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miércoles, 6 de noviembre de 2013

El conocimiento silencioso

Los naguales descritos en el Códice Borgia, criaturas metamórficas capaces de cambiar su forma física a cualquier otra forma animal o incluso en formas humanas a voluntad.

Después de ayudarle todo el día a don Juan con sus pesados quehaceres, en la ciudad de Oaxaca, quedamos en encontrarnos en la plaza. Al caer la tarde, don Juan se reunió conmigo. Le dije que me hallaba completamente exhausto, que debíamos cancelar el resto de nuestra estadía en la ciudad y volver a su casa, pero él sostuvo que debíamos emplear hasta el último minuto disponible para repasar las historias de brujería o bien para hacer mover mi punto de encaje cuantas veces me fuera posible.
Mi cansancio sólo me permitía quejarme. Le dije que, al experimentar una fatiga tan profunda como la mía, sólo se llegaba a la incertidumbre y a la falta de convicción.
Tu incertidumbre es de esperar —dijo don Juan, muy calmadamente—. Después de todo, estás lidiando con un nuevo tipo de continuidad. Toma tiempo acostumbrarse a ella. Los brujos pasan años en el limbo, donde no son ni hombres comunes y corrientes ni brujos.
—¿Y qué les pasa al final? —pregunté—. ¿Optan por lo uno o lo otro?
—No, no pueden optar. Al final, todo ellos se dan cabal cuenta de lo que son; brujos. La dificultad consiste en que el espejo de la imagen de sí es sumamente poderoso y sólo suelta a sus víctimas después de una lucha feroz.

Me dijo que comprendía a la perfección que por mucho que tratara, mi imagen de sí aún no me dejaba comportarme como le correspondía a un brujo. Me aseguro que mi desventaja, en el mundo de los brujos, era mi falta de continuidad. En ese mundo debía relacionarme con todo y con todos de una nueva manera.
Describió el problema de los brujos en general como una doble imposibilidad. Una es la imposibilidad de restaurar la destrozada continuidad cotidiana; y la otra, la imposibilidad de utilizar la continuidad dictada por la nueva posición del punto de encaje. Esa nueva continuidad, dijo él, es siempre demasiado tenue, demasiado inestable, y no ofrece a los brujos la seguridad que necesitan para actuar como si estuvieran en el mundo de todos los días.
—¿Cómo resuelven los brujos ese problema? —pregunté.
—Ninguno resuelve nada —replicó él—. O bien el espíritu lo resuelve o no lo hace. Si lo hace, el brujo se descubre manejando el intento, sin saber cómo. Esta es la razón por la cual he insistido, desde el día en que te conocí, que la impecabilidad es lo único que cuenta. El brujo lleva una vida impecable, y eso parece atraer la solución. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Don Juan permaneció en silencio por un momento. Luego, otra vez, él comentó acerca de un
pensamiento que pasaba por mi mente. Yo estaba pensando en que la impecabilidad siempre me hacía pensar en moralidad religiosa.
—La impecabilidad, como tantas veces te lo he dicho, no es moralidad —me dijo—. Sólo parece ser
moralidad. La impecabilidad es, simplemente, el mejor uso de nuestro nivel de energía. Naturalmente, requiere frugalidad, previsión, simplicidad, inocencia y, por sobre todas las cosas, requiere la ausencia de la imagen de sí. Todo esto se parece al manual de vida monástica, pero no es vida monástica.
"Los brujos dicen que, a fin de tener dominio sobre el movimiento del punto de encaje, se necesita
energía. Y lo único que acumula energía es nuestra impecabilidad.
Don Juan observó que no hacía falta ser estudiante de brujería para mover el punto de encaje. A veces, debido a circunstancias dramáticas, si bien naturales, tales como las privaciones, la tensión nerviosa, la fatiga, el dolor, el punto de encaje sufre profundos movimientos. Si los hombres que se encuentran en tales circunstancias lograran adoptar la impecabilidad como norma y llenar los requisitos del intento, podrían, sin ninguna dificultad, aprovechar al máximo ese movimiento natural. De ese modo, buscarían y hallarían cosas extraordinarias, en vez de hacer lo que hacen en tales circunstancias: ansiar el retorno a la normalidad.
—Cuando se lleva al máximo el movimiento del punto de encaje —prosiguió—, tanto el hombre común y corriente como el aprendiz de brujería se convierten en brujos, porque, llevando al máximo ese movimiento, la continuidad de la vida diaria se rompe sin remedio.
—¿Cómo se lleva al máximo ese movimiento? —pregunté.
—Con la impecabilidad —respondió—. La verdadera dificultad no está en mover el punto de encaje ni en romper la continuidad. La verdadera dificultad está en tener energía. Si se tiene energía, una vez que el punto de encaje se mueve, cosas inconcebibles están al alcance de la mano.
Don Juan explicó que el aprieto del hombre moderno es que intuye sus recursos ocultos, pero no se atreve a usarlos. Por eso dicen los brujos que el mal del hombre es el contrapunto entre su estupidez y su ignorancia. Dijo que el hombre necesita ahora, más que nunca, aprender nuevas ideas, que se relacionen exclusivamente con su mundo interior; ideas de brujo, no ideas sociales; ideas relativas al hombre frente a lo desconocido, frente a su muerte personal. Ahora, más que nunca, necesita el hombre aprender acerca de la impecabilidad y los secretos del punto de encaje.

Dejó de hablar y pareció sumirse en sus pensamientos. Su cuerpo entró en un estado de rigidez que yo había visto cada vez que se involucraba en lo que yo caracterizaba como estados de contemplación, pero que él describía como momentos en los que su punto de encaje se movía, permitiéndole acordarse.
—Voy a contarte ahora la historia del boleto para ir a la impecabilidad —dijo de pronto, tras unos treinta minutos de silencio total—. Voy a contarte la historia de mi muerte.
"Huyendo de ese espantoso monstruo —prosiguió don Juan—, me refugié en la casa del nagual Julián por casi tres años. Incontables cosas me pasaron durante ese tiempo, pero yo no las tomaba en cuenta.
Estaba convencido de que, en esos tres años, no había hecho nada más que esconderme, temblar de
miedo y trabajar como un burro.
Don Juan dijo que estaba cargado con tres años de increíbles acontecimientos, de los cuales, al igual que yo, ni siquiera se acordaba.
Por eso le parecía muy natural jurar que en esa casa no aprendió nada ni siquiera remotamente
relacionado con la brujería. En lo que a él le concernía, nadie en esa casa conocía ni practicaba la brujería.
Un día, sin embargo, se sorprendió a sí mismo caminando, sin ninguna premeditación, hacia la línea invisible que mantenía a raya al monstruo. El hombre monstruoso estaba vigilando la casa, como de costumbre; pero aquel día, en vez de volverse atrás y correr en busca de refugio dentro de la casa, don Juan siguió caminando. Una inusitada oleada de energía lo hacía avanzar sin preocuparse por su seguridad.

Una sensación de abandono y frialdad totales le permitió enfrentarse con el enemigo que lo había aterrorizado por tantos años. Don Juan esperaba que se abalanzara sobre él y lo aferrara por el cuello. Lo extraño era que esa idea ya no le provocaba terror. Desde una distancia de pocos centímetros, miró fijamente a su monstruoso enemigo y luego lleno de audacia traspasó la línea. El monstruo no lo atacó, como él siempre había temido, sino que se tornó en algo borroso. Perdió su contorno y se convirtió en una bruma blanquecina, un jirón de niebla apenas perceptible.
Don Juan avanzó hacia la niebla y ésta retrocedió, como con miedo. La persiguió por los campos hasta que se esfumó por completo. Comprendió entonces que el monstruo nunca había existido. Sin embargo no podía explicar a qué le había tenido tanto miedo. Tenía la vaga sensación de que sabía exactamente qué,era el monstruo, pero algo le impedía pensar en ello. De inmediato se le vino la idea de que ese pícaro del,nagual Julián sabía la verdad. A don Juan no le extrañaba que el nagual Julián le jugara ese tipo de treta.
Antes de enfrentarse a él, don Juan se dio el placer de caminar sin escolta por toda la hacienda. Hasta
entonces nunca había podido hacerlo. Cada vez que necesitaba aventurarse más allá de esa línea invisible, lo había escoltado alguien de la casa, lo cual restringía mucho su movilidad. En las dos o tres veces que trató de salir sin escolta descubrió que corría riesgo de ser aniquilado por el extraño monstruo.
Repleto de un extraño vigor, don Juan entró en la casa, pero en vez de celebrar su libertad y su poder, reunió a todos los miembros de la casa y les exigió, furioso, que explicaran sus mentiras. Los acusó de haberlo hecho trabajar como un esclavo aprovechándose de su terror a un monstruo inexistente.
Las mujeres rieron como si les estuviera contando el chiste más divertido del mundo. Sólo el nagual Julián parecía arrepentido, sobre todo cuando don Juan, con la voz entrecortada por el resentimiento, describió sus tres años de miedo constante. El nagual Julián se deshizo en lágrimas cuando don Juan exigió una disculpa por el modo vergonzoso en que había sido explotado.
—Pero, nosotros te dijimos que el monstruo no existía —observó una de las mujeres.
Don Juan fulminó al nagual Julián con la mirada y él inclinó la cabeza dócilmente.
—El sabía que el monstruo existía —gritó don Juan, señalando al nagual con un dedo acusador.
Pero al mismo tiempo comprendió que estaba diciendo tonterías, pues en principio su queja era que el
monstruo no existía.
—El monstruo no existe —se corrigió, y temblando de ira acusó al nagual—. Fue uno de sus pinches
trucos.
El nagual Julián, llorando sin poder dominarse, se disculpó ante don Juan, mientras las mujeres se reían como locas. Don Juan nunca las había visto divertirse tanto.
—Te he mentido, por cierto —murmuró—. Nunca hubo monstruo alguno. Lo que veías como un monstruo era, simplemente, una oleada de energía. Tu miedo lo convirtió en una monstruosidad.
—Usted dijo que ese monstruo iba a devorarme. ¿Cómo pudo usted mentirme así? —le gritó don Juan.
—El ser devorado por el monstruo era algo simbólico —replicó el nagual Julián, en voz baja—. El
verdadero monstruo es tu estupidez. Ahora mismo estás en peligro mortal de ser devorado por ese
monstruo.
Don Juan gritó que no tenía por que soportar las idioteces de nadie. E insistió que le dijeran claramente que estaba en perfecta libertad de partir.
—Puedes irte cuando quieras —dijo secamente el nagual.
—¿Eso quiere decir que me puedo ir ahora mismo? —preguntó don Juan.
—¿Quieres irte? —le preguntó el nagual.
—Por supuesto que quiero irme de este pinche lugar y del montón de pinches mentirosos que viven aquí
—gritó don Juan.
El nagual Julián ordenó que entregaran a don Juan la totalidad de sus ahorros y, con ojos brillantes, le
deseó felicidad, prosperidad y sabiduría. Las mujeres no quisieron decirle adiós. Lo miraron fijamente hasta hacerle bajar la cabeza para huir del fulgor de sus ojos ardientes.
Don Juan guardó el dinero en el bolsillo, y sin echar una mirada atrás, salió de la casa, feliz de saber que su tormento había terminado. El mundo era un enigma para él. Lo deseaba fervorosamente. Dentro de esa casa había estado aislado de todo. Era joven y fuerte. Tenía dinero en el bolsillo y sed de vivir. Se marchó sin dar las gracias. Su ira, embotellada por su miedo por tanto tiempo, al fin pudo salir a la superficie. Hasta había aprendido a querer a esa gente. Y ahora se sentía traicionado. Quería huir de ese lugar tan lejos como pudiera.

