. La verdadera dificultad está en tener energía. Si se tiene energía, una vez que el punto de encaje se mueve, cosas inconcebibles están al alcance de la mano.
Don Juan explicó que el aprieto del hombre moderno es que intuye sus recursos ocultos, pero no se atreve a usarlos. Por eso dicen los brujos que el mal del hombre es el contrapunto entre su estupidez y su ignorancia. Dijo que el hombre necesita ahora, más que nunca, aprender nuevas ideas, que se relacionen exclusivamente con su mundo interior; ideas de brujo, no ideas sociales; ideas relativas al hombre frente a lo desconocido, frente a su muerte personal. Ahora, más que nunca, necesita el hombre aprender acerca de la impecabilidad y los secretos del punto de encaje.

Dejó de hablar y pareció sumirse en sus pensamientos. Su cuerpo entró en un estado de rigidez que yo había visto cada vez que se involucraba en lo que yo caracterizaba como estados de contemplación, pero que él describía como momentos en los que su punto de encaje se movía, permitiéndole acordarse.
—Voy a contarte ahora la historia del boleto para ir a la impecabilidad —dijo de pronto, tras unos treinta minutos de silencio total—. Voy a contarte la historia de mi muerte.
"Huyendo de ese espantoso monstruo —prosiguió don Juan—, me refugié en la casa del nagual Julián por casi tres años. Incontables cosas me pasaron durante ese tiempo, pero yo no las tomaba en cuenta.
Estaba convencido de que, en esos tres años, no había hecho nada más que esconderme, temblar de
miedo y trabajar como un burro.
Don Juan dijo que estaba cargado con tres años de increíbles acontecimientos, de los cuales, al igual que yo, ni siquiera se acordaba.
Por eso le parecía muy natural jurar que en esa casa no aprendió nada ni siquiera remotamente
relacionado con la brujería. En lo que a él le concernía, nadie en esa casa conocía ni practicaba la brujería.
Un día, sin embargo, se sorprendió a sí mismo caminando, sin ninguna premeditación, hacia la línea invisible que mantenía a raya al monstruo. El hombre monstruoso estaba vigilando la casa, como de costumbre; pero aquel día, en vez de volverse atrás y correr en busca de refugio dentro de la casa, don Juan siguió caminando. Una inusitada oleada de energía lo hacía avanzar sin preocuparse por su seguridad.

Una sensación de abandono y frialdad totales le permitió enfrentarse con el enemigo que lo había aterrorizado por tantos años. Don Juan esperaba que se abalanzara sobre él y lo aferrara por el cuello. Lo extraño era que esa idea ya no le provocaba terror. Desde una distancia de pocos centímetros, miró fijamente a su monstruoso enemigo y luego lleno de audacia traspasó la línea. El monstruo no lo atacó, como él siempre había temido, sino que se tornó en algo borroso. Perdió su contorno y se convirtió en una bruma blanquecina, un jirón de niebla apenas perceptible.
Don Juan avanzó hacia la niebla y ésta retrocedió, como con miedo. La persiguió por los campos hasta que se esfumó por completo. Comprendió entonces que el monstruo nunca había existido. Sin embargo no podía explicar a qué le había tenido tanto miedo. Tenía la vaga sensación de que sabía exactamente qué,era el monstruo, pero algo le impedía pensar en ello. De inmediato se le vino la idea de que ese pícaro del,nagual Julián sabía la verdad. A don Juan no le extrañaba que el nagual Julián le jugara ese tipo de treta.
Antes de enfrentarse a él, don Juan se dio el placer de caminar sin escolta por toda la hacienda. Hasta
entonces nunca había podido hacerlo. Cada vez que necesitaba aventurarse más allá de esa línea invisible, lo había escoltado alguien de la casa, lo cual restringía mucho su movilidad. En las dos o tres veces que trató de salir sin escolta descubrió que corría riesgo de ser aniquilado por el extraño monstruo.