En la ciudad, tuvo su primer contratiempo. Viajar era muy difícil y muy caro. Descubrió que, si deseaba
abandonar la ciudad de inmediato no podría elegir su destino, sino que tendría que esperar a que algún arriero quisiera llevarlo. Algunos días después partió hacia el puerto de Mazatlán, con un arriero de buena reputación.
—Aunque entonces yo sólo tenía veintitrés años —dijo don Juan—, había llevado una vida plena. Lo único que me quedaba por experimentar era el sexo. El nagual Julián me había dicho que era el hecho de no haber estado con ninguna mujer lo que me daba mi fuerza y mi resistencia, y que él disponía de poco tiempo para arreglar las cosas antes de que el mundo me alcanzara.
—¿Qué quería decir con eso, don Juan? —pregunté.
—Quería decir que yo no tenía idea del infierno que me esperaba —contestó don Juan— y que él tenía muy poco tiempo para levantar mis barricadas, mis protectores silenciosos.
—¿Qué es un protector silencioso, don Juan? —pregunté.
—Un salvavidas —dijo—. Un protector silencioso es una inexplicable oleada de energía que le llega al
guerrero cuando todo lo demás falta.
"El nagual Julián sabía qué dirección tomaría mi vida una vez que ya no estuviera bajo su influencia. Por eso luchó para darme opciones de brujo; tantas como fuera posible. Esas opciones de brujo eran mis protecciones silenciosas.
—¿Qué son las opciones de brujo? —pregunté.
—Posiciones del punto de encaje —replicó él—, el infinito número de posiciones que el punto de encaje puede alcanzar. En todos y cada uno de esos movimientos, profundos o superficiales, el brujo puede fortalecer su nueva continuidad.
Reiteró que cuanto él había experimentado, bajo la tutela del nagual Julián, era el resultado de un
movimiento de su punto de encaje, profundo o superficial. El nagual lo hizo experimentar incontables opciones de brujo, más de las que normalmente eran necesarias, sabiendo que el destino de don Juan era ser el nagual y tener que explicar qué son y qué hacen los brujos.
—El efecto de los movimientos del punto de encaje es acumulativo —continuó—. Y es el peso de esa
acumulación lo que causa el efecto final.
"Muy poco después de entrar en contacto con el nagual, mi punto de encaje se movió tan profundamente que pude ver. Vi a una oleada de energía en la forma de un monstruo tal como era: una oleada de energía sin forma. Había logrado ver y no lo sabía. Creía que no había hecho nada, que no había aprendido nada; mi estupidez no tenía medida.
—Era usted demasiado joven, don Juan —dije—. No podía ser de otro modo.
Se echó a reír. Estaba a punto de contestar, pero pareció cambiar de idea. Se encogió de hombros y
siguió con su relato.
Dijo que, al llegar a Mazatlán, era prácticamente un arriero, al punto que le ofrecieron un empleo
permanente a cargo de un tiro de mulas. Quedó muy satisfecho con la oferta. La idea de hacer el viaje entre Durango y Mazatlán lo complacía infinitamente. Pero había dos cosas que lo preocupaban: primero, que aún no se había acostado con una mujer; segundo, que sentía una tremenda pero inexplicable urgencia de seguir viaje hacia el norte. No sabía por qué, sólo que en algún lugar hacia el norte algo lo estaba esperando. La sensación se hizo tan fuerte que al fin se vio obligado a rechazar la estabilidad del empleo permanente para poder continuar su viaje.
Su gran fuerza física y una extraña e inexplicable astucia, recientemente adquirida le permitieron hallar trabajo aun donde no lo había, mientras iba en camino hacia el norte. Llegó así al estado de Sinaloa. Y allí terminó su viaje. Conoció a una viuda joven, yaqui como él, que había estado casada con un hombre con quien don Juan estaba en deuda.
Trató de pagar su deuda ayudando a la viuda y a sus hijos; y sin darse cuenta, fue asumiendo el papel de padre y esposo. Esas nuevas responsabilidades representaron una gran carga para él. Perdió su libertad de movimiento e incluso su necesidad de viajar más al norte. Se sintió compensado por esa pérdida, sin embargo, con el profundo afecto que sentía por la mujer y por sus hijos.
—Experimenté momentos de sublime felicidad como esposo y como padre dijo don Juan—. Pero fue en esos momentos cuando noté que algo andaba muy mal. Comprendí que estaba perdiendo la sensación de abandono, de frialdad, de audacia que adquirí en la casa del nagual Julián. Ahora me hallaba identificado con la gente que me rodeaba.
Don Juan dijo que comenzó sintiendo un profundo, aunque reservado, afecto por la mujer y sus hijos. Ese desapegado afecto le permitía desempeñar el papel de padre y esposo con abandono y placer. Con el correr del tiempo, su desapegado afecto se convirtió en una pasión desesperada que lo hizo gastar toda su energía. En cuestión de un año perdió todo vestigio de su nueva personalidad, adquirida en la casa del nagual.

Una vez que hubo desaparecido el desapego, que era lo que le daba el poder de amar, sólo le quedaron las necesidades mundanas: la miseria y la desesperación, rasgos distintivos del mundo cotidiano. Para hacer las cosas aún peores, también desapareció su espíritu de empresa. En los años que pasó en la casa del nagual había adquirido un dinamismo que le fue muy útil cuando anduvo solo.
Pero la pérdida más aguda fue su energía física. Sin estar enfermo, un día quedó completamente paralizado. No sintió dolor alguno ni tampoco sintió pánico. Mientras yacía desvalido en cama, no hizo sino pensar y llegó a comprender que había fracasado porque no tenía un propósito abstracto. Se dio cuenta, por primera vez, que la gente de la casa del nagual era extraordinaria porque perseguía la libertad como propósito abstracto. No comprendía qué era la libertad, pero sí sabía que era lo contrario de sus necesidades concretas.

Su falta de un propósito abstracto lo había vuelto tan débil e ineficaz que no podía rescatar a su familia adoptiva de su abismal pobreza. Por el contrario, ellos lo arrastraron otra vez a la misma miseria y desesperación que había conocido antes de encontrarse con el nagual.
Al repasar su vida, cobró conciencia de que la única vez que no fue ni pobre ni tuvo necesidades concretas fue durante los años pasados con el nagual. Y supo entonces que la pobreza es un estado de ser y que lo había reclamado cuando sus necesidades concretas lo abrumaron.
Por primera vez don Juan comprendió plenamente que el nagual Julián era, en verdad, el nagual, el líder, y su benefactor. Comprendió lo que había querido decir su benefactor al expresarle que no había libertad sin la intervención del nagual. No había ya dudas en la mente de don Juan de que el nagual Julián y todos los miembros del grupo eran brujos. Pero lo que comprendió con la más dolorosa claridad fue que él había desperdiciado la oportunidad de estar con ellos.
Cuando la presión de su impotencia física se le hizo insoportable, su parálisis terminó tan misteriosamente como se había iniciado. Un día, simplemente, se levantó de la cama y fue a buscar trabajo. Pero su suerte no mejoró. Apenas le alcanzaba para vivir.

Pasó un año más. No prosperó, pero en una cosa, al menos, tuvo más éxito de lo que esperaba: hizo una recapitulación total de su vida. Comprendió entonces por qué amaba y no podía dejar a esos niños, y también por qué no podía seguir con ellos, y por qué no podía actuar ni de un modo ni del otro.
Don Juan se dio cuenta de que había entrado en un callejón sin salida, y de que morir como guerrero era el único acto congruente con lo que había aprendido en la casa de su benefactor. Cada noche, tras una frustrante jornada de trabajo agotador y sin sentido, aguardaba pacientemente la llegada de la muerte.
Estaba a tal grado convencido de su fin, que la esposa y los niños esperaban con él; en un gesto de solidaridad, también ellos deseaban morir. Y los cuatro se pasaban las noches sentados, en total inmovilidad, recapitulando sus vidas, mientras esperaban a la muerte.
Don Juan le había hecho la misma advertencia que su benefactor le hizo a él.
—No la desees, ni pienses en ella —su benefactor le había dicho—. Simplemente, espera hasta que venga. No trates de imaginar cómo es la muerte. Quédate quieto hasta que llegue a ti y te atrape en su flujo irresistible.

El tiempo pasado en silencio los fortaleció mentalmente, pero no en lo físico; sus cuerpos enflaquecidos hablaban de una batalla casi perdida. Sin embargo, un día don Juan pensó que su suerte comenzaba a cambiar. Halló un empleo transitorio, pero con buena paga, con un grupo de trabajadores en época de la cosecha. El espíritu, empero, tenía otros designios para él. Un par de días después de comenzar a trabajar, alguien le robó el sombrero. A él le era imposible comprar uno nuevo, pero necesitaba tener uno para trabajar bajo el sol abrasador. Se protegió de algún modo, cubriéndose la cabeza con trapos y puñados de paja. Sus compañeros de trabajo comenzaron a reír y a burlarse de él. Don Juan no les prestó atención. Comparado con la vida de las tres personas que dependían de su trabajo, su aspecto tenía poca importancia. Pero los hombres no pararon. Se rieron y le hicieron tanta burla, que el capataz, temiendo un motín, despidió a don Juan.
Una rabia salvaje acabó con la serenidad y la cautela de don Juan. Lo que le estaban haciendo era una injusticia. El derecho moral estaba de su parte. Soltó un grito escalofriante y agarrando a uno de los peones lo levantó por sobre sus hombros, con intención de quebrarle la espalda. Pero pensó en esos niños hambrientos, acompañándolo noche tras noche, a esperar a la muerte. Puso, al hombre de pie en el suelo y se marchó.
Don Juan dijo que se sentó al borde del campo donde los hombres trabajaban, y dejó que estallara toda la desesperación que se había acumulado en él.
Era una ira silenciosa, pero no contra la gente, sino contra sí mismo.
—Allí sentado, a la vista de toda esa gente, me eché a llorar —continuó don Juan—. Me miraban como si estuviera loco. Y así era, estaba loco, pero eso ya no me importaba nada. Había sobrepasado toda preocupación.
"El capataz se compadeció de mí y se acercó a darme consejos, creyendo que lloraba por mí mismo. No podía saber que yo lloraba por el espíritu.
Don Juan dijo que un protector silencioso llegó a él cuando su ira se desvaneció. Una inexplicable oleada de energía lo dejó con la nítida sensación de que su muerte era inminente. Supo que no tendría tiempo de ver otra vez a su familia adoptiva. Les pidió disculpas, nombrándolos en voz alta, por no haber tenido la fortaleza y la sabiduría necesarias para salvarlos de su infierno terrenal.
Los peones continuaban riendo y burlándose de él. Don Juan apenas los oía. Las lágrimas se le agolparon en el pecho, al dirigirse al espíritu para darle gracias por haberlo puesto en el camino del nagual, otorgándole esa inmerecida posibilidad de ser libre. Oía las risotadas de los hombres, que nada comprendían. Oía sus insultos y sus alaridos como desde dentro de sí mismo. Tenían derecho a
ridiculizarlo: él había estado en los portales de la libertad, y no se había dado cuenta.
—Entendí entonces cuánta razón había tenido mi benefactor —dijo don Juan—. Mi estupidez era un
monstruo y ya me había devorado. En cuanto tuve ese pensamiento comprendí que cuanto pudiera decir o hacer era inútil. Había perdido mi oportunidad. Había perdido todo. Ahora era sólo el payaso de esa gente.
El espíritu no podía interesarse en mi desesperación. Somos tantos los que sufrimos, los que tenemos
nuestro infierno privado y particular, nacido de nuestra estupidez, que el espíritu no puede prestarnos
atención.
"Me arrodillé de cara al sudeste. Di gracias otra vez a mi benefactor y le dije al espíritu que estaba tan
avergonzado... tan avergonzado. Y con mi último aliento me despedí de un mundo que hubiera podido ser maravilloso si yo hubiese tenido sabiduría. Una ola inmensa vino hacia mí entonces. Primero, la sentí. Después, la oí. Por fin la vi acercarse a mí desde el sudeste, por sobre los campos, Llegó a mí y su negrura me cubrió. Y la luz de mi vida se apagó. Mi infierno había terminado. ¡Por fin estaba muerto! ¡Por fin era libre!

La historia de don Juan me dejó devastado. Guardamos silencio por un largo rato.
—Los brujos luchan por tener continuidad —dijo, de pronto— y esa es la lucha más dramática del mundo. Es dolorosa y cara. Muchas, pero muchas veces, le ha costado la vida a los brujos.
Explicó que, para que un brujo tuviera completa certeza acerca de sus acciones, o acerca de su posición en el mundo de los brujos, o acerca de su capacidad de utilizar inteligentemente su nueva continuidad, debe invalidar la continuidad de su vida cotidiana.
—Los brujos videntes de los tiempos modernos —prosiguió don Juan— llaman a ese proceso de invalidar la vida cotidiana "el boleto para ir a la impecabilidad" o la muerte simbólica, pero muy definitiva, del brujo.
Yo, personalmente, conseguí mi boleto para ir a la impecabilidad en aquel campo de Sinaloa. Lo tenue de mi nueva continuidad me costó la vida.
—Pero ¿murió, usted don Juan, o sólo se desmayó? —pregunté, tratando de no mostrarme cínico.
—Me morí en ese campo —dijo don Juan—. Sentí que mi conciencia salía flotando de mí y se encaminaba hacia el Águila  y como había recapitulado mi vida, el Águila no se tragó mi conciencia; me escupió como una pepa de ciruela. Puesto que mi cuerpo estaba muerto en el campo, y un brujo no puede dejar el cuerpo atrás, al Águila no me dejó pasar a la libertad. Fue como si me indicara regresar y tratar otra vez.

"Ascendí a las cumbres de la negrura y descendí otra vez a la luz de la tierra. Y me encontré en una tumba superficial en el borde del sembrado. Estaba yo cubierto de piedras y tierra.
Don Juan dijo que supo de inmediato lo que debía hacer. Después de salirse de entre las piedras, re-acomodó la tumba como si su cuerpo aún estuviera allí y se marchó. Se sentía fuerte y decidido. Sabía que tenía que volver a casa de su benefactor. Pero antes de iniciar el viaje de retorno, deseaba ver a su familia y explicarles que era brujo y, por ese motivo, no podía quedarse con ellos. Quería explicarles que su perdición había sido no saber que los brujos jamás pueden tener un puente para reunirse con la gente del mundo. Pero, si la gente desea hacerlo, pueden tender un puente para reunirse con los brujos.
—Fui a la casa —continuó don Juan—, estaba vacía. Los espantados vecinos me contaron que unos
peones habían llegado con la noticia de que yo había caído muerto mientras trabajaba; mi mujer y los niños se habían marchado.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted muerto, don Juan? —pregunté.
—Al parecer, todo un día —dijo.
A don Juan le jugaba una sonrisa en los labios. Sus ojos parecían hechos de obsidiana brillante. Observaba mis reacciones, a la espera de mis comentarios.
—¿Y qué fue de su familia, don Juan? —pregunté.
—Ah, la pregunta de un hombre sensato —comentó—. Por un momento pensé que me ibas a preguntar acerca de mi muerte.
Confesé que había estado a punto de hacerlo, pero como sabía que él estaba viendo mi pregunta al tiempo que la formulaba en mi mente, le pregunté otra cosa, sólo para llevarle la contraria. No lo dije como broma, pero él se echó a reír.
—Mi familia desapareció ese día —dijo—. Mi mujer estaba hecha para sobrevivir. Era forzoso, dadas las condiciones en que vivíamos. Puesto que yo había estado esperando la muerte, seguramente creyó que había conseguido al fin lo que deseaba. Y como no le quedaba nada que hacer allí, se fue.
"Eché de menos a los niños y me consolé pensando que no era mi destino estar con ellos. Los brujos tienen una inclinación peculiar. Viven exclusivamente a la sombra de un sentimiento cuya mejor descripción serían las palabras "y sin embargo..." Cuando todo se les viene abajo, los brujos aceptan la situación. "Es algo terrible, dicen, pero inmediatamente escapan a la sombra del, y sin embargo..."
"Eso hice con mis sentimientos por aquellos chicos y la mujer. Con gran disciplina, especialmente en el caso del niño mayor, habían recapitulado sus vidas junto conmigo. Sólo el espíritu podía decidir el resultado de ese afecto.

Me recordó que me había enseñado cómo actúan los guerreros en tales situaciones. Dan lo mejor de sí y después, sin remordimientos ni lamentos, se quedan tranquilos y dejan que el espíritu decida el imposible resultado.
—¿Cuál fue la decisión del espíritu en su caso, don Juan? —pregunté.
Me estudió sin responder. Yo sabía que él estaba completamente consciente de los motivos detrás de mi pregunta, pues yo había experimentado un afecto similar y una perdida parecida.
—La decisión del espíritu es otro centro abstracto —dijo—. Historias de brujería se tejen a su  alrededor.
Hablaremos de esa decisión cuando lleguemos a ese centro básico.
"Ahora bien, ¿no querías preguntarme algo sobre mi muerte?
—Si lo creyeron muerto, ¿por qué lo pusieron en una tumba superficial? —pregunté—. ¿Por qué no
cavaron una verdadera tumba para enterrarlo?
—Esto es ya tu estilo —observó, riendo—. Yo también me hice la misma pregunta y llegué a la conclusión de que aquellos peones eran gente muy religiosa. Yo era cristiano y a los cristianos no se los entierra así nomás; tampoco se los deja a que se pudran como los perros. Creo que esperaban a que mi familia fuera a reclamar el cuerpo para darle un entierro apropiado. Pero mi familia nunca apareció.
—¿Usted los buscó, don Juan? pregunté.
—No. Los brujos nunca buscan a nadie —respondió—. Y yo era brujo. Había pagado con la vida el error de no darme cuenta de que los brujos jamás se acercan a nadie.
"Desde ese día sólo he aceptado la compañía o los cuidados de gente o de guerreros que están muertos, como yo.
Don Juan dijo que volvió a la casa de su benefactor, donde todos lo o trataron como si nunca se hubiera ido y comprendieron instantáneamente lo que él había descubierto.
El nagual Julián comentó que, debido a su peculiar temperamento, don Juan había tardado mucho en
morir.
—Mi benefactor me dijo entonces que el boleto de un brujo para ir a la impecabilidad es su muerte — prosiguió—. Que él mismo había pagado con la vida ese boleto, como todos los demás en su casa. Y que ahora éramos iguales en nuestra condición de ser candidatos a ser libres.
"Y también dijo que el gran truco de los brujos es estar totalmente conscientes de que están muertos. Su boleto para ir a la impecabilidad debe estar envuelto en puro entendimiento. En esa envoltura, dicen los brujos que el boleto se mantiene flamante.
"Hace sesenta años que compré mi boleto y todavía está flamante.

Nos quedamos de pie junto a la banca, contemplando a los transeúntes nocturnos que paseaban por la plaza. La historia de su muerte me había dejado con una inmensa sensación de nostalgia, de tristeza. Don Juan me sugirió que volviera a casa; el largo viaje hasta Los Ángeles, dijo, daría a mi punto de encaje un descanso, después de todo el movimiento que había tenido en los últimos días.
—La compañía de un nagual es muy fatigosa —prosiguió—. Produce un cansancio extraño y hasta puede hacer mal.
Le aseguré que no estaba cansado en absoluto, que su compañía distaba mucho de hacerme mal y que, de hecho, me afectaba como un narcótico: no me podía pasar sin ella. Aquello sonó como adulación, pero yo lo decía en serio.
Recorrimos tres o cuatro veces la plaza, en completo silencio.


—Anda a tu casa y piensa en los centros abstractos de las historias de brujería —dijo don Juan, con un tono de finalidad en la voz—. Mejor dicho: no pienses en ellos, sino que deja que el espíritu descienda y mueva tu punto de encaje al lugar del conocimiento silencioso. El descenso del espíritu lo es todo, pero no significa nada si no se llenan los requisitos del intento. Por lo tanto, cultiva el abandono, la frialdad y la audacia. En otras palabras, sé impecable.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El guardián

EL GUARDIÁN


-Me he perdido -le dijo a los árboles.

La fría brisa del atardecer acariciaba sus mejillas, mientras se preguntaba como demonios podía haberse perdido a pesar de llevar un plano de ese gigantesco bosque, y una brújula en la mano.

Pateó el suelo con rabia, y gritó:

-¡Nunca debí haber venido! ¡Mierda! -y se sentó en el tocón de un árbol, intentando tranquilizarse.

En un principio, la idea de pasar la noche en el bosque no le había parecido mala, todo lo contrario: dos días y una noche de tranquila soledad para leer o para escuchar las aves, simplemente. Y allí estaba ahora: con la mochila y la tienda de campaña a la espalda, en algún lugar de aquel bosque. Un lugar desconocido, por cierto.

Se levantó y echó a andar, resignado. Tenía que encontrar un claro para acampar, de lo contrario tendría que dormir a la intemperie. Al menos tengo el saco, pensó.