Repleto de un extraño vigor, don Juan entró en la casa, pero en vez de celebrar su libertad y su poder, reunió a todos los miembros de la casa y les exigió, furioso, que explicaran sus mentiras. Los acusó de haberlo hecho trabajar como un esclavo aprovechándose de su terror a un monstruo inexistente.
Las mujeres rieron como si les estuviera contando el chiste más divertido del mundo. Sólo el nagual Julián parecía arrepentido, sobre todo cuando don Juan, con la voz entrecortada por el resentimiento, describió sus tres años de miedo constante. El nagual Julián se deshizo en lágrimas cuando don Juan exigió una disculpa por el modo vergonzoso en que había sido explotado.
—Pero, nosotros te dijimos que el monstruo no existía —observó una de las mujeres.
Don Juan fulminó al nagual Julián con la mirada y él inclinó la cabeza dócilmente.
—El sabía que el monstruo existía —gritó don Juan, señalando al nagual con un dedo acusador.
Pero al mismo tiempo comprendió que estaba diciendo tonterías, pues en principio su queja era que el
monstruo no existía.
—El monstruo no existe —se corrigió, y temblando de ira acusó al nagual—. Fue uno de sus pinches
trucos.
El nagual Julián, llorando sin poder dominarse, se disculpó ante don Juan, mientras las mujeres se reían como locas. Don Juan nunca las había visto divertirse tanto.
—Te he mentido, por cierto —murmuró—. Nunca hubo monstruo alguno. Lo que veías como un monstruo era, simplemente, una oleada de energía. Tu miedo lo convirtió en una monstruosidad.
—Usted dijo que ese monstruo iba a devorarme. ¿Cómo pudo usted mentirme así? —le gritó don Juan.
—El ser devorado por el monstruo era algo simbólico —replicó el nagual Julián, en voz baja—. El
verdadero monstruo es tu estupidez. Ahora mismo estás en peligro mortal de ser devorado por ese
monstruo.
Don Juan gritó que no tenía por que soportar las idioteces de nadie. E insistió que le dijeran claramente que estaba en perfecta libertad de partir.
—Puedes irte cuando quieras —dijo secamente el nagual.
—¿Eso quiere decir que me puedo ir ahora mismo? —preguntó don Juan.
—¿Quieres irte? —le preguntó el nagual.
—Por supuesto que quiero irme de este pinche lugar y del montón de pinches mentirosos que viven aquí
—gritó don Juan.
El nagual Julián ordenó que entregaran a don Juan la totalidad de sus ahorros y, con ojos brillantes, le
deseó felicidad, prosperidad y sabiduría. Las mujeres no quisieron decirle adiós. Lo miraron fijamente hasta hacerle bajar la cabeza para huir del fulgor de sus ojos ardientes.
Don Juan guardó el dinero en el bolsillo, y sin echar una mirada atrás, salió de la casa, feliz de saber que su tormento había terminado. El mundo era un enigma para él. Lo deseaba fervorosamente. Dentro de esa casa había estado aislado de todo. Era joven y fuerte. Tenía dinero en el bolsillo y sed de vivir. Se marchó sin dar las gracias. Su ira, embotellada por su miedo por tanto tiempo, al fin pudo salir a la superficie. Hasta había aprendido a querer a esa gente. Y ahora se sentía traicionado. Quería huir de ese lugar tan lejos como pudiera.

En la ciudad, tuvo su primer contratiempo. Viajar era muy difícil y muy caro. Descubrió que, si deseaba
abandonar la ciudad de inmediato no podría elegir su destino, sino que tendría que esperar a que algún arriero quisiera llevarlo. Algunos días después partió hacia el puerto de Mazatlán, con un arriero de buena reputación.
—Aunque entonces yo sólo tenía veintitrés años —dijo don Juan—, había llevado una vida plena. Lo único que me quedaba por experimentar era el sexo. El nagual Julián me había dicho que era el hecho de no haber estado con ninguna mujer lo que me daba mi fuerza y mi resistencia, y que él disponía de poco tiempo para arreglar las cosas antes de que el mundo me alcanzara.