Entonces fue cuando llegó al sendero: vio el Cielo abierto, y echó a correr por él: al poco tiempo comenzó a divisar una gran mole gris entre los troncos de los árboles; el camino dio un par de revueltas más y llegó a un gran claro en medio del cual se erguía un gran caserón -casi un castillo, a juzgar por su aire regio-. Parecía habitado, y sin más se acercó, subió unos escalones hasta llegar a la puerta y la golpeó un par de veces con la aldaba. Pudo oír los ecos de los golpes en el interior de la casa a pesar del grosor de la puerta, y antes de que aquéllos se hubiesen apagado, ésta se abrió.

-¿Quién es usted? -preguntó un mayordomo, con cierto tono despectivo.

-Soy un excursionista. Me he perdido y quería preguntar si... -vaciló un instante- si podría pasar la noche en esta casa. -El Sol había desaparecido bajo la línea del horizonte, y el cielo se oscurecía por momentos.

-Un momento -cerró la puerta.

Cinco minutos después, la puerta continuaba cerrada. Sentado en los escalones, mantenía la mirada fija en aquel claro. ¿Y si montase la tienda ahí?, se estaba preguntando, cuando algo chirrió tras él. Se volvió, y vio que la puerta -por fin- se abría.

-Pase -le dijo-. Mi señor le permite la estancia, por esta noche.

Entró en la casa. Por dentro era aún más majestuosa que por fuera. Gruesos tapices donde se recogían, dibujadas, antiguas y legendarias batallas, cubrían las paredes; del techo colgaban grandes lámparas de araña.

-Sígame. -Y subieron al piso superior que sugerían una antigüedad incognoscible. Incluso el mayordomo la sugería, pensó, a pesar de que su rostro no mostraba más rasgos de vejez que los de un hombre de cuarenta, cincuenta años a lo sumo.

Le siguió por un laberinto de pasillos.

Su habitación era grande, con un pequeño y anticuado cuarto de baño. Aquí no había tapices, sino cuadros de extraños dioses, que le hicieron pensar en alguna mitología antigua.

El mayordomo salió, y el invitado se sentó en la cama, tan antigua como todo lo demás.

-Bonita noche al aire libre -murmuraba, mientras se quitaba las botas-. Esta es la última vez. ¡La última!

Toc, toc. La puerta se abrió y el mayordomo entró, sosteniendo una bandeja con comida.

-Su cena -dijo, mientras el otro miraba sorprendido.

-No hacía falta, yo llevaba... -el mayordomo se marchó, sin dejarle terminar y sin despedirse siquiera.

Se quitó la otra bota, y, descalzo, se aproximó a la mesa.

Bon apettit, pensó. Sonrió y empezó a comer.

Cuando hubo terminado, se acercó a la puerta para salir, pero no pudo abrirla.

Frunció el ceño. ¿Por qué no se abre?

Probó dos veces más, hasta que le fue evidente que el mayordomo le había encerrado.

-¡Eh! ¿¡Qué pasa aquí!? -gritó, y golpeó la puerta- ¡eh!

Quizá no quieran que ronde por la casa.

Se encogió de hombros; se desvistió y se metió en la cama.

Mañana será otro día, pensó cuando cerró los ojos.

****************

Se despertó sobresaltado. Aún era de noche. Le había parecido escuchar algo en la puerta.

Esperó, pero no oyó nada más.

-Lo habré soñado -murmuró, para tranquilizarse, mientras cerraba los ojos

¡otra vez ese sonido!

Se sentó en la cama; sus pies rozando el suelo y su corazón a punto de estallar.

Parece como si arañaran la puerta, pensó. ¿Será el mayordomo, que intenta gastarme una broma? Seguro de ésto último, dijo en voz alta:

-¿Oiga? ¿Qué sucede?

Entonces oyó un gañido y el trote de un animal que se alejaba. Tragó saliva y, cubierto de sudor frío, se volvió a meter entre las sábanas.

Agradeció a Dios que la puerta estuviese cerrada con llave.

A pesar de ello, apenas pudo conciliar el sueño el resto noche.

****************

El resplandor del Sol se colaba por entre las cortinas.

Miró su reloj. Eran las siete de la mañana.

Se levantó, se vistió y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo comprobó que éste deformaba el reflejo cómicamente.

Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. El Sol naciente entró en todo su esplendor. Miró hacia el bosque y se percató de que aquella era la zona de la cual él había salido, aunque ahora tuvo ese sentimiento de antigüedad que la noche anterior tuvo al subir las escaleras. Se preguntó cuál sería la edad de aquellos árboles. ¿Cientos, miles de años, quizá? Le pareció que estaban ahí desde épocas inmemoriales.

La puerta principal se abrió de un portazo, y el chico miró hacia abajo: de la casa salía un lobo del tamaño de un caballo con una persona entre sus fauces.

Se separó de la ventana, aterrorizado. Recordó la noche anterior, y se lanzó a la puerta: para su alivio, seguía cerrada con llave. Aquella monstruosidad no podría alcanzarle.

Escuchó un alarido y el chasquido de huesos rompiéndose.

Se acercó a la ventana y volvió a mirar.

Abajo, el lobo se relamía las fauces. Debajo de él sólo quedaban unos despojos.

¿A quién se habrá comido? El miedo le había aturdido. No podía dejar de mirar por la ventana. ¿A quién?

Entonces vio unos jirones de ropa entre los restos.

La ropa del mayordomo.

Cayó desmayado.

****************

Se despertó, notando la cama bajo él. Se sentía completamente en calma, y durante aquel momento de lasitud no movió un sólo músculo.

Entonces recordó, y se levantó de un salto: la puerta estaba destrozada. Asustado, se asomó por la ventana.

Allí estaba el lobo, devorando otra presa.

-¡No ha sido un sueño! ¡¡NO HA SIDO UN SUEÑO!! -gritaba, aterrorizado, lo que en el fondo de su corazón ya sabía. Se dio la vuelta para huir, pero se quedó clavado en el suelo

porque el mayordomo estaba de pie en la puerta.

-¡USTED! -gritó con todas sus fuerzas- ¡¡USTED ESTÁ MUERTO!! -retrocedió un paso.

-No intente escapar.

-¿QUÉÉÉ?

-No intente escapar -repitió-. Aun si tuviera un cuerpo le resultaría difícil. Sin él no lo intente. No podrá.

-¡Usted está muerto! ¡Yo le vi morir! -retrocedió y miró por la ventana. El gigantesco lobo se adentraba en la espesura. De pronto todo le pareció irreal, y temió haberse vuelto loco.

-Sí -dijo el mayordomo, ante la sorpresa del otro-. Morí en mil novecientos ochenta, de una pulmonía. En el ochenta y cinco, un cáncer me mató; y volví a morir ocho años más tarde asesinado por una de las gárgolas del tejado, que cobran vida a media noche.

-¿Quééé?

-La última vez que morí fue esta mañana, devorado por el lobo.

-¡Usted está loco! -gritó, exasperado, convencido de haber sido objeto de una broma pesada.- Todo ésto tiene que ser un montaje.

El mayordomo entró en la habitación.

-Vendí hace años mi alma al dios Hom'Sthotath, el Soberano de lo Muerto. ¿Sabe algo sobre Él? ¿No? No importa. Ahora sirvo al Guardián de la Puerta hasta el glorioso día en el que Él pase a nuestro plano de existencia y reine sobre la Tierra.

-Todo esto es un montaje -repitió, esperando un "sí" que no llegó.

-En cuanto al lobo... -continuó-, él es el Guardián. Ayer no me permitió que le diera cobijo a usted, pero le desobedecí, y él, al ver esta puerta cerrada y percibir el olor a ser humano, advirtió esta desobediencia y me mató; no obstante mi cuerpo inmortal resucitó de nuevo.

-¿Por qué lo hizo?

-Necesitaba compañía.

-¡No me quedaré! Dios mío... ésto no puede ser real.

-Si mira al suelo, verá sangre.

Obedeció; a sus pies había un charco de sangre.

-Si me acompaña, sabrá de quién es -el mayordomo salió de la habitación, y el chico fue tras él.

Bajaron las escaleras. El mayordomo abrió la puerta principal y dijo

-Dígame, ¿qué es lo que ve? -el aludido miró al exterior.

-Oh Dios... restos humanos.

-Fíjese bien.

Obedeció, y vio entre el fango unas botas y ropa de abrigo, hecha jirones.

-Ahora eres un alma en pena; permanecerás atado a esta casa hasta el final de los tiempos.

El chico le miró.

-¿Qué?

-Has sido devorado por el Guardián.

jueves, 3 de octubre de 2013

El monstruo


-Bellísimo -dijo el director del museo.

Se estaba refiriendo, claro está, a la última adquisición del museo: la estatua de un monstruo de tipo reptil, de seis patas, con alas de murciélago medio desplegadas y en actitud agresiva; la cabeza estaba girada unos centímetros hacia la izquierda, mirando al frente con un ojo fiero. La boca entreabierta, cargada de colmillos, completaba el efecto. La cola descansaba sobre el suelo. En total, medía unos diez metros.

-Bellísimo -repitió. Acarició la fría piedra, a sabiendas de que no debería hacerlo-. Han hecho un excelente trabajo.

Se refería a los restauradores. La estatua había sido encontrada en la selva amazónica hacía varias semanas por un grupo de investigación. Al parecer estaban buscando nuevas especies animales cuando tropezaron literalmente con aquella obra de arte: la vegetación la cubría por entero. Avisaron por radio de aquel descubrimiento, a pesar de la reticencia del guía indígena -viejo y muy supersticioso-, y pronto se limpió un tramo de selva (ante el horror de los investigadores) y se sacó, con las debidas precauciones, con un helicóptero. Ahora, limpia de musgo y suciedad, se exhibía en el museo arqueológico de Río de Janeiro.

Hubo una gran afluencia de público para verla. cosa que Joao, uno de los vigilantes, no comprendía. Aquella estatua era verdaderamente horrenda, comentario que no podía evitar decir en voz alta cuando pasaba ante ella.

Un año más tarde, la estatua ya había perdido su popularidad, aunque seguía siendo la atracción del museo, que la exhibía tras unos cristales a prueba de balas desde el intento de robo: unos encapuchados habían conseguido entrar (nadie sabía como) y estaban intentando llevársela tirando de gruesas cuerdas amarradas a ella cuando fueron sorprendidos por los vigilantes. Uno de los ladrones -que resultó ser el guía de la expedición descubridora- fue internado en un hospital psiquiátrico, ya que cuando fue detenido no hacía más que repetir:

-¿Estáis locos? ¡eso no debería estar aquí! ¡debéis deshaceros de él!

Evidentemente, sus ruegos fueron desoídos.

Un mes después, la estatua fue cambiada de lugar: se había producido una fuga de agua de las cañerías del techo de la sala donde estaba, y ya se sabe la enemistad existente entre el arte y la humedad. Llevaron la escultura a un sótano y le impusieron una vigilancia nocturna.

A Joao le tocó la segunda noche. Odiaba quedarse a solas con aquel engendro -como él lo llamaba-, pero no podía hacer nada al respecto: la reparación aún duraría un par de días más.

Aquella noche, como de costumbre, Joao se acercó a la gran estatua, y comentó:

-Eres monstruosa. Si fueses mía, te hubiese reducido a polvo hace tiempo. No sé cómo la gente puede pagar por verte.

Y, sin ninguna razón especial, golpeó la mandíbula de la escultura con el puño.

Entonces el monstruo movió su cabeza, apartó el puño e, inclinándose, le arrancó las piernas de un mordisco.

lunes, 23 de septiembre de 2013

La saga de Fray Gian Galeazzo Ruspoli

Todo sobre el Bailío y Gran Prior de Pisa Fray Gian Galeazzo Ruspoli de la milenaria Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, denominada hoy simplemente como Orden de Malta.


Fray Gian Galeazzo Ruspoli es un personaje que en su semblante de fantasma procedente del guerrero de la alegoría de la ilustración ha ido seduciendo a su descendiente Carlo Emanuele Ruspoli con cada una de sus historias, hasta ejercer en él la fascinación que despiertan los grandes detectives de la literatura, como Hércules Poirot o Sherlock Holmes. Gracias a sus investigaciones, el lector podrá profundizar en su universo, en su carácter peculiar, en su exquisita cultura, en su círculo familiar, cargado de luces y sombras. No obstante, Ruspoli siempre es un personaje enigmático, que guarda tras su rostro inescrutable multitud de misterios y talentos desconocidos. Ruspoli nació en 1137 en Siena, en el seno de una noble y adinerada familia toscana. Gian Galeazzo creció junto a sus seis hermanos y cursó sus estudios universitarios en Florencia y Roma. A los veinte años ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, por ser el más joven de los hermanos. El mayor heredó el mayorazgo, el segundo el campo, el tercero fue militar, y las dos hermanas fueron casadas para formar nuevas alianzas familiares. A los diez años dos lamas tibetanos se presentaron en la residencia familiar de Siena y, tras ser aceptados por sus padres, le examinaron por ser la posible rencarnación del lama Shiakamuni, padre de la medicina tibetana. Tras ingresar en la Orden de San Juan cursó estudios de medicina y cirugía, derecho magistral y canónico, entre otras doctrinas y se convirtió en caballero Profeso a los cinco años, tomando los votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo en un momento de pérdida de memoria tuvo hasta una relación con una noble franco-egipcia de la que nació su única hija Ginevra. Tras ejercer durante años la medicina en Tierra Santa, sus extraordinarias capacidades le fueron llevando a otros terrenos, tales como la judicatura de la Orden y sobre todo la in-vestigación que paulatinamente se convierte en su principal actividad por la que es llamado a resolver los casos más difíciles. El ya Fray Gian Galeazzo Ruspoli, héroe de la antigüedad, se convierte en un asombroso investigador de otras épocas. Viaja en el tiempo y en el espacio y puede estar en cualquier parte. Para no defraudar a sus compañeros en sus viajes en el tiempo su cultura fue actualizada convenientemente.

El aspecto físico de Gian Galeazzo Ruspoli impacta a quien le ve por primera vez. Es alto, delgado, esbelto y de maneras elegantes. La distinción que caracteriza su forma de caminar queda reforzada por sus trajes, siempre negros y confeccionados a medida, por las diestras ma-nos de un sastre italiano. Ninguna facción del caballero Profeso pasa inadvertida. Sus ojos, de un penetrante color gris azulado parece que irradian luz por sí solos. Y su cabello, de un rubio plateado y resplande-ciente, contrasta con la oscuridad de su atuendo. Tiene el aspecto, en todas las novelas posteriores a la primera donde se relatan sus primeros años, que recuerda al triste hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, es decir un hombre que ronda los cincuenta años de com-plexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador, amigo de la oración, la meditación, la caza, las artes marciales  y de la buena condición social. Como dicta su abolengo, los modales y gustos de Gian Galeazzo Ruspoli son distinguidos. Sus pies sólo calzan zapatos elabo-rados en la mítica zapatería artesanal Sebago, que encarga directamente en New England cuando se encuentra en la época adecuada. Asimismo, su paladar es refinado y exigente, por lo que a veces encarga que le manden manjares exclusivos cuando está investigando un caso en cualquier parte del mundo. Y conoce los buenos vinos como un gran sumiller.

Vaya donde vaya, Gian Galeazzo Ruspoli se desplaza con los mejores medios a disposición en la época en la que se encuentre. Cuando Gian Galeazzo Ruspoli sonríe, cosa que sucede en raras ocasiones, algo en su interior permanece gélido e insondable. Su voz es aterciopelada pero con la firmeza del cuero. Su arrogancia no es gratuita. Gian Ga-leazzo Ruspoli ha estudiado tantas disciplinas que su nivel intelectual supera el de todos los que le rodean: domina varias lenguas, muertas o vivas, es experto en medicina, arte, literatura, artes marciales y ciencias esotéricas, y un verdadero maestro en el arte de la meditación. La vastísima cultura de Gian Galeazzo Ruspoli es inabarcable, pero aun así, el Profeso continúa formándose e investigando sobre las más diversas materias.

Su destreza, cultura, inteligencia y valentía han convertido a Gian Galeazzo Ruspoli en un investigador letal e implacable y en un hábil manipulador de la mente humana capaz de adoptar distintas personalidades. No obstante, ha conseguido ganarse la confianza de sus fieles colaboradores, quienes creen a ciegas en las habilidades y la pericia del investigador. Como todos los genios, Gian Galeazzo Ruspoli tiene enemigos que le han marginado y perseguido, e incluso fue torturado, casi muerto, esclavizado, condenado y en prisión. Aun así, quien trabaja con él comprende de inmediato que se encuentra ante un caballero Profeso sorprendente, un investigador superdotado, una mente única, compleja y clarividente al servicio de los necesitados y de la justicia.

Estas son las novelas históricas protagonizadas por Gian Galeazzo Ruspoli y su hija Ginebra hasta el momento:

1. El Profeso: 684 páginas en formato A5, 185.000 palabras. Sinopsis: es la epopeya vivida por un caballero medieval de la Orden de San Juan, Fray Gian Galeazzo Ruspoli, medico y cirujano, enviado al Hospital de Jerusalén, ascendido a Bailío, luego a medico de la Casa Real, luego a Apóstol de la Vera Cruz. Participó desde entonces en todas las batallas del Reino Latino de Jerusalén contra los musulmanes, pro-tegiendo la santa reliquia al frente del ejército. Vivió grandes aventuras, desveló algunos de los mayores secretos de la antigüedad, sufrió pruebas extremas. El relato de sus hazañas es el resultado de las múltiples entrevistas del espíritu del guerrero antepasado con el mismo autor de la obra. Abarca temas de religión, historia, política, guerras, batallas, onírica, medicina, meditación, magia, esoterismo, viajes astrales, su-perstición, locura, traiciones, torturas, reliquias, esclavos, asesinos, amazonas, amor, etcétera, y catarsis final del protagonista que regresa finalmente a su tierra de Toscana treinta años después de haberla deja-do por la Orden para tomar las riendas del Gran Priorato de Pisa. La novela arranca desde la infancia hasta la madurez del protagonista.

2. Asesinato en el Letrán: 511 páginas en formato A5, 95.100 palabras. Argumento: el Gran Prior y Bailío de Justicia, Fray Gian Galeazzo Ruspoli se encuentra en Roma en el año 1188, acompañando a su Gran Maestre, Fray Garnier de Naplouse procedente de Chipre, para presentar el nuevo Código y los Estatutos de la Orden de San Juan adaptados a las nuevas circunstancias tras las perdidas del Hospital de Jerusalén y de las Encomiendas de Tierra Santa. Un suceso inesperado y de consecuencias imprevisibles trastoca su estancia, el Arzobispo designado Baldwin de Canterbury, amigo personal del Gran Maestre, que viajó en la galera de la Orden con ellos desde Pisa, ha sido asesinado y han desaparecido las reliquias y los tesoros de incalculable valor que el alto prelado llevaba consigo para Su Santidad, Clemente III. A los dos hermanos de Justicia de la Orden se les encarga la resolución de este trágico suceso, aparentemente sencillo, porque el principal sospechoso es otro hermano de Orden y Capellán Conventual, que ha sido apresado huyendo cerca del palacio de Letrán, lugar de los hechos. Sin embargo GG en su nueva responsabilidad de investigador, se resiste a aceptar y confirmar esta culpabilidad porque hay demasiados cabos sueltos, y muchos sospechosos envueltos en una trama en la que se entremezclan horrendos crímenes del pasado, locos sueños de grandeza y oscuras ambiciones de poder.

3. Muertes de Profesos. 589 páginas en formato A5, 141.500 palabras. Sinopsis: El Gran Prior y Bailío de Justicia, Fray Gian Galeaz-zo Ruspoli, durante sus oraciones diarias en la capilla del Gran Priorato de Pisa, tras regresar de Roma donde pudo descubrir quién asesinó al arzobispo designado de Canterbury, percibe la visión de un Ángel que le comunica que la Orden de San Juan a la que pertenece necesita de sus servicios como monje guerrero e investigador en el futuro. Sorprendido ante esta petición que abre nuevas perspectivas a su vida, no puede evi-tar que la curiosidad se adueñe de él. El Ángel le cuenta entonces la historia de la Orden de Malta y sus cinco siglos de lucha encarnizada contra el Islam. Pero añade que su carácter militar acabó a principios del siglo XIX con la pérdida de sus últimas posesiones territoriales del archipiélago Maltés. La Orden había olvidado por completo su faceta militar y se había centrado desde entonces en sus obras hospitalarias, religiosas y culturales. Sin tener un adecuado cuerpo de seguridad, se encuentra inerme y no puede oponerse a una complicada trama que podría acabar en primer lugar con la vida de algunos de sus ilustres caballeros profesos investigadores de la historia de Jesús y de confir-marse sus investigaciones podría minar los cimientos de hasta la misma Iglesia. Pero antes de todo el Ángel le pone al corriente de los cambios en el mundo debido al progreso, para que no se encuentre desfasado y pueda manejarse perfectamente en una época diferente. Gian Galeazzo acepta dichoso e ilusionado ante el reto, comunica al Ángel que su vida está al servicio de Dios y se ve al instante proyectado hacia el año 2.000, ocho siglos después de la época en la le tocó vivir. Tiene que luchar con relación a los servicios secretos israelíes, palestinos, vaticanos, la sociedad secreta San Pío V y sobre todo contra el relajamiento de las costumbres de la Orden dividida entre sus loables y enconados es-fuerzos hacia los necesitados y sus señores los enfermos, mientras muchos de sus dirigentes se dedican a una vida mundana donde sobre todo prevalece la pedantería y la vanidad. Las normas se han relajado y ya no existe la dura selección que la Orden exigía antaño a sus aspirantes y novicios. Su Gran Maestre Fray Andrew Bertie es un agradable señor inglés, antiguo profesor de catequismo y virtual experto en artes marciales, que vive tranquilamente dedicando la mitad del año a sus descansos y reposos y no quiere que su rutina se altere bajo ningún pretexto. Los historiadores profesos encontrarán datos inquietantes que podrían cuestionar la divinidad de Jesús sobre la que se basan los ci-mientos de la iglesia. Por ello la Iglesia tiene sumo interés en silenciar todo lo que contradiga a la doctrina oficial que defiende desde hace dos milenios. El cardinal protector de la Orden convoca al Gran Maestre pa-ra que acuda a la llamada del poderoso cardinal alemán prefecto de la congregación de Doctrina de la Fe, quien gobierna por delegación de Su Santidad, un gran Papa de origen polaco, los aspectos espirituales y hasta temporales de la Iglesia. Este es por lo tanto el peligroso marco donde se desarrollará la labor del Profeso quien deberá aportar todas sus virtudes y habilidades para evitar un desenlace trágico. ¿Logrará Gian Galeazzo llevar a cabo su misión celestial? ¿Cambiará la historia de la Iglesia? La acción se desarrollará en tiempos distintos. Por un lado la vida de Jesús y sus apóstoles en su época y después de su muerte, por otro la contemporánea a la acción de Gian Galeazzo, pasando por la historia intermedia, siguiendo la pista a ciertos datos a través de la his-toria y los siglos, donde intervendrán hasta los caballeros del Temple.