—¿Qué quería decir con eso, don Juan? —pregunté.
—Quería decir que yo no tenía idea del infierno que me esperaba —contestó don Juan— y que él tenía muy poco tiempo para levantar mis barricadas, mis protectores silenciosos.
—¿Qué es un protector silencioso, don Juan? —pregunté.
—Un salvavidas —dijo—. Un protector silencioso es una inexplicable oleada de energía que le llega al
guerrero cuando todo lo demás falta.
"El nagual Julián sabía qué dirección tomaría mi vida una vez que ya no estuviera bajo su influencia. Por eso luchó para darme opciones de brujo; tantas como fuera posible. Esas opciones de brujo eran mis protecciones silenciosas.
—¿Qué son las opciones de brujo? —pregunté.
—Posiciones del punto de encaje —replicó él—, el infinito número de posiciones que el punto de encaje puede alcanzar. En todos y cada uno de esos movimientos, profundos o superficiales, el brujo puede fortalecer su nueva continuidad.
Reiteró que cuanto él había experimentado, bajo la tutela del nagual Julián, era el resultado de un
movimiento de su punto de encaje, profundo o superficial. El nagual lo hizo experimentar incontables opciones de brujo, más de las que normalmente eran necesarias, sabiendo que el destino de don Juan era ser el nagual y tener que explicar qué son y qué hacen los brujos.
—El efecto de los movimientos del punto de encaje es acumulativo —continuó—. Y es el peso de esa
acumulación lo que causa el efecto final.
"Muy poco después de entrar en contacto con el nagual, mi punto de encaje se movió tan profundamente que pude ver. Vi a una oleada de energía en la forma de un monstruo tal como era: una oleada de energía sin forma. Había logrado ver y no lo sabía. Creía que no había hecho nada, que no había aprendido nada; mi estupidez no tenía medida.
—Era usted demasiado joven, don Juan —dije—. No podía ser de otro modo.
Se echó a reír. Estaba a punto de contestar, pero pareció cambiar de idea. Se encogió de hombros y
siguió con su relato.
Dijo que, al llegar a Mazatlán, era prácticamente un arriero, al punto que le ofrecieron un empleo
permanente a cargo de un tiro de mulas. Quedó muy satisfecho con la oferta. La idea de hacer el viaje entre Durango y Mazatlán lo complacía infinitamente. Pero había dos cosas que lo preocupaban: primero, que aún no se había acostado con una mujer; segundo, que sentía una tremenda pero inexplicable urgencia de seguir viaje hacia el norte. No sabía por qué, sólo que en algún lugar hacia el norte algo lo estaba esperando. La sensación se hizo tan fuerte que al fin se vio obligado a rechazar la estabilidad del empleo permanente para poder continuar su viaje.
Su gran fuerza física y una extraña e inexplicable astucia, recientemente adquirida le permitieron hallar trabajo aun donde no lo había, mientras iba en camino hacia el norte. Llegó así al estado de Sinaloa. Y allí terminó su viaje. Conoció a una viuda joven, yaqui como él, que había estado casada con un hombre con quien don Juan estaba en deuda.
Trató de pagar su deuda ayudando a la viuda y a sus hijos; y sin darse cuenta, fue asumiendo el papel de padre y esposo. Esas nuevas responsabilidades representaron una gran carga para él. Perdió su libertad de movimiento e incluso su necesidad de viajar más al norte. Se sintió compensado por esa pérdida, sin embargo, con el profundo afecto que sentía por la mujer y por sus hijos.
—Experimenté momentos de sublime felicidad como esposo y como padre dijo don Juan—. Pero fue en esos momentos cuando noté que algo andaba muy mal. Comprendí que estaba perdiendo la sensación de abandono, de frialdad, de audacia que adquirí en la casa del nagual Julián. Ahora me hallaba identificado con la gente que me rodeaba.