4. El Profeso en Tíbet. 931 páginas en formato A5, 200.600 palabras. Sinopsis: Acudiendo a una petición de ayuda astral formulada personalmente por el Dalai Lama, el Gran Prior y Bailío de Justicia Fray Gian Galeazzo Ruspoli tendrá que viajar a unos monasterios remotos del Tíbet para esclarecer una amenaza de tiempos lejanos y enfrentarse a un enemigo que nadie nunca ha visto. El robo de un artefacto único y misterioso, tendrá que ser resuelto por el Gran Prior de Pisa acompañado por Lobsang Daizin, un Lama médico. Las peripecias sufridas por Fray Gian Galeazzo van desde un atentado con bomba sufrido que casi le cuesta la vida, hasta la persecución implacable del ejercito rojo chino y de otras grandes aventuras. ¿Logrará Fray Gian Galeazzo cumplir con la ardua petición de ayuda del Dalai Lama? ¿Por qué Gian Galeazzo siempre está disponible para ayudar siempre de forma desinteresada a las causas justas? Uno de los grandes e inquietantes secretos acerca de la vida de Jesús encontrará también una explicación en este libro. En la novela hay una introducción con una descripción de las principales características de la religión y cultura tibetana a fin de agilizar la comprensión de su lectura. El autor, Carlo Emanuele Ruspoli, un historia-dor y estudioso hechizado por su extraordinaria religión y cultura mile-naria, reclama la devolución del Tíbet a los Tibetanos. En la novela hay un glosario y explicaciones para facilitar al lector una comprensión de la religión y cultura tibetana.

5. El Profeso y el diablo: 594 páginas en formato A4, 181.000 palabras. Sinopsis: La policía de homicidios de Nueva York solicita al Arzobispo Monseñor Timothy Dolan de la diócesis metropolitana la colaboración de un investigador de la Iglesia Católica por las peculia-ridades observadas en unos asesinatos que parecen obra de Lucifer. El Arzobispo no dispone de nadie que pueda ayudar pero oyó hablar en los ambientes de la curia vaticana de un hombre extraordinario en la Orden de San Juan, un Profeso, así que llama al Presidente de la Asociación Norteamericana de la Orden de San Juan, Fray Edward Mac Pherson para solicitar su ayuda. Mac Pherson, cuya vida había salvado el Gran Prior y Bailío de Justicia Fray Gian Galeazzo en Roma unos años antes, se pone en contacto con su gran amigo y hermano de Orden, utilizando el sistema que le había sugerido entonces Gian Galeazzo, es decir mediante  los lamas del Kadampa Meditation Center de Nueva York, ubicado en medio de 82 acres en el precioso valle del río Delaware en Glen Spey, a unas dos horas en coche de Nueva York y a tan solo unos minutos de las fronteras de Nueva Jersey y Pensilvania. Pero además de dedicarse a la oración y a la enseñanza, los lamas han desarrollado un sistema de meditación trascendental cuántica que permite trasladar personas en el espacio y en el tiempo. De esta manera traen a petición de Fray Mac Pherson a Fray Gian Galeazzo Ruspoli que deberá enfren-tarse a la inexplicable muerte de un famoso crítico de arte. Esta vez le acompañará el detective de origen italiano de la policía neoyorkina asig-nado al caso. El cuerpo del asesinado se encontró en una habitación cerrada con llave desde dentro, con la marca de un crucifico grabada a pecho sobre su pecho, la huella de una garra en la pared y un insopor-table olor a azufre. ¿Será obra del diablo? La investigación le llevará de vuelta a su tierra de Toscana donde Gian Galeazzo se verá obligado a enfrentarse con fuerzas desconocidas hasta ser víctima y padecer una venganza abominable. Y no está nada claro que consiga sobrevivir…

6. El Profeso y el emperador: 406 páginas en formato A4. 138.000 palabras. Sinopsis: Tras regresar de una estancia en Italia, completamente restablecido, Gian Galeazzo se encuentra con su hija Ginebra en la casa gótica de la familia Ruspoli en Nueva York. Ginebra está catalogando la importante biblioteca Ruspoli de unos 100.000 vo-lúmenes incluyendo incunables, pergaminos, documentos y cartas anti-guas. En ese momento su hija está estudiando los tomos de la historia del Imperio Romano centrada con la crisis del siglo III y somete a su pa-dre a una pregunta inquietante. ¿Conseguirán los persas frenar la ex-pansión del mundo cristiano con su invasión? ¿Afectará al imperio ro-mano quien proclamará el cristianismo con el edicto de Milán en el año  313 como religión oficial solo dos generaciones después? En Anatolia, año 269 d.C.: el emperador ilirio Claudio II el Gótico se encuentra cercado por los persas en la ciudad de Edesa. Decidido a lograr un acuerdo con sus enemigos, sale de las murallas acompañado de su guardia, al mando de Aureliano; pero los persas, traicionando la inmunidad de los negociadores, apresan a los romanos y los obligan a hacer trabajos for-zados en una mina. Gian Galeazzo decide entonces acudir a la ciudad de Edesa para intentar salvar al emperador disfrazado para la ocasión como una rencarnación de Rómulo, el fundador de Roma con Remo, hijo del dios mitológico Marte y nieto de Júpiter. Pero al darse cuenta que es probable que tuviera que ayudar a los romanos en caso de que no consiguiera evitar el engaño hacia el que iban encaminados de forma inexorable, decide optar por un disfraz que sirva para poder estar con la oposición. Se decide por ser el príncipe Songtsen, hijo del rey Nyatri Tsenpo  para los persas. Ese rey fue el fundador del reino de Yarlung, que es el nombre tibetano del río Brahmaputra, que nace del monte sa-grado Kailash, en el Tíbet occidental y fluye paralelo al Himalaya en un valle muy largo. Junto con Aureliano y sus hombres que logran escapar de los trabajos forzados y burlar a sus perseguidores, también gracias a la ayuda de otro extraño personaje. Este procede de un remoto país, del que Aureliano apenas había oído hablar antes: China, el Imperio del Centro. China, con sus bellos paisajes, sus extrañas costumbres y sus técnicas de lucha, tan sorprendentes como eficaces, fascina a Aureliano, y más aún después de enamorarse de Fan Bingbing, su guía en el mágico y misterioso país. Las aventuras de los tres, los contrastes de sus culturas, sus amores, son la base de esta vibrante y cautivadora novela, en la que la aventura se conjuga con los sentimientos y con una historia que, no por ser sorprendente y poco conocida, es menos real. La legión perdida de Craso, o simplemente la legión perdida, es el nombre con que se conoce a una hipotética legión romana compuesta por parte de los cerca de 10.000 legionarios hechos prisioneros tras la batalla de Carras por los partos en el año 53 a. C. Esta legión, «perdida» para los historiadores romanos, reaparecería supuestamente en las crónicas chinas en el año 36 a C. Durante la época del agitado triunvirato de Julio César, Pompeyo y Craso, éste último se hizo cargo de la campaña contra los partos y avanzó por la actual Turquía al frente de un impo-nente ejército de 42.000 soldados; los romanos que lidera están com-puestos por siete legiones, 4.000 arqueros y 4.000 jinetes galos, y se creen capaces de escarmentar a la temida caballería parta, que es el cuerpo principal del ejército enemigo. Pero éstos fueron derrotados en Carras (la actual Harrán, Turquía) por el ejército parto, siendo humilla-do el ejército más poderoso del mundo de entonces, dieron muerte al triunviro Craso e hicieron prisioneros a más de 10.000 de sus soldados. A caballo entre la realidad y la leyenda, se sabe por Plutarco y Plinio el Viejo que estos hombres fueron conducidos al extremo oriental del Im-perio parto, en la antigua Bactriana (el actual Afganistán), siendo la mayoría esclavizados o condenados a trabajos forzados. Pero los partos conservaron algunas unidades dispuestas a seguir combatiendo a cambio de no ser condenados a muerte o a la esclavitud. Así, una parte de la legión cautiva fue mandada a las proximidades del río Oxus (hoy Amu Daria) en la Bactriana (el actual Turkmenistán) para luchar contra los hunos, desapareciendo allí su rastro. El caso es que, tras la firma de la paz entre romanos y partos en el año 20 a. C., se estableció el retorno de los prisioneros, pero ya entonces se desconocía totalmente dónde estaban los efectivos supervivientes de las derrotadas legiones de Carras, pese a los esfuerzos que se dedicaron a su recuperación de los soldados apresados. La hipótesis de Liqian. En 1955, el historiador y sinólogo estadounidense Homer Hasenpflug Dubs, en una conferencia impartida en Londres titulada «Una ciudad romana en la antigua China», afirmó haber encontrado el destino de estos legionarios, encajando los datos de Plutarco y Plinio el Viejo con las crónicas históricas de la dinastía Han, que reinó en el Imperio Han de China entre los años 25 y 220 de nuestra era. Según este investigador, la legión perdida reaparece en las crónicas chinas de la dinastía Han en el año 36 a. C. En ese año el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en los territorios fronterizos occidentales, la actual provincia de Xinjiang, contra los nómadas xiong nu, antecesores de los hunos, por Bactria y el río Oxus. Las crónicas de esta campaña, que nos ha llegado a través del historia-dor y biógrafo del general chino Gan Yanshou, Ban Gu, que participó en aquella contienda, han hecho pensar a algunos expertos que los defen-sores de la ciudad de Zhizhi (actual Dzhambul, cerca de Taskent, en Uzbekistán), eran miembros de la legión perdida. En ellas se menciona una batalla librada por esta ciudad entre el ejército chino y un extraño contingente constituido por soldados veteranos, muy disciplinado y pro-tegido en una fortaleza de madera de forma cuadricular que protegía el asentamiento. Se señala que éstos usaban fortificaciones de empalizadas rectangulares y que entraban en combate perfectamente organizados («alineados y desplegados en una formación como de escamas de pescado») en la puerta de la ciudad, lo que recuerda a la testudo roma-na, en la que los infantes se protegen unos a otros formando con los escudos una especie de coraza. La ciudad de Zhizhi fue tomada final-mente y los 1.000 prisioneros extranjeros fueron deportados a China y asentados en la ubicación de la actual Yongchang (provincia de Gansu, China), en el desierto del Gobi, para proteger las fronteras del imperio chino y a sus habitantes de las incursiones tibetanas. Pero el antiguo nombre de Zhelaizhai, que se encuentra en la provincia de Gansu, ha terminado por sacar a la luz al cabo de dos mil años la historia de la legión perdida. El nuevo lugar en que fueron asentados los prisioneros fue llamado por decreto imperial Li-Jien o Liqian; el topónimo, docu-mentado por primera vez en el año 5 d. C., no es sino una variante chi-na de «Legión», un nombre que además era el usado por los chinos para referirse a Roma desde que los antiguos chinos tuvieron noticias de su opulencia y poder a través de sus comerciantes en Alejandría. Además, llama la atención este topónimo pues era extremadamente raro que los chinos diesen a sus ciudades nombres extranjeros. Años más tarde, si-guiendo la tendencia confuciana a la rectificación de los nombres, el lugar fue renombrado como Jie-lu, que significa "cautivos". Algunos creen que los descendientes de este contingente fue derrotado y arrasado en el siglo VIII por tropas tibetanas, que en aquel entonces eran mercenarios terribles, auténticos señores de la guerra, pero los estudios genéticos hechos en Li Jian dan pie a pensar otras cosas. En 2001 los diarios Los Angeles Times y L'Express sacaron a la luz unos datos que identificaban un poblado remoto como punto final de la aventura de los legionarios de Craso, demostrando importantes diferencias físicas entre los nativos de la zona y el resto de los chinos. Desde entonces, los aná-lisis de ADN realizados por la Universidad de Lanzhou confirman que un 46 por ciento de los habitantes de Zhelaizhai -entre los que hay ciu-dadanos con ojos azules y verdes, pelos rizados y o de color castaño y pelirrojo, y gente con narices aguileñas- mostraban una curiosa afinidad genética con poblaciones europeas, según informó el semanario francés. Hace años se encontraron en torno a cien esqueletos de hace más de mil años con una altura promedio superior a los 180 centímetros. A pesar de que la existencia de la legión perdida pueda estar más allá del mito, la realidad es que, aun con las posibles evidencias bibliográficas; los análisis de ADN realizados a la población y los restos romanos encontrados en excavaciones arqueológicas (monedas, cerámica, cascos y una gran piedra cúbica que alberga misteriosos restos de estilo occidental. También se sabe de restos de una fortaleza, con 30 metros de longitud y medio de alto, que según los nativos hasta hace poco más de 30 años, medía más de 100 metros de longitud y era mucho más alta), no existen certezas concluyentes de presencia romana durante este periodo en la China imperial, teniendo en cuenta que Li-Jien fue un puesto avanzado que estuvo localizado dentro de la antigua ruta de la seda.