Don Juan dijo que comenzó sintiendo un profundo, aunque reservado, afecto por la mujer y sus hijos. Ese desapegado afecto le permitía desempeñar el papel de padre y esposo con abandono y placer. Con el correr del tiempo, su desapegado afecto se convirtió en una pasión desesperada que lo hizo gastar toda su energía. En cuestión de un año perdió todo vestigio de su nueva personalidad, adquirida en la casa del nagual.

Una vez que hubo desaparecido el desapego, que era lo que le daba el poder de amar, sólo le quedaron las necesidades mundanas: la miseria y la desesperación, rasgos distintivos del mundo cotidiano. Para hacer las cosas aún peores, también desapareció su espíritu de empresa. En los años que pasó en la casa del nagual había adquirido un dinamismo que le fue muy útil cuando anduvo solo.
Pero la pérdida más aguda fue su energía física. Sin estar enfermo, un día quedó completamente paralizado. No sintió dolor alguno ni tampoco sintió pánico. Mientras yacía desvalido en cama, no hizo sino pensar y llegó a comprender que había fracasado porque no tenía un propósito abstracto. Se dio cuenta, por primera vez, que la gente de la casa del nagual era extraordinaria porque perseguía la libertad como propósito abstracto. No comprendía qué era la libertad, pero sí sabía que era lo contrario de sus necesidades concretas.

Su falta de un propósito abstracto lo había vuelto tan débil e ineficaz que no podía rescatar a su familia adoptiva de su abismal pobreza. Por el contrario, ellos lo arrastraron otra vez a la misma miseria y desesperación que había conocido antes de encontrarse con el nagual.
Al repasar su vida, cobró conciencia de que la única vez que no fue ni pobre ni tuvo necesidades concretas fue durante los años pasados con el nagual. Y supo entonces que la pobreza es un estado de ser y que lo había reclamado cuando sus necesidades concretas lo abrumaron.
Por primera vez don Juan comprendió plenamente que el nagual Julián era, en verdad, el nagual, el líder, y su benefactor. Comprendió lo que había querido decir su benefactor al expresarle que no había libertad sin la intervención del nagual. No había ya dudas en la mente de don Juan de que el nagual Julián y todos los miembros del grupo eran brujos. Pero lo que comprendió con la más dolorosa claridad fue que él había desperdiciado la oportunidad de estar con ellos.
Cuando la presión de su impotencia física se le hizo insoportable, su parálisis terminó tan misteriosamente como se había iniciado. Un día, simplemente, se levantó de la cama y fue a buscar trabajo. Pero su suerte no mejoró. Apenas le alcanzaba para vivir.

Pasó un año más. No prosperó, pero en una cosa, al menos, tuvo más éxito de lo que esperaba: hizo una recapitulación total de su vida. Comprendió entonces por qué amaba y no podía dejar a esos niños, y también por qué no podía seguir con ellos, y por qué no podía actuar ni de un modo ni del otro.
Don Juan se dio cuenta de que había entrado en un callejón sin salida, y de que morir como guerrero era el único acto congruente con lo que había aprendido en la casa de su benefactor. Cada noche, tras una frustrante jornada de trabajo agotador y sin sentido, aguardaba pacientemente la llegada de la muerte.
Estaba a tal grado convencido de su fin, que la esposa y los niños esperaban con él; en un gesto de solidaridad, también ellos deseaban morir. Y los cuatro se pasaban las noches sentados, en total inmovilidad, recapitulando sus vidas, mientras esperaban a la muerte.
Don Juan le había hecho la misma advertencia que su benefactor le hizo a él.
—No la desees, ni pienses en ella —su benefactor le había dicho—. Simplemente, espera hasta que venga. No trates de imaginar cómo es la muerte. Quédate quieto hasta que llegue a ti y te atrape en su flujo irresistible.

El tiempo pasado en silencio los fortaleció mentalmente, pero no en lo físico; sus cuerpos enflaquecidos hablaban de una batalla casi perdida. Sin embargo, un día don Juan pensó que su suerte comenzaba a cambiar. Halló un empleo transitorio, pero con buena paga, con un grupo de trabajadores en época de la cosecha. El espíritu, empero, tenía otros designios para él. Un par de días después de comenzar a trabajar, alguien le robó el sombrero. A él le era imposible comprar uno nuevo, pero necesitaba tener uno para trabajar bajo el sol abrasador. Se protegió de algún modo, cubriéndose la cabeza con trapos y puñados de paja. Sus compañeros de trabajo comenzaron a reír y a burlarse de él. Don Juan no les prestó atención. Comparado con la vida de las tres personas que dependían de su trabajo, su aspecto tenía poca importancia. Pero los hombres no pararon. Se rieron y le hicieron tanta burla, que el capataz, temiendo un motín, despidió a don Juan.
Una rabia salvaje acabó con la serenidad y la cautela de don Juan. Lo que le estaban haciendo era una injusticia. El derecho moral estaba de su parte. Soltó un grito escalofriante y agarrando a uno de los peones lo levantó por sobre sus hombros, con intención de quebrarle la espalda. Pero pensó en esos niños hambrientos, acompañándolo noche tras noche, a esperar a la muerte. Puso, al hombre de pie en el suelo y se marchó.
Don Juan dijo que se sentó al borde del campo donde los hombres trabajaban, y dejó que estallara toda la desesperación que se había acumulado en él.
Era una ira silenciosa, pero no contra la gente, sino contra sí mismo.
—Allí sentado, a la vista de toda esa gente, me eché a llorar —continuó don Juan—. Me miraban como si estuviera loco. Y así era, estaba loco, pero eso ya no me importaba nada. Había sobrepasado toda preocupación.
"El capataz se compadeció de mí y se acercó a darme consejos, creyendo que lloraba por mí mismo. No podía saber que yo lloraba por el espíritu.
Don Juan dijo que un protector silencioso llegó a él cuando su ira se desvaneció. Una inexplicable oleada de energía lo dejó con la nítida sensación de que su muerte era inminente. Supo que no tendría tiempo de ver otra vez a su familia adoptiva. Les pidió disculpas, nombrándolos en voz alta, por no haber tenido la fortaleza y la sabiduría necesarias para salvarlos de su infierno terrenal.
Los peones continuaban riendo y burlándose de él. Don Juan apenas los oía. Las lágrimas se le agolparon en el pecho, al dirigirse al espíritu para darle gracias por haberlo puesto en el camino del nagual, otorgándole esa inmerecida posibilidad de ser libre. Oía las risotadas de los hombres, que nada comprendían. Oía sus insultos y sus alaridos como desde dentro de sí mismo. Tenían derecho a
ridiculizarlo: él había estado en los portales de la libertad, y no se había dado cuenta.
—Entendí entonces cuánta razón había tenido mi benefactor —dijo don Juan—. Mi estupidez era un
monstruo y ya me había devorado. En cuanto tuve ese pensamiento comprendí que cuanto pudiera decir o hacer era inútil. Había perdido mi oportunidad. Había perdido todo. Ahora era sólo el payaso de esa gente.
El espíritu no podía interesarse en mi desesperación. Somos tantos los que sufrimos, los que tenemos
nuestro infierno privado y particular, nacido de nuestra estupidez, que el espíritu no puede prestarnos
atención.
"Me arrodillé de cara al sudeste. Di gracias otra vez a mi benefactor y le dije al espíritu que estaba tan
avergonzado... tan avergonzado. Y con mi último aliento me despedí de un mundo que hubiera podido ser maravilloso si yo hubiese tenido sabiduría. Una ola inmensa vino hacia mí entonces. Primero, la sentí. Después, la oí. Por fin la vi acercarse a mí desde el sudeste, por sobre los campos, Llegó a mí y su negrura me cubrió. Y la luz de mi vida se apagó. Mi infierno había terminado. ¡Por fin estaba muerto! ¡Por fin era libre!

La historia de don Juan me dejó devastado. Guardamos silencio por un largo rato.