7. El Profeso y la monja: 393 páginas en formato A4. Más de  114.500 palabras. Novela presentada al premio de novela histórica AL-FONSO X EL SABIO de 2013. Sinopsis: La acción de la presente novela tiene lugar sobre el amplio telón de fondo de la intervención inglesa en España, mientras los hijos del rey Eduardo se preparaban para marchar a Castilla y restaurar a don Pedro el Cruel en el trono. El incidente permite echar un vistazo a la maquinaria económica de la guerra. Los combates intermitentes de la Guerra de los Cien Años tuvieron lugar en suelo francés y los soldados que participaban en ellos no eran miembros de un ejército regular, asalariado en la guerra y en la paz, ni eran todos ingleses; esencialmente eran mercenarios, pagados sólo durante las campa¬ñas activas. Cuando los mandos ingleses se retiraron, muchos de es¬tos soldados fueron abandonados para que encontraran el camino de vuelta como mejor pudieran. Algunos de ellos, que en su patria chica no tenían que esperar más que la pobreza o la servidumbre, o le habían cogido gusto a vivir en el extranjero en las compañías del Príncipe Negro, decidieron quedarse en el continente. Formaron compañías organizadas, llamadas compañías blancas y merodearon por los campos franceses tomando fortalezas y formando mafias de protección, mudándose cuando habían agotado los recursos de una zona. Aunque eran ingleses, bretones, españoles, alemanes y gasco¬nes, sus capitanes casi siempre eran ingleses. Y los jóvenes ingleses, al enterarse de la for-tuna y reputación hechas en estas compañías, veían en ellas una carre-ra potencial, como hace Roger en esta novela. Hay algunos que más adelante se volvieron héroes de Francia fueron arrastrados a estas compañías al comienzo de sus carreras. El bretón Bertrand du Guesclin maduró su técnica de guerra de gue¬rrillas entre los mercenarios. Com-prensiblemente, el pueblo de Francia quería que su rey los librara de aquellos mercenarios que aterrorizaban los campos. Y en 1365 el rey Carlos de Francia vio un modo de hacerlo. Enrique de Trastámara, abanderado de la nobleza castellana, pidió al rey Carlos que lo ayudara contra su medio hermano don Pedro el Cruel, que quería aumentar el poder real y limitar el de la nobleza, apoyándose en los campesinos y comerciantes. Carlos estaba predispuesto con¬tra Pedro, pues se decía que éste había mandado asesinar a su espo¬sa, una princesa francesa, poco después de divorciarse. El papa ha¬bía excomulgado a Pedro como enemigo de la Iglesia; no ayudó que se hubiera hecho amigo de un rey moro de Granada. Así, alentado por el papa, el rey Carlos pidió a Ber-trand du Guesclin, al que había nombrado caballero, que reuniera a las compañías blancas y las con¬dujera al otro lado de los Pirineos para ex-pulsar a Pedro y poner en su lugar al Trastámara. La maniobra fue un éxito. Pero Pedro no tenía intención de aceptar calladamente la de¬rrota: se volvió hacia Inglaterra en busca de ayuda del Príncipe Ne¬gro para recuperar su corona, ofreciéndole un cuantioso pago. Los ingleses esta-ban muy motivados para mantener la poderosa armada castellana como aliada. El Príncipe Negro se preparó en Aquitania y Juan de Gante, du-que de Lancaster, empezó a reunir un ejército de soldados y arqueros para apoyar la empresa. En la novela, Fray Gian Galeazzo Ruspoli, quien había luchado a lado del primer duque de Lancaster, Enrique de Grosmont, y había sido promovido a general por sus méritos, trabaja con sus antiguos conmilitones Doyle y Looper para desarrollar un mé-todo eficaz de preparar a los arqueros que necesita el hijo del rey, Juan de Gante. No sabemos hasta qué punto Charles Douglas  fue espía; a comienzos de la década de 1360-1370 estudió derecho y contabilidad en los Inns of Court y quizá también sirvió un tiempo en el ejército de Lio-nel en Irlanda. Hacia 1367 era caballero de la Casa Real; a fina¬les de aquel año la muerte de Blanche de Lancaster inspiró su primer gran poema, The Book of the Duchess. Respecto de su misión en Navarra he seguido la interpretación que da Donald R. Howard del salvoconducto conservado en los archivos de Pamplona, que autorizaba al poeta a «en-trar, permanecer, trasladarse y salir». En pleno verano de 1355, una joven monja llamada Hyacintha  muere víctima de las fiebres de la ciu-dad de Beverley , siendo enterrada inmediatamente por medio a que se extienda la peste. Un año más tarde, una mujer que afirma ser la monja Hyacintha resucitada, aparece en público pregonando historias deliran-tes sobre milagros y reliquias. Tras la aparición de esa atormentada fi-gura acontecen una serie de muertes misteriosas y el arzobispo de York, intranquilo, le pide al comendador de la Orden de San Juan de la en-comienda local un investigador que pueda explicar los hechos. El co-mendador se pone en contacto con Fray Gian Galeazzo Ruspoli para solicitar nuevamente su ayuda, siendo la persona más adecuada para investigar resolver los misterios. Desde el principio, imaginé a Hyacintha como un personaje ambiguo, según el modelo de María Magdalena. Tal como la describe Susan Haskins en María Magdalena: mito y metáfora, la santa había evolucionado de discípula y amiga de Cristo a prostituta arrepentida que sufrió una larga penitencia como eremita en el desierto: de hecho, en el siglo XlV las referencias a María Magdalena, la María de Marta y María y la prostituta que lava los pies de Cristo habían sido combinadas en un único símbolo y la María Egipcíaca del siglo V también había sido incluida en la mezcla. Es la Magdalena de la medalla que pierde Hyacintha en la primera escena, un regalo del hermano que adora. La medalla es un talismán de la buena suerte. Sirve como recordatorio de que un personaje como Hyacintha no puede ser analizado en términos modernos; su creencia en el poder protector de la medalla es parte de su fe. Lo mismo puede decirse del remordimiento de Hyacintha por haber robado una parte de la leche de la Virgen del con-vento. San Agustín se jactaba de tener tal reliquia, muy popular en una época de gran devoción a la Virgen María y el pueblo creía en el poder de esas reliquias, por las que hacía peregrinaciones para recibir la gracia. Fray Gian Galeazzo, quien ya colaboró anteriormente en aquella región con el anterior duque de Lancaster, esta vez acompañado por su hija Ginebra, con la que se ha establecido temporalmente en York , comprando una casa con jardín para hierbas medicinales y creando una nueva botica para devolver la salud al pueblo, acepta el encargo del arzobispo y ni corto ni perezoso se desplaza a Leeds para entrevistarse con el espía del rey Eduardo, Charles Douglas, quien le pone sobre la pista de un grupo de soldados mercenarios sospechosos de intentar traicionar el rey por encargo de la poderosa familia Wentworth. Mientras tanto, Ginebra Ruspoli procura que la monja le explique la verdad y le confiese el terrible secreto que compartía con su hermano. Armonizando con una elaborada reconstrucción del siglo XIV con una intriga apasionante, El Profeso y la monja es el séptimo de los casos resueltos por Fray Gian Galeazzo Ruspoli lleno de colorido y de emoción. For-malmente hay que indicar que el siglo XIV comprende, lógicamente, los años 1301-1400, ambos incluidos. Es sin duda uno de los más nefastos de la historia de la humanidad, el siglo está marcado por las graves pla-gas y las guerras que asolaron casi toda Europa. Entre 1315 y 1317 se produjo la denominada Pequeña Edad de Hielo que acabó con miles de cosechas causando miseria y hambrunas. A mediados de siglo, entre 1348 y 1355 hubo un brote de peste bubónica, denominada «peste ne-gra» que acabó con un tercio de la población europea. Por si esto fuera poco, la muerte del último rey de la dinastía de los Capetos en Francia, causó un conflicto europeo por la sucesión, los franceses coronaron a Felipe VI de Valois, primo hermano del fallecido rey capetingio. Pero como es normal, ninguno de los otros pretendientes al trono quedaron satisfechos, Eduardo III, rey de Inglaterra y pretendiente legítimo al trono de Francia, inició las hostilidades con Francia, dando inicio a la Guerra de los Cien Años, la más duradera de la historia de la humani-dad. En el resto de Europa, seguirían los conflictos, en Castilla se pro-dujo una guerra civil por el trono, entre Pedro I de Castilla, apodado "El Cruel", contra su hermanastro Enrique de Trastámara, el conflicto que mantenían Inglaterra y Francia lo trasladaron a Castilla, apoyando uno a cada bando. Por otra parte, el Imperio Otomano seguirá expandiéndose sobre todo a través de los Balcanes, aunque con un muy reducido Imperio Bizantino que aún resistirá las acometidas otomanas.