—Los brujos luchan por tener continuidad —dijo, de pronto— y esa es la lucha más dramática del mundo. Es dolorosa y cara. Muchas, pero muchas veces, le ha costado la vida a los brujos.
Explicó que, para que un brujo tuviera completa certeza acerca de sus acciones, o acerca de su posición en el mundo de los brujos, o acerca de su capacidad de utilizar inteligentemente su nueva continuidad, debe invalidar la continuidad de su vida cotidiana.
—Los brujos videntes de los tiempos modernos —prosiguió don Juan— llaman a ese proceso de invalidar la vida cotidiana "el boleto para ir a la impecabilidad" o la muerte simbólica, pero muy definitiva, del brujo.
Yo, personalmente, conseguí mi boleto para ir a la impecabilidad en aquel campo de Sinaloa. Lo tenue de mi nueva continuidad me costó la vida.
—Pero ¿murió, usted don Juan, o sólo se desmayó? —pregunté, tratando de no mostrarme cínico.
—Me morí en ese campo —dijo don Juan—. Sentí que mi conciencia salía flotando de mí y se encaminaba hacia el Águila  y como había recapitulado mi vida, el Águila no se tragó mi conciencia; me escupió como una pepa de ciruela. Puesto que mi cuerpo estaba muerto en el campo, y un brujo no puede dejar el cuerpo atrás, al Águila no me dejó pasar a la libertad. Fue como si me indicara regresar y tratar otra vez.

"Ascendí a las cumbres de la negrura y descendí otra vez a la luz de la tierra. Y me encontré en una tumba superficial en el borde del sembrado. Estaba yo cubierto de piedras y tierra.
Don Juan dijo que supo de inmediato lo que debía hacer. Después de salirse de entre las piedras, re-acomodó la tumba como si su cuerpo aún estuviera allí y se marchó. Se sentía fuerte y decidido. Sabía que tenía que volver a casa de su benefactor. Pero antes de iniciar el viaje de retorno, deseaba ver a su familia y explicarles que era brujo y, por ese motivo, no podía quedarse con ellos. Quería explicarles que su perdición había sido no saber que los brujos jamás pueden tener un puente para reunirse con la gente del mundo. Pero, si la gente desea hacerlo, pueden tender un puente para reunirse con los brujos.
—Fui a la casa —continuó don Juan—, estaba vacía. Los espantados vecinos me contaron que unos
peones habían llegado con la noticia de que yo había caído muerto mientras trabajaba; mi mujer y los niños se habían marchado.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted muerto, don Juan? —pregunté.
—Al parecer, todo un día —dijo.
A don Juan le jugaba una sonrisa en los labios. Sus ojos parecían hechos de obsidiana brillante. Observaba mis reacciones, a la espera de mis comentarios.
—¿Y qué fue de su familia, don Juan? —pregunté.
—Ah, la pregunta de un hombre sensato —comentó—. Por un momento pensé que me ibas a preguntar acerca de mi muerte.
Confesé que había estado a punto de hacerlo, pero como sabía que él estaba viendo mi pregunta al tiempo que la formulaba en mi mente, le pregunté otra cosa, sólo para llevarle la contraria. No lo dije como broma, pero él se echó a reír.
—Mi familia desapareció ese día —dijo—. Mi mujer estaba hecha para sobrevivir. Era forzoso, dadas las condiciones en que vivíamos. Puesto que yo había estado esperando la muerte, seguramente creyó que había conseguido al fin lo que deseaba. Y como no le quedaba nada que hacer allí, se fue.
"Eché de menos a los niños y me consolé pensando que no era mi destino estar con ellos. Los brujos tienen una inclinación peculiar. Viven exclusivamente a la sombra de un sentimiento cuya mejor descripción serían las palabras "y sin embargo..." Cuando todo se les viene abajo, los brujos aceptan la situación. "Es algo terrible, dicen, pero inmediatamente escapan a la sombra del, y sin embargo..."
"Eso hice con mis sentimientos por aquellos chicos y la mujer. Con gran disciplina, especialmente en el caso del niño mayor, habían recapitulado sus vidas junto conmigo. Sólo el espíritu podía decidir el resultado de ese afecto.