8. La hija del Profeso: 781 páginas en formato A4. Más de  272.000 palabras. Sinopsis: Durante un tiempo Fray Gian Galeazzo Ruspoli fue incapaz de contarle a su querida hija Ginebra  la verdad sobre la obsesión que ha guiado parte de su vida.  Ahora, entre sus pa-peles, ella descubre una historia que comenzó con la extraña desapari-ción del mentor de Fray Gian Galeazzo, el antiguo Gran Prior de Roma Fray Franz Lobstein que fue anteriormente un importante profesor de historia en varias universidades, la última en La Valletta, y que conoció gracias a su primer traslado en el tiempo . Lobstein le atrajo hacia la vida académica, como una solución para educar convenientemente a su hija en la era moderna, gracias a la capacidad que atesora Fray Gian Galeazzo para desplazarse en el tiempo por medio de una técnica de meditación cuántica aprendida del Dalai Lama . La amistad entre ellos fue consolidándose con el tiempo hasta el punto de que Gian Galeazzo le eligió para que le dirigiera en el perfeccionamiento de su preparación como profesor de historia de novicios en la Academia Internacional y Universidad de La Valletta, Malta. Pero precisamente en La Valletta, Franz Lobstein desaparece. Y es justamente allí donde se encuentra con la mujer de su vida Ileana, hija de Lobstein, hacia la que paulatinamen-te Gian Galeazzo va a sentirse atraído de forma irresistible. Tras las huellas de su querido maestro, Gian Galeazzo recorrió antiguas biblio-tecas en Estambul, en Budapest, monasterios en ruinas en Rumanía, remotas aldeas en Bulgaria... Cuanto más se acercaba a Lobstein, más se aproximaba también a un misterio que había aterrorizado incluso a los poderosos sultanes otomanos y que aún hace temblar a los campe-sinos de Europa del Este. Un misterio que ha dejado un rastro san-griento en manuscritos, viejos libros y canciones susurradas al oído. Para Gian Galeazzo y su hija llegar al final de la búsqueda puede signi-ficar un destino mucho peor que la muerte. Porque a cada paso que dan,  se convencen más de que él les está esperando. Y en sus corazones, retumba una pregunta angustiosa... ¿qué pasará entonces?

9. El Profeso y el Grial: 895 páginas en formato A4. Más de  275.000 palabras. Sinopsis: Esta novela, novena de la saga el Profeso, abarca básicamente tres años de historia medieval. Ambientada en el siglo XIII, va de una Sicilia bajo el dominio de Federico II, a la Europa del Sacro Imperio Romano donde se cruzan en la guerra y en la paz la Iglesia, el emperador, los caballeros del Temple,  los del Hospital y la secta de los Asesinos. El sitio de Montsegur  es el decorado de las pri-meras páginas, donde se hallas los hijos del Grial destinados a reconci-liar las grandes religiones, según está escrito en un gran plan secreto por el que ellos serán los reyes que restablezcan la paz en la tierra. Con las tropas de Luis XI y del papa Inocencio III viene el caballero de Justi-cia de la Orden de San Juan de Jerusalén Fray Gian Galeazzo Ruspoli, el personaje principal  y cronista de los acontecimientos narrados en esta novela histórica. Fray Gian Galeazzo es testigo de cómo el Prieuré, una orden secreta al servicio del Grial, rescata a los hijos del Grial y hasta se ve involucrado en los hechos y obligado a favorecer la fuga. Así comienza para Fray Gian Galeazzo una fantástica y peligrosa odisea que lo lleva en primer término a Marsella, donde los fugitivos le abandonan para refugiarse en el territorio de Federico II. Tras una serie de peripe-cias inolvidables, Fray Gian Galeazzo llega al palacio del Papa; vuelve a huir cuando se descubre que su disfraz de cardenal ya no le sirve; y se gana la confianza de un antiguo superior hospitalario, entonces al ser-vicio de Federico II y vinculado al Prieuré que lo lleva a Otranto, donde vuelve a encontrarse con los hijos del Grial. Pero Clo y Mara tampoco allí están a salvo de los esbirros del papa, y la misión de ir dejando una pista falsa recae en Fray Gian Galeazzo, quien ha de atravesar toda Italia y alcanzar el sur de Alemania, en donde se unirá al nuncio papal, un sanjuanista que viaja de Lyon hacia el este para entrevistarse con el Gran Kan. El plan fracasa. Los elementos naturales no son propicios: en medio de una tormenta la comitiva queda diezmada, Fray Gian Galeazzo regresa a Otranto y recibe la noticia de que el papa ha derrotado en Lyon y depuesto a Federico II. La novela acaba en Constantinopla, y no será aquí donde el editor revelará el desenlace, emocionante e ines-perado. La historia y la ficción, ensambladas como rara vez se lo ha lo-grado en la literatura, cobran dimensiones de pantalla gigante. Pero lo sorprendente es que el complicadísimo intríngulis de tramas, propio de la época y generalmente incomprensible, cobra transparencia en manos de Carlo Emanuele Ruspoli, y el lector no pierde la ilación en ningún momento. Con técnicas narrativas cercanas a las de la cinematografía -no por nada Carlo E. Ruspoli es primo tanto del actor Bart cómo del productor Tao, ambos Ruspoli y hombres de cine - y procurando en todo momento mantener ordenadas las infinitas piezas de este juego entre macabro y apasionante, Carlo Emanuele Ruspoli logra una de las novelas más estrepitosamente interesante de los últimos años, de lectura compulsiva y extraordinariamente amena.

10. El Profeso y los Borjas (en preparación). En pleno Renaci-miento, Fray Gian Galeazzo Ruspoli y su hija Ginebra deciden esta vez viajar para ayudar y desenredar algunas de las maquinaciones e intrigas de los Borgia. La familia Ruspoli vive aún en la Toscana, entre Siena y Florencia, y no ha recalado todavía en Roma, por lo tanto no se producen rivalidades con las grandes familias romanas. Teniendo en cuenta que los Borgia y los Ruspoli estarán entroncados en otra época, Gian Galeazzo, ayudado por su hija, crea el enlace oportuno para con-vertirse en un buen aliado de los primeros. Entonces, establecen y re-gentan una librería que se convierte en el centro de las tramas de Roma. La institución se convierte en un símbolo del clan español de los Borgia, que gobiernan la ciudad con mano de hierro. Las grandes familias romanas que conspiran para conseguir la caída del Papa y de sus ambiciosos hijos Juan, César y Lucrecia, consideran la librería como uno de los objetivos a destruir. Gian Galeazzo y Ginebra son sobriamen-te felices a pesar de las traiciones, complots, adulterios, guerras y ase-sinatos que les rodean y que intentan resolver. Sin embargo Juan Bor-gia, un joven que detiene el poder delegado por su padre, y que no acep-ta negativas se encapricha de Ginebra. A partir de ese momento, padre e hija deberán enfrentarse al poder de sus protectores, los Borgia, para salvar su dignidad. Este es el inicio de unas gestas que llevarán a Gian Galeazzo a luchar junto al Gran Capitán por la conquista de Nápoles; a convertirse en fraile para derrocar a Savonarola en Florencia; a salvar la vida de un hijo de César Borgia; a luchar contra naves corsarias en el Mediterráneo y finalmente a enfrentarse a la Inquisición y a la peste en Valencia.

Por último hay que señalar otra novela histórica ambientada desde la edad media hasta la moderna, El Confaloniero, cuyo personaje principal, Galeazzo Marescotti, héroe de Bolonia, por sus extraordina-rias virtudes, es el inspirador del personaje de Fray Gian Galeazzo Rus-poli. Los Marescotti se entroncaron con los Ruspoli en la edad moderna y los Ruspoli actuales descienden de ellos. Más que una novela histórica se trata de historia novelada, porque la vida de Galeazzo Marescotti es rigurosamente cierta y documentada, en particular en el libro de his-toria Retratos, Anécdotas y secretos de los linajes Borja, Téllez-Girón, Marescotti y Ruspoli del mismo autor, editado por la Real Aca-demia Matritense de Heráldica y Genealogía en mayo de 2011. Otro libro de historia, Los Bellegarde de Saint-Lary ya terminado, se editó digitalmente y se publicará en papel con la misma Academia. Antes de terminar, hay que señalar otros dos libros, Orientalia, un análisis antropológico de una treintena de países de Oriente, y la Comunidad de Propietarios, un libro divertido sobre mis experiencias como arquitecto, aún inédito.










11. El Confaloniero. 535 páginas en formato A5, 88.300 palabras. Sinopsis: es la epopeya medieval vivida por un poderoso linaje italiano de origen escocés, los Marescotti, descendiente del clan Douglas. El primero del linaje, Mario Escoto, hermano de Guillermo, conde Dou-glas y primo del Rey de Escocia, fue valido del emperador Carlomagno, salvó la vida al Papa León III, fue declarado Defensor de la Fe, nombrado Caballero Aurato, Senador de Roma, etcétera y hasta recibió el Anillo del Pescador en agradecimiento a su heroísmo. El emperador Carlomagno en agradecimiento a sus servicios militares le otorgó el rico feudo del condado de Bagnocavallo. El relato de las hazañas de los Marescotti abarca un periodo de seis siglos, al principio con los relatos de su con-dado y luego en Bolonia, y en el mismo hay temas de religión, historia, política, duelos, batallas, arquitectura, medicina, retos, desafíos, magia, esoterismo, superstición, locura, traiciones, torturas, reliquias, amor, etcétera. Los Marescotti, además, fueron los pioneros en Italia a establecer una relación especial con los judíos en la época feudal, acordando su plena integración en la vida pública del condado.



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