Me recordó que me había enseñado cómo actúan los guerreros en tales situaciones. Dan lo mejor de sí y después, sin remordimientos ni lamentos, se quedan tranquilos y dejan que el espíritu decida el imposible resultado.
—¿Cuál fue la decisión del espíritu en su caso, don Juan? —pregunté.
Me estudió sin responder. Yo sabía que él estaba completamente consciente de los motivos detrás de mi pregunta, pues yo había experimentado un afecto similar y una perdida parecida.
—La decisión del espíritu es otro centro abstracto —dijo—. Historias de brujería se tejen a su  alrededor.
Hablaremos de esa decisión cuando lleguemos a ese centro básico.
"Ahora bien, ¿no querías preguntarme algo sobre mi muerte?
—Si lo creyeron muerto, ¿por qué lo pusieron en una tumba superficial? —pregunté—. ¿Por qué no
cavaron una verdadera tumba para enterrarlo?
—Esto es ya tu estilo —observó, riendo—. Yo también me hice la misma pregunta y llegué a la conclusión de que aquellos peones eran gente muy religiosa. Yo era cristiano y a los cristianos no se los entierra así nomás; tampoco se los deja a que se pudran como los perros. Creo que esperaban a que mi familia fuera a reclamar el cuerpo para darle un entierro apropiado. Pero mi familia nunca apareció.
—¿Usted los buscó, don Juan? pregunté.
—No. Los brujos nunca buscan a nadie —respondió—. Y yo era brujo. Había pagado con la vida el error de no darme cuenta de que los brujos jamás se acercan a nadie.
"Desde ese día sólo he aceptado la compañía o los cuidados de gente o de guerreros que están muertos, como yo.
Don Juan dijo que volvió a la casa de su benefactor, donde todos lo o trataron como si nunca se hubiera ido y comprendieron instantáneamente lo que él había descubierto.
El nagual Julián comentó que, debido a su peculiar temperamento, don Juan había tardado mucho en
morir.
—Mi benefactor me dijo entonces que el boleto de un brujo para ir a la impecabilidad es su muerte — prosiguió—. Que él mismo había pagado con la vida ese boleto, como todos los demás en su casa. Y que ahora éramos iguales en nuestra condición de ser candidatos a ser libres.
"Y también dijo que el gran truco de los brujos es estar totalmente conscientes de que están muertos. Su boleto para ir a la impecabilidad debe estar envuelto en puro entendimiento. En esa envoltura, dicen los brujos que el boleto se mantiene flamante.
"Hace sesenta años que compré mi boleto y todavía está flamante.

Nos quedamos de pie junto a la banca, contemplando a los transeúntes nocturnos que paseaban por la plaza. La historia de su muerte me había dejado con una inmensa sensación de nostalgia, de tristeza. Don Juan me sugirió que volviera a casa; el largo viaje hasta Los Ángeles, dijo, daría a mi punto de encaje un descanso, después de todo el movimiento que había tenido en los últimos días.
—La compañía de un nagual es muy fatigosa —prosiguió—. Produce un cansancio extraño y hasta puede hacer mal.
Le aseguré que no estaba cansado en absoluto, que su compañía distaba mucho de hacerme mal y que, de hecho, me afectaba como un narcótico: no me podía pasar sin ella. Aquello sonó como adulación, pero yo lo decía en serio.
Recorrimos tres o cuatro veces la plaza, en completo silencio.


—Anda a tu casa y piensa en los centros abstractos de las historias de brujería —dijo don Juan, con un tono de finalidad en la voz—. Mejor dicho: no pienses en ellos, sino que deja que el espíritu descienda y mueva tu punto de encaje al lugar del conocimiento silencioso. El descenso del espíritu lo es todo, pero no significa nada si no se llenan los requisitos del intento. Por lo tanto, cultiva el abandono, la frialdad y la audacia. En otras palabras, sé impecable.